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opinión

El nuevo diálogo dominicano

3 febrero, 2018

El encuentro entre parte del gobierno y de la oposición, como los analistas lo afirman, lleva a dudar de la validez de los acuerdos que se alcanzan, si es que ello se produce. Del gobierno, por cuanto sentados están los representantes de Maduro y no de los restantes sectores que comparten el poder, a quienes el régimen no puede dejar fuera; y de la oposición por cuanto es una parte de ella la que está ahí con la asesoría de personas de variados sectores, mas no representantes de ellos, como el empresarial, académico y otros. En consecuencia, los acuerdos solo comprometen a los representados, a la espera de que el resto se adhiera, lo cual pone en lapso de espera las resultas. De ahí se explica el pretexto de las partes, en especial de los del régimen, para levantar temporalmente las reuniones, se entiende para consultas con los sectores que están fuera de la mesa.

En este sentido el régimen asoma lo que espera, cuando por un lado sus negociadores y Maduro afirman la existencia de un preacuerdo firmado (algo negado por la oposición y el facilitador), y que la oposición aceptó, por una parte y por la otra que se encuentra sometida a la presión de factores externos, en especial de los Estados Unidos, quienes ordenan se retire para hacer fracasar el proceso de diálogo, algo de lo que no hay evidencias conocidas. Así el régimen prepara un escenario para la hora de definir el acuerdo, esperando que la imposibilidad de concertar condiciones sea entendida como un rechazo de la oposición, y de seguidas el régimen gritar que han negado suscribir algo que en un principio aceptaron, faltando a su palabra y retroceden en obediencia a esos factores externos. Esa estrategia, que es vieja y conocida, no tendrá beneficios.

El papel de la comunidad internacional ha sido la clave en lo acontecido. En el pasado, pro chavistas unos e indiferentes los otros, el sector externo tuvo una actitud distinta sobre las realidades venezolanas, bien por intereses crematísticos, ideológicos o de otro orden, como se pudo apreciar en las posiciones de la comunidad europea, en especial de España, así como la de los países del Caribe y OEA bajo el secretariado de Insulza, cuando la Venezuela bajo el régimen de Chávez bien se relacionó con los Kirchner de Argentina, Bachelet de Chile, Lula y Dilma de Brasil, Correa de Ecuador, Humala de Perú, Vázquez y Mujica de Uruguay, Morales de Bolivia, Zelaya de Honduras, Ortega de Nicaragua y países de la región caribeña a quien se agrega como figura estelar Cuba, incluso tuvo a su favor congresistas de los EEUU. Eso era en la Venezuela que disfrutaba de inmensas riquezas y con ellas, bajo el patrocinio de Fidel Castro, procuró hacerse de un liderazgo, lo cual logró. Más la “veleta” política cambió de dirección, Venezuela se colmó de deudas, su fuerza financiera se hizo frágil, la imagen de miseria y pobreza en que se sumió el venezolano afectó la imagen del régimen y la del proyecto Socialismo del Siglo XXI; las razones crematísticas e ideológicas se desvanecieron, por lo que ese liderazgo construido sobre artificialidades se esfumó, y así el apoyo internacional.

Hoy el régimen en su necesidad de hacerse de aliados internacionales, se coloca sobre la ola que procura revivir la “guerra fría”, entonces apuesta a la reinstalación de los dos bloques, así, asumiendo la condición de alfil antinorteamericano sirva de enclave bien soviético, chino y/o de cualquier otra fuerza, con ello generar una alianza donde sea necesaria su subsistencia como titular del poder venezolano, de esa forma amarrar aliados y exigir ayudas. En esto sólo la Rusia de Putin, hombre formado en defensa en tiempos de la guerra fría puede entrar en ese juego, algo que revela su mentalidad arcaica de las relaciones internacionales. Más, Putin pretendería hacer enclave en Venezuela, mas no parece dispuesto pagar el precio en divisas exigido por Maduro. En consecuencia, esta salida no le resulta muy expedita al régimen.

En consecuencia el régimen, que requiere la ayuda internacional, en especial financiera, presenta serios problemas para alcanzarla, de ahí la fuerza de los espacios internacionales, que han logrado sentar al régimen para dialogar y negociar. Una negociación que presenta curiosidades, la oposición en correspondencia con los entes internacionales, exigiendo elecciones libres, confiables y con observación especializada, mientras el régimen, que desea ganarse el favor internacional, pide mantener un sistema lleno de calificaciones que le restan credibilidad y confiabilidad. Entonces, ¿Cómo espera el régimen, con sus exigencias, ganar el favor internacional?

Mientras esto pasa, la oposición, en virtud de que sus espacios internos han sido desconocidos por el régimen, su fuerza está precisamente en el apoyo que le brinda el escenario internacional, de ahí que tiene necesidad de caminar al unísono con él, algo comprensible.

El esfuerzo dominicano no muestra posibilidades ciertas de lograr acuerdos, lo que sí se aprecia como resultado, es que éste degradará aún más la posición del régimen en el escenario internacional, por lo que las sanciones que muchos de sus altos funcionarios arrastran puede esperarse se profundicen. Este escenario debería ser aprovechado por una oposición inteligente que se articule y unifique. Basta saber y ver si ello lo podrán hacer.



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