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Rafael Tomás Caldera: Restaurar el camino hacia una República libre y democrática requiere temple

26 noviembre, 2016

Enrique Meléndez / especial Noticiero Digital / 26 nov 2016.- El escritor Rafael Tomás Caldera defendió este jueves la Constitución de 1961 pues ella reflejaba un modo de entender la política y de realizar la democracia. “Democracia —bien lo sabemos— no es tan sólo sufragio universal, secreto y directo. La democracia es una forma política en la cual se debe plasmar un modo de vida cuyo centro y núcleo es el respeto a la persona. El sufragio puede ser usado y abusado por un populismo, de temple más o menos fascistoide”, dijo el académico de número de la Academia de la Lengua y profesor la UCAB y USB.

La afirmación la hizo en el acto de presentación del libro: Rafael Caldera: estadista y pacificador; una compilación de trabajos del ex presidente que corrió a cargo del escritor Rafael Arráiz Lucca.

Partió en su peroración hablando de una larga marcha hacia la democracia que se inicia en Venezuela en febrero de 1936, y que, a su juicio, tuvo un punto culminante el 23 de enero de 1961 cuando fue promulgada la Constitución, y que para el ex presidente, uno de sus principales redactores, ciertamente no se trataba de una Constitución “que sirve para todo” sino que era la expresión de un modo de entender la política.

Para el académico resultaba crucial tener una Constitución que reflejara el consenso y, al mismo tiempo, ayudara a consolidarlo, y, en ese sentido citó a Rafael Caldera quien en el acto de promulgación de la misma dijo que esos no solo habían sido dos años de labores sino ciento cincuenta años de vida en que las resplandecientes credenciales del pueblo venezolano, nacido para hacer historia grande, se habían visto empañadas por interminables fracasos; que esa Constitución de 1961 lograba un vigoroso equilibrio entre el ideal y la praxis; entre la parte dogmática y la orgánica, entre las normas preceptivas y las disposiciones programáticas.

Y agregaba que fue escrita por gente que había vivido intensamente la experiencia venezolana, antes y ahora, y por gente que había estudiado con desvelo la teoría de la organización política

“Decía por ello que era ésta la expresión de un modo de entender la política y, en particular, de realizar la democracia. Democracia —bien lo sabemos— no es tan sólo sufragio universal, secreto y directo. La democracia es una forma política en la cual se debe plasmar un modo de vida cuyo centro y núcleo es el respeto a la persona. El sufragio puede ser usado y abusado por un populismo, de temple más o menos fascistoide; la democracia en apariencia puede ser en verdad oclocracia, donde una estructura caudillo/masa sea la efectiva articulación del mando en la sociedad, mando que se ejerce por decretos”.

A juicio del académico, con la Constitución de 1961 se iniciaba el intento de edificar un Estado social de derecho; donde la aspiración democrática debía tomar cuerpo en instituciones sólidas a través de las cuales se respetaran y promovieran los derechos de la persona, se asegurara la independencia del poder judicial, se estableciera un gobierno de la ley y no de la voluntad del poderoso. Sin ese consenso de base no habría vida democrática ni podría haber un sostenido esfuerzo de desarrollo en el país.

Habló además de una erosión que se produjo a propósito del compromiso por lograr el desarrollo social y económico, y que, de modo superficial, asumió que las cosas se llevaban a cabo casi como por inercia, lo que dio espacio a la corrupción del espíritu ciudadano reemplazado por una mentalidad de consumidor. “El vínculo de la representación perdió entonces su eficacia. La ruptura del consenso, bajo la forma de la antipolítica, determinó el regreso del viejo autoritarismo acompañado ahora de ideología”, asentó el académico.

A su juicio, no podremos retomar esa interrumpida marcha hacia la democracia en nuestro país sin restaurar el temple humano que la hizo posible.

“Es un modo de ser que determina una manera de concebir y practicar la política. Cuando se está persuadido de que el desarrollo de nuestros pueblos es un imperativo ético; cuando se sabe que es necesario honrar los compromisos y la palabra empeñada; cuando se tiene por norma no mentir ni adular, sino procurar persuadir con la verdad, entonces se tiene el carácter que hace posible fundar una República democrática y libre”.

Agregó que sin gente para la cual la vida conforme a la ética no sea una opción sino una manera de ser, no es posible sostener un Estado donde se respete a las personas, donde se practique una lucha constante por la justicia, donde se busque como una prioridad la paz; que ello se traduce en la lucha por un Estado de derecho; pues sin el derecho, estaremos en manos de la arbitrariedad.

“Rafael Caldera luchó toda su vida por el derecho, la justicia social, la paz. No una suerte de molde que paralice la vida: el derecho como expresión de esas formas vivientes del orden social que descubrió en sus tempranos estudios sobre Andrés Bello. Un derecho compatible con llevar adelante el reto del desarrollo. Un derecho, por tanto, capaz de progresividad en su determinación y en sus aplicaciones. Según una fórmula que le parecería muy adecuada para expresar esta comprensión, podríamos decir: que haga posible la reforma de las estructuras, para preservar las instituciones”.

