opinión

Pompeyo Márquez

22 junio, 2017

Hace cuarenta y cinco años, en pleno gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, Tomás Amadeo Vasconi, a cargo de la sección de Ideología y Cultura del Centro de Estudios Socio Económicos de la Universidad de Chile, en Santiago, nos invitó a Marco Aurelio García y a mi a conocer al líder máximo de la izquierda venezolana. Nos recibió en el Lobby del Hotel Carrera, a pocos pasos de La Moneda, en donde se decidía el destino de Chile y de América Latina tras un proyecto que el visitante venía a conocer de primera mano. Era un hombre joven, en la plenitud de su madurez – tenía cincuenta años – que aunaba una impactante reciedumbre con una dulzura en el trato, una generosidad en sus palabras, una inmensa sabiduría y una humildad que contrastaba con la importancia que sabíamos poseía.

Nos cautivó. Era el primer venezolano que conocía, un hombre que sabíamos había presenciado todos los grandes acontecimientos históricos del siglo, había vivido diez años de clandestinidad enfrentándose a la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, había presidido el Partido Comunista de Venezuela, ocuparía un asiento en el senado de su país y era el modelo del militante bolchevique, perfectamente descrito por Bertolt Brecht como uno de esos escasos imprescindibles : “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Nosotros, fervorosos militantes de la ultraizquierda chilena, de cerebro y corazón marxistas leninistas, guevaristas convencidos de que el proyecto de la Unidad Popular de avanzar democráticamente hacia “un socialismo con rostro humano”, legalista y pacífico, fracasaría inevitablemente si no pasaba a la fase superior del enfrentamiento armado y la guerra popular, debimos rendirnos a la evidencia de la sabiduría con el que el gran líder se refería al proceso y nos pedía humildad, prudencia y sobre todo respeto por el único factor que podía llevar a buen término los cambios hacia una profundización de la democracia chilena y el logro de mayor justicia e igualdad en esa sociedad profundamente clasista, aristocratizante y autoritaria, como la chilena. La última palabra descansaba en el pueblo, no en las vanguardias.

Temía que los demonios se desataran y Chile viviera una tragedia como la española. Tenía un profundo conocimientos de las reales circunstancias de la sociedad chilena, clasista, apasionada y dogmática, fiel a sus tradiciones históricas y poseedora de dos partidos obreros marxistas profundamente enraizados en su historia. En Chile, nos dijo como en un murmullo, no caben veleidades emocionales ni comportamientos ultraístas, viscerales. Chile no es Cuba, tampoco es Venezuela y mucho menos la Unión Soviética. Cuiden lo que tienen que nosotros sabemos lo que son las tiranías. He luchado toda mi vida contra las tiranías y sé cuánto sufre un pueblo cuando es esclavizado. Vale infinitamente más una mala democracia que la más perfecta de las dictaduras.

Quedamos profundamente impactados. Pues no esperábamos que un hombre que había asistido al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, presenciando talvez como el único latinoamericano el desvelamiento de los crímenes de Stalin, que había hecho de su lucha por el socialismo en Venezuela un motivo irrenunciable de vida, un imprescindible, tuviera tan alto nivel de comprensión de los fenómenos históricos y que siendo un revolucionario integral, un hombre debido a su pueblo en carne y espíritu por el que había arriesgado su vida, fuera el demócrata más consecuente que nos tocada conocer. Fue el primero y tal vez el único pensador verdaderamente marxista y verdaderamente democrático que conociera.

Se cumplieron sus temores. Lo que me llevó a tener que partir al destierro luego de algunos meses de clandestinidad bajo la bota del horror militar chileno. Ni siquiera imaginé que ese país absolutamente desconocido del que provenía el gran hombre que acababa de conocer sería finalmente mi país y de que él se convertiría en mi padre espiritual. Pues con todo el respeto y el amor que se merece mi padre, si Dios me hubiera dado la oportunidad de escoger, en una segunda vida, un padre, hubiera escogido sin dudarlo dos veces a Pompeyo Márquez. Sería injusto desconocer a otros grandes venezolanos que he conocido y amado – para mi Ricardo Zuloaga fue mi segundo padre venezolano – pero la vida me permitió compartir con Pompeyo la actividad y la reflexión políticas, la educación sentimental de participar en primera línea en la lucha contra un gobierno despótico que, usurpando las que fueran nuestras ideas y creencias como coartada para sus verdaderos propósitos de violación y saqueos, nos ocupara todas las horas de vigilia. Hasta el día de hoy.

Pompeyo ha sido para mi como seguramente para muchísimos venezolanos, un verdadero padre y maestro. El hombre más justo y bondadoso que me fuera dado en vida la inmensa fortuna de conocer. Piadoso, contenido, tolerante, profundamente liberal en el más honroso sentido del término y justo como resulta inmensamente difícil serlo en un mundo plagado de injusticias. No creo que nadie, en su larga vida casi centenaria, le haya oído una mala palabra, un juicio malévolo, un comentario innoble. Alimenté el sueño de que si las circunstancias nos permitían un gobierno de transición, él lo presidiera. Hubiera sido un padre perfecto para una nación sumida en la orfandad. Pues Pompeyo llevó la representación de su nombre hasta sus últimos límites: fue el más grande tribuno de la política venezolana. Un hombre que miraba con indulgencia las desbordadas pasiones de quienes él tanto amara. Y siempre vi una mirada compasiva y comprensiva ante nuestros desbordes pasionales.

Puedo decir con orgullo que fue mi compañero, nuestro compañero. Respaldamos y acompañamos a Antonio Ledezma, por quien él sintiera una profunda admiración, con un grupo de honorables venezolanos, que debo recordar en este momento de dolor compartido: Fernando Gerbasi, Agustín Berrios, Omar Estacio, Milos Alcalay, Trino Márquez, Helen Fernández, Aníbal Franquiz, Juan Páez Ávila, Américo Martín, Carlos Blanco Garnica, Gonzalo García Ordóñez, Gustavo Orlando López. E hicimos de nuestros habituales encuentros de asesoría una ocasión para el cultivo de la amistad y el conocimiento. Era una inagotable fuente de sabiduría, de quien se podían esperar los más certeros, atinados y luminosos análisis.

Algún día, en momentos de intimidad, me confesó que le faltarían años para arrepentirse de los errores cometidos. Se refería, entre muchos otros, a su participación en las guerrillas del PCV contra Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Y que su máxima aspiración era luchar hasta su último aliento contra “la dictadura militar cívica con tendencias totalitarias” – fue su definición del régimen desde el comienzo mismo de nuestra lucha contra Hugo Chávez y el chavismo, al día siguiente del asalto al poder por el teniente coronel golpista – y morir en una Venezuela liberada.

Tuvo una maravillosa familia, Tania, Natasha, Iván y Luz María, hijos tenidos de su matrimonio con Socorro Negretti, su esposa de toda la vida hasta su muerte en 1998. Dios le permitió luego la fortuna de darle a Yajaira Araujo, una bella, bondadosa y esforzada esposa, amiga y compañera, que lo acompañó en ese difícil y atribulado tránsito de la vejez con amor, dedicación total y cariño infinito. Sufrió lo indecible por las muertes de quienes bien pudieran haber sido sus bisnietos, pero sentía que en ellos revivía lo mejor, lo más bello y grande de la Venezuela en que naciera, en la que luchara y a la que le dedicara su vida entera, sin pedir a cambio más que el logro de su felicidad plena.

Ha fallecido uno de los más ilustres venezolanos de la historia de la República. Amado Pompeyo, descansa en paz.

@sangarccs



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