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opinión

Roberto Enríquez

Los últimos kilómetros de la dictadura

29 agosto, 2016

Haciendo una retrospección histórica de estos diecisiete años y medio de calamidades que nos ha tocado sufrir a los venezolanos desde la llegada de Hugo Chávez al Gobierno, se me ocurrió hacer un paralelismo comparando esta lucha por la libertad con una carrera de maratón. Por curiosidad quise consultarle a una estimada amiga maratonista los códigos de esa disciplina deportiva, para ver en que se podía asimilar la misma a la lucha política de resistencia; eso que en el argot político llamamos “saber cruzar el desierto”. Ella tuvo la gentileza de explicarme el asunto de una manera tan pedagógica que para mí resultó toda una revelación. Me dijo: “mira Roberto, los maratonistas tenemos un dicho que dice: los primeros 30 kilómetros del maratón los corres con el cuerpo, los siguientes 10 kilómetros con la mente y los últimos dos kilómetros con el corazón”. Pues bien; ciertamente esos dos últimos kilómetros del maratón son los más difíciles. Con el cuerpo extenuado y la mente colapsada, solo se puede llegar a la meta a punta de corazón. Algo así, o muy así ocurre con las sociedades sometidas a la opresión durante tantos años como lo ha sido la venezolana. Los últimos kilómetros para alcanzar la libertad hay que correrlos con el corazón.

Durante estos diecisiete años y medio se han dado muchísimos debates sobre la caracterización del régimen que nos gobierna: gobierno militarista, socialismo trasnochado, autocracia mesiánica, déficit democrático, autoritarismo populista; en fin, cada quien exponiendo su teoría para explicar la naturaleza de un régimen donde se hacen elecciones, con algunos medios de comunicación donde puedas opinar sin mayores restricciones, variedad de partidos políticos y todo un maquillaje eufemístico para negarnos a llamar las cosas por su nombre: En Venezuela tenemos una dictadura.

Las dictaduras de este tiempo tienen sus matices, pero no por ello dejan de ser dictaduras. No es verdad que una dictadura no pueda salir con votos, tampoco es cierto que no se pueda criticar al régimen; lo que sí es cierto es que cuando esa dictadura se ve seriamente amenazada o en peligro de perder el poder, se suelta el moño y se olvida de sutilezas. Y justamente esa es la etapa que está comenzando en Venezuela. Cuando estas dictaduras modernas se destapan y aniquilan los exiguos resquicios democráticos que quedan es cuando comienza su final. Así que lejos de amilanarnos es cuando más nos toca correr con el corazón, como dicen los maratonistas.

La venezolana es una dictadura brutal e inescrupulosamente primitiva; el pacto social o las reglas de convivencia establecidas en la Constitución han sido hechas añicos. Ese “querer vivir juntos” del que habló Ortega y Gasset ha sido imposible porque los bribones de turno han querido Venezuela para ellos solos, y en esa suerte nos la han malogrado. Las dolorosas colas de un pueblo desesperado por comida son la consecuencia de la sistemática política de expropiaciones, invasiones y confiscaciones de aproximadamente cinco millones de hectáreas de tierras productivas y más de mil cien empresas del sector alimentario, violando el derecho constitucional a la propiedad. El destierro y la cárcel por razones políticas, con los juicios amañados y abusivos de Leopoldo, Ledezma, Rosales y Ceballos entre casi ochenta presos más evidencia el alma diabólica de quienes administran justicia con vocación de pretor. Nuestros parlamentarios merecen un reconocimiento al heroísmo al resistir con coraje el asedio salvaje de la patética sala constitucional y el poder ejecutivo. El sistema de partidos, eje vertebral del juego democrático, cada día más diezmado por la intervención descarada del Gobierno a través de su brazo judicial. Estas son algunas de las señales que llevan al consenso nacional de que el gobierno de Maduro es una dictadura; criterio que avanza aceleradamente en el ámbito internacional.

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”. Escribió el poeta alemán Martin Niemoller. A los venezolanos no nos pasará eso porque en nuestro país esta dictadura ha ido por todos, los pobres en las colas, los líderes presos o exilados, los parlamentarios acosados y los partidos políticos perseguidos; todos hemos corrido la misma suerte y por eso todos unidos debemos ir por la libertad rompiendo el yugo de la dictadura política, social y económica de Maduro.

Este primero de septiembre iniciemos una nueva etapa en la lucha popular. Sin rendirnos ni resignarnos… recordemos que esta dictadura está en sus últimos dos kilómetros… y nos toca: ¡correrlos con el corazón!



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