Indicó que ante todo, como entra en juego la calidad de las personas, será necesario restaurar el fondo ético de la política; lo que significa: “la subordinación de la conducta política a las normas éticas, el repudio de la dicotomía de la conducta; esa dicotomía tradicional de la política pragmática, según la cual la política es un arte que obedece a normas de conveniencia, y la moral una norma para la conciencia o intimidad de la conducta, que no tiene nada que ver con la acción de los hombres en la vida pública.

Según el orador la antipolítica se ha nutrido de la corrupción en el ejercicio de la función pública; pero también de los oscuros poderes del cinismo a la hora de hablar, de declarar, de enjuiciar; que por eso no se puede aceptar el criterio, según el cual siempre se toma posición por conveniencia; se dice lo que al parecer favorece la causa propia, y que una sociedad en la cual se instaure esa manera de pensar la conducta pública se verá irremediablemente orientada hacia el autoritarismo.

“El sentido práctico, indispensable en todo actor político, no puede obliterar la rectitud en las decisiones, en las palabras y los actos. La ética no es un límite externo a las acciones posibles; es una medida interna, que da luz para decidir con acierto, puesto que se trata de determinar —y de realizar— el bien de las personas. Esa adhesión al fin asegura la rectitud y resulta el mejor motor de la actividad, que puede entonces ser constante para vencer las dificultades”.

Y añadió: “Se insiste a veces en la dicotomía entre una ética de la convicción, que se movería por una suerte de exclusivo deseo de hacer bien, y una ética de la responsabilidad, que tomaría en cuenta ante todo las consecuencias de las acciones. (…) No así Rafael Caldera para quien ese fondo ético de la política significaba la decisión de regirse en la acción por principios, como la dignidad de la persona y la primacía del bien común, al mismo tiempo que se atiende con cuidado a las lecciones de la experiencia. Lo hemos visto al subrayar con sus palabras como ambos elementos tomaron cuerpo en la constitución de 1961”.

Según el académico, la ética como fundamento de la acción política significa ante todo que no se acepta una ruptura entre las aspiraciones de la conciencia y las necesidades de la acción; que sin duda, el tránsito a la acción pública requiere de la persona atención a la circunstancia y, entre otras cosas, el intento de anticipar las consecuencias no buscadas, producto de la exterioridad de las acciones de gobierno. “Hay en la vida pública, como en el ámbito privado pero acaso con mayor peso, fortuna y hay providencia. No se escogen y muchas veces no se cambian las condiciones para actuar. Los principios de la moral orientarán entonces la reflexión, pero no podrán sustituir el juicio prudencial sobre lo que convenga hacer o sobre lo que se pueda hacer”.

Manifestó que será muchas veces el carácter intolerable de la injusticia lo que llevará a la acción, lo que dará sustancia a la palabra; que en ese caso, ha de tenerse en cuenta lo posible, pero para realizar lo bueno; enmendar lo malo, y que un político persuadido de ello no vacilará a la hora de la acción; que sabrá correr riesgos, sabrá aceptar sacrificios y sufrimientos.

“Por otra parte, no se reduce la política a su fundamento ético. La conciencia es una luz pero no sustituye a la pericia. La política, inspirada por la moral, no se queda en ella. Es necesario conocer el arte del gobierno, tener en cuenta la inercia de los procesos en la vida social y, desde luego, lo que hemos llamado la exterioridad de las acciones. En la actividad política se actúa sobre otras personas, con su mentalidad y sus actitudes, con sus capacidades y su preparación, escasa o mucha. Ha de tomarse siempre en cuenta al receptor de la acción de gobierno sin lo cual no se llegaría a ningún logro positivo”.

Trajo a colación el tema del que roba porque tiene hambre; que, a juicio del ex presidente, se justificaba desde el punto de vista teológico pero no desde el punto de vista del interés social, y que por eso, decía “que no debía plantearse la cuestión desde ese punto de vista, que podría considerarse una teología de la violencia, sino más bien de lo que [él] llamaría la sociología de la violencia”.

A su modo de ver, la acción en lo político da lugar —como ocurre en la vida económica— a muchas consecuencias no buscadas, a veces ni siquiera anticipadas; que ningún gobernante, por más avezado, por larga y extensa que sea su experiencia con los seres humanos, puede asegurar cuáles serán las consecuencias finales de sus decisiones.

“Por lo demás, ello es intrínseco al mundo de lo político, donde se trata de afrontar y resolver problemas de naturaleza temporal, esto es, que nunca estarán resueltos del todo. Donde se trata, para cada cohorte, de lograr las condiciones de vida y de trabajo a las que aspira su generación. Intentar fórmulas definitivas sólo puede conducir a privar de libertad a los pueblos, en particular a los más jóvenes”.

