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opinión

La hora de Venezuela

7 julio, 2017

En estos tiempos, Venezuela se encuentra entre dos agendas, la del régimen y la de la dirigencia democrática.

La del régimen es la de adentrarse en una “Asamblea Constituyente Comunitaria”, la cual cuenta con un mínimo respaldo popular de acuerdo a los estudios de opinión, quienes afirman que sólo un 5% de la población electoral la apoyan, esto a sólo tres semana para celebrarse el proceso de votación, lo que evidencia el rechazo que tiene esa opción. Mas es el régimen quien necesita para su sobrevivencia la celebración de esos comicios, claro, a sabiendas que el entramado procedimental diseñado, fundamentalmente utilizando la herramienta corporativista para dividir interesadamente la masa electoral, hará que ese 5% se imponga al 95% del país y con ello garantizarse un escenario mediante el cual poder construir el piso legal para un gobierno absolutista ajustado a sus ambiciones.

Por lo tanto, para el régimen la meta está en hacer que muchos electores voten, bien por uno u otro candidato, esto le resulta indiferente y logra sus objetivos, haciéndole creer al votante que está decidiendo, y ciertamente lo hace favoreciendo personas mas no ideas, por cuanto todos los elegibles forman parte de la misma masa adoctrinada, por lo tanto sea cual fuera el constituyente sabe que refrendará la propuesta que se ajusta a su intención, logrando que los elegidos “legitimados” le dé piso jurídico y político.

El problema está en una impopularidad que atenta la legitimidad de los resultados, entonces para vencerlo su meta será lograr un aceptable nivel de participación, con una votación suficiente que le dé al constituyente un halo de representatividad popular, este es el problema a superar. La vía que ha decidido utilizar para lograrlo es el terror, la amenaza de que quien no se someta a sus aspiraciones dejará de disfrutar los privilegios que otorga el régimen, por una parte y por la otra ser víctimas de las agresiones violentas de los grupos paramilitares que ha formado, en consecuencia, para recibir las ayudas y evitar maltratos y heridas tienen que apoyar incondicionalmente las ocurrencias que impone la dirigencia del régimen, en este caso yendo a votar por cualquier candidato, sacrificando su libertad y oportunidades de progreso a cambio de un momento de calma.

Por el lado de la dirigencia democrática la propuesta se centra en un cambio de gobierno, algo que forma parte de las aspiraciones de la mayor parte de la población, y en su estrategia tiene la convocatoria a un plebiscito que resulta ser piso sobre el cual se soporte y legitime acciones de mayor nivel, entre las que está la ruta para llegar a un cambio en la administración gubernamental. Para este objetivo hay una fortaleza importante que potencia la oportunidad de logro, y es que el 95% de la población se identifica con ese objetivo, por lo que puede intuirse que la intensión popular para participar en este proceso es positiva, sin embargo esto no parece ser suficiente por cuanto hay en esa masa venezolana personas que necesitan saber qué pasará con ellos, sus familias y patrimonio cuando gane la democracia, entonces el problema se centra en que la dirigencia democrática tiene que dar ofertas creíbles que resuelvan las dificultades que plantea la estrategia del régimen, o sea la disponibilidad de bienes y servicios para la vida, y la seguridad personal y del patrimonio, esta sigue siendo la falla que arrastra la propuesta democrática. Sin embargo, a pesar de todo, es posible intuir que la población participará en el plebiscito convocado. Vale indicar, como lo señalan analistas, que el éxito del plebiscito no es la solución, solo es una puerta importante que se abre para ir sobre objetivos superiores, mas el fracaso hiere con intensidad las oportunidades de Venezuela.

Al régimen le interesa el fracaso del plebiscito y para ello trabaja con fuerza, utilizando sin límites éticos toda la fuerza institucional y militar que tiene a su control, en el entendido que ese fracaso trabaja a favor de la elección de la Asamblea Constituyente Comunitaria, lo cual blindaría su proyecto de dominación. Por otro lado, su éxito, aún cuando lo haya señalado de inconstitucional y no vinculante, reviste de moralidad y legitimidad el nivel superior por el que se propone andar el liderazgo democrático.

A todas estas, el futuro no descansa ni en el régimen ni en el liderazgo democrático, está en Venezuela, en sus ciudadanos, en su pueblo. Si logra entender la oscuridad a la cual pretende llevarla el régimen con la Asamblea Constituyente Comunitaria y se articula con la propuesta democrática, tiene futuro, de lo contrario las cosas irán para peor, donde será el ciudadano venezolano quien al final resulte único responsable de su destino.

Este es tiempo en el cual el pueblo, Venezuela decide su futuro.



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