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opinión

¿Renuncia o lo renuncian?

8 febrero, 2016

Muchos venezolanos cifran hoy sus esperanzas en una posible renuncia de Maduro a la presidencia de la República como punto de partida para comenzar la salida de la terrible situación en la que se encuentra el país. Sin duda, esa vía además de ser constitucional, pacífica, democrática y electoral, sería la más rápida y menos costosa.

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Pero, ¿por qué y cuándo habría Maduro de renunciar? La suposición es que la situación del país ha llegado a tal extremo de gravedad que el personaje en cuestión, sintiéndose totalmente incapaz de manejarla, opte por la renuncia. Una variante de esta especulación es que sectores cercanos a él, de su propio partido o de la fuerza armada, viendo que el mundo se les viene encima, que su propia sobrevivencia está en peligro, lo obliguen a dimitir de su cargo.

El problema con este escenario, que me permito calificar de ilusión, es que en cualquiera de sus versiones puede distraer y paralizar a la oposición. La primera posibilidad, la de que Maduro, en un acto de conciencia y responsabilidad con el país decida renunciar por cuenta propia, no luce creíble dado lo que ha sido su comportamiento hasta ahora. ¿Por qué se habría de mostrar sensato y responsable alguien que nunca lo ha sido? ¿Cuándo ha mostrado Maduro alguna señal de que entiende la magnitud de la tragedia venezolana? ¿Es que acaso esta tragedia comenzó hace poco tiempo y tal vez todavía no ha tenido tiempo de enterarse? Todo lo contrario, la crisis lleva tiempo acentuándose agudamente y mientras más ésta se profundiza, más desconectado parece el presidente de lo que está ocurriendo y con menos capacidad de reaccionar. Basta ver como, por ejemplo, en medio del completo colapso de la producción nacional de productos básicos, arremete y ataca brutalmente al empresario que posiblemente esté haciendo y pueda hacer más en el país para paliar la crisis de escasez: Lorenzo Mendoza.

La otra vertiente de la especulación, la de que él sea presionado a renunciar por actores que le son cercanos, supone que esos actores ven en su salida y en lo que sigue a ella, un futuro más cierto y seguro del que creen que tienen hoy, así sea que el país se esté cayendo a pedazos. Eso también es cuestionable. El tramado de intereses, la espesura de la corrupción tejida alrededor de un régimen que se ha mantenido en el poder por 16 años, sin ningún tipo de control y en medio de una abundancia excepcional de recursos públicos ha de ser tan grande, que los temores a lo que les vendrá con la salida de Maduro pueden ser mayores a los riesgos que ven asociados a su permanencia en el poder. Es posible que más bien muchos de esos actores cercanos al presidente vean en Maduro su ultimo escudo de protección, que su salida del poder los aterre. Puede ser que prefieran que esté allí hasta el último día que pueda estarlo, no importa la situación del país.

Por estas razones, las fuerzas democráticas venezolanas no deben centrar su estrategia para salir del régimen en una eventual renuncia de Maduro. No quiere decir eso que sea incorrecto pedirla como lo hacen destacados dirigentes de la oposición. Sólo quiere decir que no se puede hacer depender de esa eventualidad el desentrabamiento del juego político actual. Es necesario explorar a fondo las opciones en las cuales la oposición puede tener un mayor papel, que dependen más de su iniciativa, como la convocatoria a un referéndum, o la enmienda constitucional. Sobre todo hay que entender que se necesita de participación, activación y movilización social. Sin este componente es difícil imaginarse la terminación del régimen actual. Las crisis económicas per se no tumban gobiernos; pueden crear condiciones para que ello ocurra pero no son condición suficiente. Si fuera así, hace tiempo ya hubiera desaparecido el gobierno actual.

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