Según el académico la constancia de los principios, que inspiran y miden desde dentro la acción no se identifica pues con una fijeza en los programas y las soluciones, que puedan darse en circunstancias cambiantes; que uno de los rasgos definitorios del temple ético, que hace posible una verdadera política democrática estriba allí: en una adhesión al valor de la persona humana; que habrá de traducirse, de maneras diversas, en programas para hacer efectivos sus derechos. “De ese conjunto de elementos filosóficos —afirmará Caldera— deriva (…) la idea de la democracia como el mejor sistema de gobierno, tanto desde el punto de vista de la teoría, cuanto desde el de la realidad social. Creemos en la posibilidad de la democracia, y pensamos que luchar por su realización constituye un deber que nos vincula a todos. Consideramos que no se trata simplemente de una bella utopía, sino de una consecuencia natural de la valoración dentro de la cual colocamos al hombre y a su forma natural de expansión y complemento, que es la comunidad”.

Reiteró que la democracia ha de ser un régimen de derecho y no simplemente un sistema electoral; que ha de excluirse el posible despotismo de la mayoría, para lo cual debe asegurarse la protección de los derechos de la persona, de cada persona, y desde luego la representación de las minorías; lo que fundamentó con una cita del ex presidente, quien consideraba: “Nosotros sabemos que democracia no es mero conteo de votos o posibilidad de decir lo que conviene a poderosos intereses. También sabemos que no hay prosperidad cuando el pueblo es esclavo del hambre, la enfermedad y la ignorancia. No renunciaremos a la democracia, porque sería como renunciar a nosotros mismos. La pelea es desigual, pero nada podrá impedir que la ganemos”.

Insistió en el tema de que la vida democrática requiere una calidad de personas que es la que hace posible un Estado de derecho: gente con mentalidad jurídica, con conciencia institucional, con fortaleza para hacer valer las decisiones rectas, sin ceder a una lógica de la conveniencia ni buscar atajos que dejen de lado las exigencias del Derecho.

A su modo de ver, se trata pues de forjar verdaderos ciudadanos; no individuos en busca de su provecho propio; tampoco siervos plegados a las imposiciones de un régimen despótico. Ciudadanos, que construyen la República con sus acciones cotidianas, con su orientación al bien común.

“La democracia en Venezuela fue posible por la virtud de sus hombres. De sus hombres públicos, en primer término, que supieron poner el ideal de la democracia y el Estado de derecho por encima de sus diferencias partidistas; pero también de sus empresarios y sus trabajadores, de sus militares; cuando éstos comprendieron su papel institucional en el mantenimiento de la paz social y la gobernabilidad republicana. Del pueblo cuando, por su adhesión a la libertad y a la democracia, supo oponer resistencia a los intentos de volver al viejo sistema autoritario que gobernó el país desde sus inicios como nación independiente”.

Al referirse a lo que llamó la reconstrucción de la vida democrática en Venezuela, consideró que será muy importante la conciencia, la motivación y la lucha de los jóvenes.

“Decía Rafael Caldera a los jóvenes democristianos del mundo reunidos en congreso en Berlín: “Para quienes hemos sido jóvenes y nos resistimos a dejar de serlo; para quienes vinimos al fragor de la lucha política, movidos por un impulso juvenil de rebeldía, de inconformidad; para quienes no entendemos la política como el arte de acomodarse con las conveniencias, sino como el deber de reconstruir el orden social para hacerlo mejor y más justo, el contacto con los jóvenes es una necesidad constante. Es como injertar al organismo comunitario dentro del cual actuamos las células de una renovación incesante; es como recordarnos la vigencia de los ideales por los cuales salimos a combatir el primer día; es, más que todo eso, renovar la fe en el futuro, la presencia del futuro, la vigencia admonitoria del futuro que nos obliga a trabajar siempre por edificar una sociedad nueva y no por ponerle puntales y alzaprimas a una estructura que se desmorona”.

Que concluía esta idea destacando que no se quería revolucionarios de café, apegados a la pose grandilocuente, mas inefectiva; que se quería tener hombres de lucha, capaces del sacrificio diario, conscientes de la vida dura que la realidad les demanda, entregados al contacto estrecho con el pueblo”.

Según el académico Caldera en tiempos de populismos redivivos, será esencial recordar lo que Jacques Maritain pudo llamar existir con el pueblo. “Existir con —explicaba— es una categoría ética. No es vivir físicamente con alguien o de la misma manera que él; y no es solamente amar a uno en el sentido de querer el bien para él; es amarlo en el sentido de hacerse uno con él, de llevar su carga, de vivir en convivencia moral con él, de sentir con él y de sufrir con él”.

Citó otra reflexión del ex presidente para quien el pueblo no sólo constituye el objeto de todos los trabajos, sino el sujeto de las decisiones; que para luchar por él hay que conocer íntimamente lo que él piensa, lo que él siente, cómo vive, cómo reacciona ante los estímulos a que se lo somete, y que la idea es el de impulsar una gran promoción popular, capaz de hacer del pueblo verdadero dueño y señor de su destino”.

“Están vigentes estas ideas que inspiraron su lucha. Son, deben ser para nosotros un fuerte llamado a retomar el rumbo de la verdadera democracia, ese que —con sus limitaciones y deficiencias— permitió a nuestro país transitar durante décadas enteras el camino del desarrollo político, económico y social”, concluyó.



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