opinión

Convertirse en lo que se detesta

19 junio, 2017

El miércoles pasado, un grupo de personas que asistían al plantón se refugió en los espacios del CCCT, huyendo de la persecución de la GNB. Entrando al centro comercial se toparon con un señor que caminaba hacia la salida, trajeado de flux y corbata. Nadie lo conocía, pero casi de inmediato, comenzaron los gritos y la andanada de insultos: “¿Y tú qué estabas haciendo mientras nosotros protestábamos?… ¡Seguro que eres un enchufado, comiendo en un restaurante cuando aquí la gente se muere de hambre!… ¡Sinvergüenza, el %$%/# de tu madre, hijo de @$%!”.

No contentos con insultarlo se le abalanzaron encima. Ya en el CCCT se había vivido un episodio de violencia parecido hace unas semanas, cuando una turba enardecida confundió a un pobre señor con un magistrado del Tribunal Supremo de Justicia y se sintió empoderada para caerle a golpes. En vista de ello, la locutora Shía Bertoni -quien venía del plantón- trató de intermediar para defender al atacado, pero ella también se convirtió en víctima: la sacaron a empujones, le jalaron el pelo, la insultaron y le pegaron. Antonio Vasco, también locutor de Mágica 99.1 FM entró a auxiliar a Shía y también fue atacado. Una mujer gritó “¡éste es un infiltrado!” y varios le cayeron encima. El saldo, golpes por todas partes y un dedo fracturado.

Tanto Shía como Antonio, me consta, han marchado y participado en prácticamente todas las protestas que se han organizado. Han tragado “gas del bueno” n veces. Pero les cayeron encima como si se hubiera tratado, no de indiferentes, sino de delincuentes. Y es que ni a los delincuentes deberían atacarlos, de eso deberían encargarse los cuerpos de seguridad. Pero como los cuerpos de seguridad se han convertido en los enemigos número uno de los ciudadanos, estos actos pasan con una frecuencia alarmante, consecuencia directa de la ausencia de justicia en el país, donde la gente termina tomándola en sus manos.

Al señor que fue atacado primero tampoco había razón para hacerlo. La mayoría de las personas tiene que trabajar para vivir. Tal vez le hubiera gustado participar en el plantón, pero ¿y si estaba en una reunión inaplazable?… Y si estaba almorzando en un restaurante, ¡qué bueno!, les estaba dando trabajo a todos los que laboran allí. Cada día, por la inflación y el empobrecimiento generalizado, es más difícil ir a comer en la calle.

Yo puedo entender la rabia y la impotencia de saberse adversario de un gobierno que rompe todas las reglas y viola todas las leyes. Pero de allí a convertirse en lo mismo que se critica, que se pelea, que se antagoniza, hay un largo trecho. Volvernos misántropos lo que va a lograr es destruir aún más lo que queda de país.

Las masas enardecidas no piensan ni razonan. Actúan visceralmente. Una persona que se deja llevar por esas pasiones puede pasar de ser ciudadano respetuoso a convertirse en asesino en un santiamén. Ya ha sucedido. Me remito al terrible caso de un inocente chef que una turba linchó en Los Ruices: el malandro gritó que el ladrón era el inocente cocinero y la turba exaltada procedió a lincharlo sin que mediara duda, mucho menos razonamiento.

Es imperativo mantener la cabeza fría. Entender que cada quien tiene su manera de protestar y de aportar. Con actitudes como ésta que narro lo que vamos es a terminar destruyéndonos entre nosotros. Lo peor es que el gobierno, bien gracias, verá los toros desde la barrera. Y es que lo peor que nos puede pasar ahora es convertirnos en lo que detestamos.

@cjaimesb



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