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opinión

Enrique Meléndez

El piloto suicida

13 febrero, 2018

La situación, por la que atravesamos los venezolanos, se parece mucho a la historia del aviador que, al salir su compañero de vuelo de la cabina, se apoderó del avión, que piloteaban, y se lanzó contra la Tierra; ya que el sujeto sufría de depresiones demenciales, y entonces se quiso suicidar en una forma colectiva. Tenemos un dólar negro, como lo llaman los economistas, que se ha disparado a niveles exorbitantes, y el gobierno, en lugar de corregir este desequilibrio, lo que hace es echarle más gasolina a la candela, a partir del beneficio de unos bonos, que ha venido otorgando desde el Día de Reyes, en especial, a los inscritos en el llamado Carnet de la Patria; según Nicolás Maduro, a unos ocho millones de venezolanos, gratuitamente, y aquí es donde sale a relucir la famosa teoría de Milton Friedman, quien dice que no hay almuerzo gratis, pues otro te lo paga.

¿Quién lo paga en esta oportunidad? Los veintidós millones de venezolanos restantes, si se parte del hecho de que los recursos de esos bonos no provienen de procesos productivos, sino que son emisiones que hace el Estado; dinero inorgánico, y el cual va a incrementar el flujo de dinero, que hay en circulación, por lo que éste pierde más valor; lo cual trae como consecuencia el que la gente trate de salir de inmediato del mismo, y lo primero que se hace, si es que la despensa está llena, es comprar divisas, a los fines de proteger el capital, representado allí.

Por supuesto, lo que ha venido haciendo la poca gente, a la que le han salido los bonos; porque tampoco es que le llegó el beneficio a los ocho millones de venezolanos; aparte de que 500 mil bolívares por el bono del Día de Reyes y 700 mil bolívares por el bono de Carnaval, que suman unos 1 millón 200 mil bolívares tampoco es mucho, y con el perdón de la digresión, es llenar las despensas de los hogares; tomando en cuenta que ahora sí ya llegamos a los niveles de hambruna generalizada; porque, es verdad que las cosas se consiguen, y no como antes que estaban juntos el flagelo del alto costo de la vida y el de la escasez; sólo que no se pueden adquirir: 200 gramos de café, sesenta y cinco mil bolívares. No hay salario que compita con estos precios. ¿Qué nos queda comer a los venezolanos? Pan y agua. Precisamente, un señor me decía el otro día en la cola de un pan, que se forma en La Candelaria, que él tiene meses que no come carne, y que su dieta hoy en día se ha reducido a lentejas.

De modo que dentro de pocos días el beneficiario de estos bonos se va a dar cuenta; de que eso, que le han dado, no es nada; comida para hoy y hambre para mañana, y que las cosas se empeoran cada día más, pues no hay forma de que el gobierno se resista a las mafias, que lo presionan, para que mantenga esta política, sobre todo, cambiaria; si se parte del hecho de que ese dólar negro es el que marca la pauta de los precios en nuestra economía, y como dicen la gente: los precios de las cosas están calculados al dólar negro, mientras que nuestros salarios están calculados a dólar de diez bolívares; el cual, por cierto, el gobierno lo eliminó; aunque sigue rigiendo nuestros salarios, cuyo mínimo no llega al millón de bolívares.

He allí lo que hace llorar a muchos venezolanos: o compramos el jabón de baño, que ya va por los cincuenta mil bolívares, o compramos los 200 gramos de café de sesenta y cinco mil bolívares. Por supuesto, esto genera demasiado desconsuelo, y de allí el que el venezolano ha optado por irse del país; abandonar esa nave, que va justo a estrellarse, porque no hay quien detenga esta locura. Obsérvese que todo lo que dice Maduro está peleado con la realidad, y eso es lo más lamentable; puesto que lo que uno comprueba por ahí es que no hay voluntad de cambio.

Según los titulares del día de hoy, entre 800 y 900 venezolanos salen hoy en día por nuestras fronteras; de modo que ya la diáspora de nuestra población va por los cuatro millones de personas; una emigración parecida a la Siria, que vimos en años recientes, sólo que aquí no hay conflicto bélico, sino el amotinamiento de unas mafias; que han tomado muy en cuenta aquello de Nietzsche de que si tú no haces maldad o disfrutas viendo hacer maldad, tú no estás preparado para vivir en este mundo. He allí la alarma que cunde en el mundo. Este si es un gobierno al que le cabría perfecta esa expresión, de que no tiene paz con la miseria. Obsérvese que no quiere ni siquiera que intervengan misiones de ayuda humanitaria, promovidas por el entorno internacional; dada esa situación de hambruna por la que atravesamos. Ni el más mínimo espíritu de misericordia abriga esta gente en su corazón, y que es lo que espanta al venezolano; lo cual es peor que estar en una guerra de cañones; tanto más que Nicolás Maduro amenaza con ganar unas elecciones, que han puesto sobre el tapete entre gallos y medianoche, y en donde pareciera que lo mejor es no participar; pues esta gente cuando programa un evento, es porque ya le han salido adelante a la jugada, y de allí la actitud abstencionista, que priva en el venezolano, a propósito de esas elecciones.

¿Qué nos queda a los 22 millones de venezolanos, que no tenemos Carnet de la Patria, y que no tenemos acceso a esos bonos? Vivir del préstamo, de la venta de las joyas o pasar hambre. Cada día perdiendo peso; aparte de que nos estamos muriendo porque no podemos comprar las medicinas. En efecto, también las farmacias surtieron; pero un medicamento que estaba en 2 mil bolívares el año pasado, ahora cuesta 180 mil bolívares. He allí el efecto de una inflación de más de dos mil por ciento. Lo mismo sucede con la política de los CLAP: exclusivismo del más rastacuero de los populismos. No es que se dan cuenta del oprobio, que están causando en la población, dicho a la venezolana, se hacen los pendejos, y eso los hace cometer esas pendejadas, como la de soltar un bono, para neutralizar los impactos de la, supuesta, guerra económica.

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