opinión

Jorge Antonio Galindo

¿Quién puede medir la ética?

19 mayo, 2017

En los últimos días se ha generado un debate sobre las acciones espontáneas y creativas que desde el sector opositor no militante de partidos se han venido realizando para manifestar rebeldía en contra del régimen de Nicolás Maduro. Tales actuaciones van desde el accionar de especies de cocteles insalubres contra las fuerzas del orden público hasta la exposición y hostigamiento de funcionarios del oficialismo y sus familiares que estando en el exterior han hecho gala de sus estilos de vida sin discreción alguna, despertando razonables y justas interrogantes sobre el origen financiero que sustentan sus vidas de nuevos ricos, pero, este último punto es preferible atenderlo con mucho tacto por lo que le dejaremos para una próxima reflexión.

Más allá de las opiniones que sobre el tema puedan esgrimirse desde las anárquicas redes sociales, permitámonos referirnos a los señalamientos y juicios que respetables figuras públicas, llámense políticos o periodistas, han emitido en su justo derecho de opinar y que cuestionan tales formas de protestas al catalogarlas de inapropiadas, injustas y en algunos casos antiéticas. Sí, podemos aceptar que ciertas conductas puedan estar al margen del comportamiento racional y quizás resulten incoherentes en quienes denunciamos el salvajismo con que se vulneran nuestros derechos, pero igualmente resulta inapropiado y hasta inaceptable que se pretenda condenar a quienes accionan tales mecanismos motivados por profundas emociones de tener que tolerar un destino que nadie quiso para sus vidas y al que fueron llevados por inescrupulosos capaces de cualquier inhumanidad para preservar el poder.

Al momento en que se plasman estas líneas han sido muchas las aberraciones que hemos presenciado o conocido que se cometen contra muchos venezolanos que están dispuestos a defender sus derechos con gallardía, pero que no dejan de estar indefensos ante el enorme arsenal que desde las fuerzas del orden se emplea para reprimirlos con absoluta impunidad. Manifestantes rematados con disparos a quemarropa, voluntarios que asisten para socorrer a los heridos y resultan agredidos, jóvenes arrollados por tanquetas, colectivos accionando armas de fuego contra personas desarmadas, centros hospitalarios que han sido embestidos por los gases lacrimógenos intencionalmente, ancianos rociados con gas pimienta, disparos y agresiones dentro de residencias sin medir la presencia de niños, allanamientos violentos sin orden judicial, estudiantes detenidos y salvajemente torturados y hasta violados, mujeres humilladas al ser arrastradas y golpeadas, presos políticos sometidos a horripilantes tratos, un niño de once años amordazado con una bomba lacrimógena atada a su espalda y más de cuarenta muertos entre otros repudiables actos que nos dan a entender que no estamos presenciando una serie de eventos desafortunados sino una política de Estado que al parecer pretende pacificar al país aniquilando a una parte de él.

Entonces debemos preguntarnos: ¿Qué podemos hacer para defendernos que se mantenga dentro de los parámetros de la ética?, ¿Hasta qué punto lo ético debe prevalecer cuando se trata de resguardar nuestras vidas y las de nuestros familiares frente a un poderoso Estado que está dispuesto a aniquilarnos si es preciso? Ya que algunos métodos de defensa resultan inaceptables para algunos, los indignados y políticamente correctos deberían estar en la capacidad de responder tales preguntas, porque si hay algo que no podemos seguir aceptando es una estrategia de protesta conveniente al procedimiento de los partidos políticos mientras somos nosotros quienes estamos aportando al valiente caído de la jornada y terminamos enterrando con mucho dolor e impotencia a la inocente juventud de nuestro país o entregando su respectiva cuota de víctimas a la jauría represiva para su festín de sangre y dolor, eso a muchos nos resulta más condenable que cualquier otra cosa.

Seguramente habrá quien lea estas líneas y asumirá que son divisionistas, pero sinceramente no creo que quien las escribe tenga fuerza alguna para lograr eso, no es el propósito, sólo es un justo llamado a la reflexión a los que sí tienen el poder de dirigir y que deben entender que todos queremos el mismo objetivo, pero la estrategia debe ser redimensionada y además muy centrada en función a lo que enfrentamos, necesitamos un plan claro, una meta específica, un método pertinente, porque estamos dispuestos a jugarnos el pellejo para rescatar nuestro país pero no a seguir siendo carne de cañón al asistir a las convocatorias de la dirigencia política como ovejas a la guarida del lobo.

Profesor en Ciencias Sociales

Twitter: @jaggalindo
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