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opinión

Behemot en lontananza

31 enero, 2017

La experiencia histórica enseña que, por lo menos, una vez por siglo aparece un monstruo apocalíptico en el panorama de los pueblos. Behemot, lo llamó la Biblia. Sin que ello signifique que baste y sobre: el siglo XX ha de haber sido el siglo más prolífico en monstruos apocalípticos, de todo tamaño y todo formato. Estrictamente nacionales y hasta con apetencias de dominio universal.Inglaterra y los Estados Unidos, las grandes excepciones a la regla. Gracias a lo cual nos salvaron del gran monstruo bicéfalo totalitario.

Desde luego Stalin, que fue el primero. Que a Lenin le faltaba el olfato carroñero y depredador para ser ese poco más que el inspirador del Apocalipsis y convertirse en el verdugo del imperio zarista. Para eso le dio el paso a su sucesor. Pegado a él, Stalin, vendrían Mussolini y Hitler, que colmaría las exigencias y condiciones para ser el chacal de la destrucción y el holocausto a nivel planetario. Mao, para lo chinos. Fidel Castro, para los cubanos.

El monstruo anticristiano de los venezolanos fue, sin duda ninguna, Hugo Chávez. Tan devastador, monstruoso y vil para Venezuela como los mencionados para sus respectivas sociedades. Más primitivo, analfabeta y ruin, en su polvorienta y aldeana dimensión que los mencionados. Pero tan eficaz en seducir, subyugar y envilecer a los venezolanos como lo fuera Stalin para los rusos, Hitler para los alemanes, Mao para los chinos y Fidel Castro para los cubanos. Extírpelos de la historia, y hubieran ganado todos. Sometidos al rigor del balance, la humanidad no les debe nada, absolutamente nada más que sufrimientos, penurias y atraso.

Pero la historia no puede dar un paso hacia delante sin dar otro, mayor, hacia atrás. Que como bien lo señalaron Theodor Adorno y Max Horkheimer en su extraordinaria obra Diálectica de la ilustración, el inevitable precio del progreso es la brutal regresión.

Cada día que pasa con esa insólita velocidad que le ha impuesto a sus iniciales días de gobierno, más me convenzo de la posibilidad real de que el primer monstruo apocalíptico del siglo XXI sea el norteamericano Donald Trump. Tan ambicioso de poder, desde su nada, y tan inescrupuloso desde su rufianesca zafiedad, como Adolf Hitler desde las suyas. Lo cual no me lleva a identificarme, ni mucho menos, con la triste y decadente alternativa representada por la mujer de Bill Clinton. Ni a estar de acuerdo con la babosería de la llamada “corrección política”, ese buenismo que ha permitido el recrudecimiento de las contradicciones y la explosión de la crisis. Amarga medicina que llevamos dieciocho años bebiendo en el cáliz de una oposición tan banal, tan mediocre, tan “correcta” y tan pusilánime como si hubiera sido hecha por encargo de los monstruos que nos han traído a estos abismos.

Sale al escenario y suscita la atención mundial sobre los hombros del victimismo, como Hitler acusando a sus enemigos, los aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial, de haberle asestado una puñalada por la espalda al pueblo alemán en la mesa de negociación de Versailles. Aún no llega a los judíos. Comenzó por los mexicanos. Y a manotazos se llevará a los centroamericanos. Para poder resolver el problema musulmán y volverse a aplastar a Europa. Mientras observa cuidadosamente a quienes considera sus verdaderos enemigos: los chinos. Alguno de sus asesores ya le habrá explicado que el único poder capaz de vencer a los Estados Unidos es China. Pero si se atreviese a enfrentarla corriendo el riesgo que no corre con México ni con los países árabes, podría terminar como Hitler en el bunker del Tiergarten.

El amasijo de falsedades, falacias y burdas tramoyas que le pavimentan el camino hacia el poder absoluto, cuyas primeras víctimas son los indocumentados, recién comienza. Me hace recordar a Hitler, que hizo del engaño y la mentira el instrumento cabal de sus ambiciones totalitarias. Es el principio: saltar al poder desde la nada, así en su caso no se haya tratado de los sórdidos comienzos de un mendigo harapiento, como el vagabundo austriaco, sino de un gigantesco imperio inmobiliario. En cuya conquista se habrá hecho experto en librar las guerras sucias del mercado. La historia comienza a pudrirse cuando al desconcertado y confundido ciudadano común se le inyecta con furores de odio y rencores de venganza. Cuando se le confunde con leyendas, mitos y medias verdades – o medias mentiras, que es lo mismo. Es el medio más expedito para halar la espoleta de la granada que anida en el corazón de los frustrados y vencidos desatando esa telúrica fuerza represada en el oscuro corazón de las tinieblas. Temo que Donald Trump se esté aplicando con ciego entusiasmo a destapar la caja de Pandora y a invocar a los espíritus del caos y la guerra.

Que Dios nos agarre confesados.




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