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opinión

Sigue tu camino

28 agosto, 2016

Esta historia tiene varias lecciones de vida, algunas de las cuales aún no destilan completamente. Hace varios años, digamos que a finales de los 90, recibí la invitación para trabajar en una película venezolana como actor secundario. El papel era tan chiflado como el guion. Se trataba de un grupo de amigos modernos y transgresores que entre fiestas y drogas planeaban el asalto a un banco. La inspiración venía deReservoir Dogs y mi personaje se llamaba Arlequín. Su rol dentro del grupo era ser el loquito descontrolado que siempre se metía en problemas.Como verás, era un papel muy divertido, así que acepté.

Los dos protagonistas eran unos actores poco conocidos. Uno de ellos era flaco y con lentes, el otro era atlético y muy apuesto. Con el primero apenas conversé durante el rodaje, pero con el segundo tejí una buena relación ya que en la película Arlequín era su mejor amigo. Era un chico simpático, algo reservado, evidente apasionado por el cine aunque su trabajo formal era como periodista de una ONG.

Los actores de reparto éramos eso que llamaban personajes de la movida caraqueña. Recuerdo, entre otros, a mi querida Carla Tofano, quien ha sido siempre una fashionista. También estaba Apolonia, una figura del hip-hop local, y el chino Guillermo, uno de los miembros del excelente grupo salsero El Team Malín. El director era el delirante Enelio Fariña, un artista genial que hoy en día se cotiza muy bien en el mundo de publicidad.

La película pudo haber sido un éxito pero nunca llegó a terminarse. En todo caso, eso no es lo que importa. Lo que me interesa contarte es lo que sucedió en Caracas una tarde lluviosa después de terminar la pauta del rodaje.

Resulta que yo debía ir a la emisora de radio pero no tenía auto y el amable protagonista/periodista ofreció llevarme. Por fortuna nos atrapó el proverbial tráfico caraqueño. Digo por fortuna, pues nos permitió conversar largamente fuera de la agitación del set. Fue así como me habló de su interés por la diplomacia y los asuntos internacionales. Como su infancia había transcurrido entre diversos países hablaba varios idiomas. Tenía inquietudes sociales y políticas, y gracias a su trabajo en la ONG, se le estaban abriendo algunas puertas. Pero su verdadera pasión, me confesó, era la actuación.

El chico me contó de los papeles que había realizado en cortometrajes universitarios, de la emoción que sentía cuando leía un guion y sus deseos de ser un actor profesional. Su temor era dejar la carrera de periodismo y saltar a la incertidumbre del arte. En algún momento me preguntó (creo yo que así fue, pero mi memoria está lejos de ser fotográfica) si me parecía una buena idea poner en pausa su incipiente carrera y enfocarse en su sueño de ser actor. Yo le respondí con honestidad en aquel tráfico infernal que apenas se movía entre el Country Club y Las Mercedes:

“Mi pana, el camino que debes tomar es aquel donde está tu corazón (o algo por el estilo, imagino yo, aunque seguramente estoy magnificando el recuerdo)”. Él sonrió como quien escucha algo que viene diciéndose a sí mismo desde lo más profundo de su ser y que está en proceso de descubrir.

Días después terminó el rodaje y cada quien tomó su camino. Años después lo vi en la pantalla del televisor. Hacía de galán en una novela. Al poco tiempo ya era una estrella emergente del cine latinoamericano y la última vez que conversamos fue en una situación similar a aquella tarde de tráfico: volábamos en asientos contiguos entre Miami y Caracas. Allí me habló con detalles de las películas que había realizado y la pasión que exudaba era una auténtica fuerza de la naturaleza. Para ese momento Hollywood ya era su casa, y a la par de su indiscutible grandeza, seguía transmitiendo la misma calidez y humanidad de siempre.

El actor del que te hablo es Edgar Ramírez y es una historia que vale la pena contar porque demuestra cuán lejos puede llevarte tu corazón.



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