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opinión

Nervio óptico

9 octubre, 2017

Disculpándonos por la nota personal, recordamos unas de las incursiones por estos años al Paseo de El Calvario. Ya, en la cima, el vigilante nos advirtió de la prohibición de fotografiar – por más privilegiado y tentador que fuese el ángulo – el Palacio de Miraflores, siendo muy lógica la respuesta que le dimos.

Las amplias y generosas posibilidades tecnológicas que existen para registrar todo lo que vemos, aún en países de un elocuente retraso, como el nuestro, hacen demasiado absurdo que nos haga reos potenciales de un delito que no existe. Sobre todo, por el harto conocido y universal principio de la tipificación previa, expresa e inequívoca, que ha de distinguirlo, dándole plena identidad a una delicada materia.

Pormenores aparte, recientemente, una trabajadora social fue detenida después de fotografiar y difundir la escena de unas parturientas que se encontraban en la sala de espera del Seguro Social Pastor Oropeza de Barquisimeto. La policía política divulgó la reseña hecha a una ciudadana que ejercía su muy constitucional derecho a la libre expresión, tratando de desviar la atención a los hechos que, natural y legítimamente, suelen escandalizarnos.

El propósito de escarmentar a la población y, específicamente, a los usuarios de las redes sociales, advierte una característica esencial de toda experiencia totalitaria: la de negar las realidades que genera, por dramáticas y visibles que fuesen. Por muy fácil que sea fotografiar una determinada y concreta situación, reforzando el testimonio personal, habida cuenta de las herramientas disponibles, como la de los móviles celulares, el deber de todo sojuzgado es el de mirar sin ver, callando.

Lenny Martínez, la trabajadora social en cuestión, ha sido expuesta al desprecio y escarnio público, o tal es la pretensión, ya que todos sabemos el motivo. En última instancia, delito es que haya parturientas en el piso o en las sillas, sin que la dirigencia del Estado, cuya prole viene al mundo en lugares muy distintos, incluyendo el extranjero, se haga responsable.

Un acto tan sencillo y espontáneo, como el de fotografiar, tratándose también de un cuadro familiar, supone el riesgo de revelar el paisaje de fondo. Negligente y hasta complaciente ante el hampa común, ésta se encarga de impedir ese acto mientras las autoridades hacen lo propio, más aún, cuando la tarea no requiere de una mínima dosis de valentía y arrojo.

Por siempre nerviosa, la dictadura convierte en un crimen cualquier gesto de documentación de sus procederes y pareceres, pretendiendo – precisamente – una visión idílica de los acontecimientos que, quirúrgicamente, trata de censurar. No imaginamos el inmenso reservorio de los registros audiovisuales, fotográficos y sonoros que existen en el país, esperando a la superación definitiva del régimen, para mostrarlo tal como ha sido de acuerdo a la vivencia directa y doméstica de sus males.

@LuisBarraganJ



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