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opinión

Del regreso arrepentido a la razón

18 septiembre, 2017

Todo proceso político expresa al régimen que lo contextualiza, pues, sí éste es autoritario, simple e irracional, aquél tenderá a serlo. Luego, la alternativa opositora adquiere legitimidad y consistencia de reivindicarse naturalmente como un fenómeno democrático, complejo y racional.

La dictadura es consecuente consigo misma, desde que inoculó el presente siglo con un conflicto que, al excederse como un mero recurso de supervivencia, se hizo cada vez más artificial, procurando confundir y manipular la más elemental noción de la paz. Por ello, pretendiendo alterar las realidades que siguen un curso inalterable, se aferra y se agota en las consignas.

La vida política adquiere otros visos, demandando una profunda, coherente y convincente dimensión ética que ha de fundarla, pues, se ha dicho, son los medios los que justifican el fin y no a la inversa. No sorprende a nadie que la tal constituyente, cuyo origen es fraudulento, desconocida por un número importante de gobiernos, diga dar lecciones de patriotismo, democracia y participación, tratando de extorsionar a la sociedad para un reconocimiento que el sólo acto de fuerza no logra, aunque sorprenderá todavía más que a sus adversarios e, incluso, supuestos adversarios, les cruce apenas la idea de consentirla y de cohabitarla, sin costo político alguno de acuerdo a una de las reglas del sistema que premia la sumisión.

Ya el problema no está sólo en el diálogo entre la dictadura y la oposición, sino en el perverso desarrollo de la iniciativa emprendida por sectores de la oposición que inconsultamente animan un encuentro que, no por casualidad, por siempre el oficialismo revela, divulga, delata. Sectores que participan de las diligencias realizadas en el exterior para el cuestionamiento – por lo menos – del régimen, niegan el diálogo que el gobierno de uno de los países visitados anuncia, declaran que no concurrirán a la cita, luego se sientan en República Dominicana y, así, sucesivamente, en un oleaje de contradicciones que acaba la más rudimentaria idea de razón, racionalidad y hasta razonabilidad.

Por algún motivo capaz de levantar una legítima sospecha, añadida la de una asombrosa inmadurez política, la incoherencia muestra sus fauces, pues, deducido por María Corina Machado en una reciente conversación personal, no se entiende que haya la intención de someter a un referéndum los resultados del diálogo entre la oposición y la dictadura que debe salir, luego del inmenso daño que ha generado al país, mientras días atrás cerca de siete millones de venezolanos respondieron claramente en un plebiscito que se convirtió en todo un mandato; o, peor, que ambos coincidan, intensifiquen y hagan campaña a favor de la prolongación del régimen más allá de 2017. Por más liquida que sea esta modernidad, la política demanda el regreso arrepentido a la razón.



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