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opinión

Enrique Meléndez

Porqué se habla mal de Chávez

31 enero, 2017

La verdad es que resulta una estulticia esto, en lo que se solaza Diosdado, de prohibir que se hable mal de Chávez; lo cual constituye una aprehensión; puesto que, en efecto, un alto porcentaje de la población ya está consciente de que esta tragedia, que estamos viviendo, tiene un autor que es Hugo Chávez, y no propiamente Maduro; q ue en última instancia habría agravado la situación, sobre todo, por ser un hombre sin ninguna autoridad; de modo que, si estaba llamado a enderezar los entuertos dejados por aquél, por falta de autonomía, no lo pudo.

Alguien lo dijo por ahí: los Castro a Chávez tenían que convencerlo. A Maduro le ordenan

Esta Venezuela hambrienta es la aplicación de las políticas del perfecto idiota; como lo demuestra el famoso libro, que escribieron a tres manos Carlos Alberto Montaner; Plinio Apuleyo Mendoza y Alvaro Vargas Llosa.

Además las estadísticas hablan por sí solas: paséese usted por cualquier portal de un organismo, como Conindustria, y verá los resultados de dicha política: las tres cuartas partes del parque industrial desmanteladas; lo mismo que con el parque agropecuario del país; que es lo que explica el hecho de la hambruna, que se palpa en todo sitio, consecuencia de la escasez y del alto costo de la vida.

Desde el primer momento en que Chávez llega a la presidencia se da cuenta, primero, que ha asumido un compromiso muy grande; con respecto a sus capacidades de estadista. La pobre Marisabel, entonces de Chávez, decía en aquellos primeros días de su mandato: “A mi me sorprende como ha crecido Hugo como estadista”. Lo que decía porque no lo era. Lo era sí Luis Miquilena: un caimán que tenía encima; para el momento de algún descuido suyo, darle el golpe de gracia; que había sido uno de los grandes objetivos de su vida; tomando en cuenta su condición de conspirador impenitente a lo largo de los años, y estuvo a punto de lograrlo en aquel ya lejano 11 de abril de 2002; cuando el alto mando militar le pidió la renuncia a Chávez; la cual la aceptó, según el testimonio de Lucas Rincón, si no se atraviesa en su camino aquel Pedro Carmona Estanga ambicioso y errático.

Fue entonces cuando cayó en manos de Fidel Castro o del canibalismo cubano en sí, y ese canibalismo descubrió que lo que más le convenía a sus intereses era esa política del perfecto idiota, que proclamaba Chávez; una política basada en el centralismo y los controles; lo que significó un atraso en términos institucionales; pues a partir de allí se comenzó a echar para atrás el proceso de descentralización, que había implicado una modernidad en el aparato estatal, y con ello una simplificación de los procesos burocráticos, que hasta entonces se manejaban en una forma lenta y centralizada desde la capital de la República; pero, además, también significó un avance en términos de la regionalización política, y fue entonces cuando los estados comenzaron a tener tanto peso, como la capital, si partimos de la circunstancia de que los liderazgos regionales empezaron a tener también un gran protagonismo en nuestro cotarro político.

Ahora, no es que se quiera hablar mal de Chávez por maledicencia pública; por tirria, como decimos los guaros, hacia él; sino por su presunción, a propósito de aquello que decíamos, que se trataba de un hombre que no estaba preparado para asumir la condición de estadista, y la prueba está en que, si no dejó que gobernara Miquilena; que sin duda alguna lo hubiera hecho mejor que él e, incluso, mejor que Pedro Carmona Estanga; puesto que sí era un hombre que estaba muy curtido en la política; entonces le entregó el país a los Castro; por lo que se convirtió en uno de los políticos más apátridas que hemos tenido, puesto que la llegada de los Castro implicó el hecho de que el G-2 cubano penetrara toda nuestra institucionalidad, y que se metiera hasta en nuestros asuntos más domésticos, y no sólo en nuestras fuerzas armadas, sino hasta en nuestras notarías y sistemas de identificación, como se viene denunciando; aparte de los 110 mil barriles diarios de petróleo, que se le regalan o se le regalaban a Cuba, visto que se ha tenido que reducir esta importación a unos 80 mil barriles diarios, y aparte de los cinco mil millones de dólares que nos cuestan los famosos médicos de la Misión Barrio Adentro.

Además, eso de prohibir hablar mal del difunto, es desconocer el papel de la crítica en una sociedad racional, y no se pase por alto el descubrimiento del idealismo hegeliano, al respecto de que la sociedad del progreso marcha en sentido dialéctico: tesis, antítesis, síntesis, y de allí el valor de la crítica; puesto que la crítica supone corrección de las políticas, cuando se ha fracasado; que fue la gran lección que ofreció Rafael Caldera al país, cuando allá en el año 1996 reconoció que esa política del perfecto idiota, que estaba aplicando desde que llegó a la presidencia, había disparado la inflación, hasta llegar en ese año a 103%, y que fue un hito histórico, hasta el día de hoy, cuando se habla de 2000% inflacionario, y entonces adoptó un nuevo plan económico, conocido como la Agenda Venezuela; que nos sacó de aquella espantosa situación. Por supuesto, la crítica sólo se permite en las sociedades democráticas; que es lo que entiende este gobierno por denigrar; que es otra cosa. De Chávez no se denigra; a Chávez esta Venezuela de hoy lo crítica, porque lo hizo mal, y lo hizo mal, porque desde un primer momento, cuando se dio cuenta de su incapacidad como estadista: un papel que por cosas del destino había caído en sus manos, y no por una trayectoria consumada en el mundo de la política, tenía que pactar con el diablo, para poder sobrevivir.

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