opinión

Pablo Aure

¿Huir de Venezuela?

13 noviembre, 2017

Con la llegada a Venezuela de la plaga roja hemos visto como millones de ciudadanos se han marchado. Muchos califican esta inmensa diáspora indistintamente como exilio o emigración.

Ambos conceptos se originan por causas diferentes. El exilio es una acción obligada, y por motivos políticos que impulsan a los ciudadanos a huir del régimen para evitar ser encarcelados. Quien se exilia es porque de no hacerlo, peligra su libertad y hasta su vida. El emigrante abandona el país por causas primordialmente económicas. Sale en búsqueda de oportunidades. Entonces, el exilio es contra la voluntad mientras que, la emigración es voluntaria. Desde luego, en ambas figuras hay una especie de estado de necesidad que constriñe a la persona a abandonar su patria.

A comienzos de la era chavista, muchos previeron lo que vendría, convirtiéndose en emigrantes al levar anclas para radicarse en otras latitudes.

Luego de los sucesos de abril del 2002 proliferaron los exiliados, porque comenzó la persecución feroz del régimen, a quien desde ese entonces no se le ha aguado el ojo para inventar infamias y fabricar expedientes contra todo aquel que sea visto como su enemigo. Aparecieron testigos estrellas para imputar a individualidades incomodas, la fiscalía del ministerio público sirvió como uno de los principales instrumentos de persecución para provocar el exilio de centenares de venezolanos. Simultáneamente a estas persecuciones, comenzó a deteriorarse el aparato productivo del Estado. Desde luego, la plaga roja lo devastó hasta destruirlo. Por esa razón, hoy la mayoría de los emigrantes son jóvenes profesionales en búsqueda de oportunidades. Saben que en Venezuela sus estudios o su preparación de nada servirá, porque aquí está muy avanzada una política comunista que ha sido confeccionada para destruir la moral burguesa. Con el entendido, que todo ciudadano preparado y con conocimiento es un burgués a quien hay que destruir.

Así las cosas, Venezuela pasó de ser un país productor y exportador por excelencia de petróleo o de hierro, para convertirse en una nación de jóvenes talentosos distribuidos en el mundo entero.

Nadie puede juzgar a quien se exilia o emigra. El uno y el otro, huye de la oscuridad. Ambos, aunque tienen distintos motivos para abandonar el país, intentan proteger sus derechos fundamentales. La libertad y el derecho a vivir dignamente. En Venezuela bajo este funesto régimen opresor y destructor, no le está garantizada la dignidad a los ciudadanos. Al contrario, la deliberada política gubernamental va dirigida a humillarlos hasta esclavizarlos.

Los que nos quedamos

Pocos no han pensado en irse, pero no todos pueden emigrar. Por diferentes razones se quedan. Por echar el resto o por temor a lo desconocido; pero tengan la seguridad de que millones de ciudadanos que permanecemos acá lo hemos meditado. Algunas veces imaginándonos el exilio y otras tantas, imaginar la emigración.

Necesario también es dejar muy claro que, no es más patriota quien se queda que el que se va. La patria es un sentimiento que no tiene nada que ver con el sitio donde se está obligado a residir. Los venezolanos que se han marchado que poseen sentimiento patriótico, les aseguro que en cualquier parte que estén no dejan de pensar en su querido país y estarían dispuestos a regresar, si sus vidas o la de sus familiares no estuvieran en peligro. En efecto, esto también tenemos que señalarlo: en Venezuela todos corremos peligro. El hampa nos acecha y las enfermedades se han convertido en una calamidad pública por la ausencia de medicamentos o el alto costo de la vida que imposibilita recibir un tratamiento adecuado por lo inalcanzable que resulta comprar una medicina. No me referiré a la desastrosa situación de los centros hospitalarios públicos porque es alarmante.

¿Bravos o molestos?

No pocas veces he reflexionado sobre lo que ocurre en Venezuela. La gente se está comiendo un cable. Pasa trabajo desde que se levanta hasta que se acuesta. No sabe lo que va a comer y muchas veces ni siquiera sabe si comerá. Los salarios son de hambre, los aumentos los consume la inflación. Los servicios públicos no funcionan. Es común estar sin luz, sin agua y sin gas doméstico varios días. Pocos se dan el “lujo” de tener carros particulares. Para mantener un vehículo es necesario percibir buenos ingresos. Solo bastaría averiguar el precio de los cauchos o hacerle cualquier reparación, desde recargar el gas del aire acondicionado hasta lo más simple como cambiarle el aceite. Cualquier tontería no te baja del millón. Los invito fijarse en los carros que circulan, muchos con los vidrios abiertos porque no les funciona el aire acondicionado, otros con los cauchos lisos y si los escuchan cuando están en un semáforo podrán apreciar extraños ruidos en el motor.

Por otra parte, si se decide utilizar el transporte público, no crean que es la solución, porque tampoco es suficiente para cubrir la alta demanda; tan es así, que es común ver los camiones de estacas que los utilizan para cargar pasajeros.

Este panorama nos ha hecho retroceder un siglo. Volvimos a aquella Venezuela rural acechada por plagas y enfermedades, sumadas las perversiones y corruptelas de estos regímenes de talante comunista aderezado por el aliño del terrorismo, los carteles de la droga y, como si esto fuera poco, por la presencia de células fundamentalistas. Vaya mezcla ponzoñosa la que se ha instalado en nuestro país.

En Venezuela, solo una cúpula vive bien y la inmensa mayoría está sometida a la desidia y al abandono. La gran pregunta ¿por qué no pasa nada? La respuesta es sencilla: el pueblo está molesto pero no está arrecho. Solo hay brotes de bravuras en ciertos sectores y no son permanentes. El régimen lo ha sabido hacer muy bien. Ha aplicado la técnica de la rana en la olla de agua, que poco a poco le ha subido la temperatura y ha “aclimatado” a millones de venezolanos, ahora, estamos sintiendo un poquito el calor y desgraciadamente, resulta muy difícil saltar de la olla. Triste realidad, pero eso es lo que ha pasado.

Obstinadamente optimista

Este pavoroso panorama no quiere decir que ya estemos condenados a morir bajo el dominio de estos bárbaros rojos. Soy obstinadamente optimista. Esto implica que, para poder encontrar la solución, lo primero que tenemos que hacer es estar muy claros del berenjenal en el que estamos metidos y lo segundo, entender que habrá que asumir riesgos para lograr la libertad; lo que implica que, los que se atrevan a desafiar al régimen serán perseguidos.

Tenemos tres opciones: exiliarnos y/o emigrar, esperar morir por el penetrante calor que nos terminará de “sancochar” o, luchar para apagar la llama que calienta a la rana.

No podemos resignarnos a esperar morir, entonces nos quedarían solo dos opciones: huir, lo cual no es para nada condenable, pero, también está la opción de hacer historia rescatando nuestro hermoso país para restaurarlo, ser luz entre tanta oscuridad.

A lo Benito Juárez les digo que hay que seguir la lucha con lo que podamos y hasta que podamos.

Con dedicación, perseverancia y arrojo, lograremos abrir las puertas de la libertad y veremos regresar a todos los que se exiliaron y/o emigraron y, junto a ellos, reconstruiremos nuestra bella Venezuela. ¡Ganaremos!

@pabloaure



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