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opinión

Sobre la historia del partido del pueblo

17 diciembre, 2015

on miras a la realización en octubre de 2003 de lo que en por el momento se llama el Congreso Ideológico/Programático de Acción Democrática, a ser coordinado por la Fundación Raúl Leoni y la Comisión Organizadora del 62avo Aniversario, la Comisión de Comunicación de ésta ha tomado la iniciativa de suministrar diversos materiales de valor histórico –que aconsejamos ir archivando como Historia de AD- a fin de fortalecer una documentación suficiente e idónea con la cual seguiremos haciendo historia.

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Así como hemos iniciado ya entregas como “Papeles de Estudio” y “Primeros Programas Políticos”, bajo el presente título iremos suministrando un resumen del libro escrito por Arturo Sosa Abascal, Rómulo Betancourt y el Partido del Pueblo (1937-1941), “de lectura indispensable para quienes deseen adentrarse en la comprensión y la transformación de la Venezuela actual”, que “vibra de cálida compenetración con los personajes, con la realidad social y con la creación de estructuras de nuestra democracia contemporánea” y que ofrece “como resultado una exploración objetiva de los fundamentos de nuestra sociedad pluralista y participativa, lo cual adquiere especial relevancia en la encrucijada del presente, en la que los partidos políticos se enfrentan al desafío de una refundación de sus cimientos”.

En esta primera entrega, presentamos el prólogo completo escrito por Alberto Arvelo Ramos:

“Después de caminar por este libro me dije: “Ahora comprendo –o, por lo menos, ahora atisbo- las razones por las cuales, después de tantos errores e infamias, el pueblo venezolano sigue siendo partidario de la democracia. Supongo que no entendía ciertas cosas porque no me había percatado hasta qué punto la siembra originaria de nuestra democracia había sido intensa y cuidadosa. Fue para mí una sorpresa la lectura y discusión de este denso volumen. Esperaba una obra técnica, maciza de citas, erudita, como le corresponde a toda disertación doctoral. En esto las expectativas correspondieron a la realidad, e incluso la sobrepasaron. Pero, más acá del contenido, creí que me aguardaba una gran masa de prosa pesada y analítica. Ella debería ser –esperaba y temía- fiel representante de ese estilo gelatinoso y tranquilo, que la inquisición académica considera requisito para que una obra merezca los apelativos de “válida”, “seria” y “meritoria”. Sosa, no entiendo cómo, se las arregló para mantener la corrección –y si se quiere, la tiesura- sin perder el fuego. Produjo así un texto de lectura apasionante.

Siento la tentación de recordar, en torno a esto, una milenaria distinción, olvidada de puro sabida. Separaban cuidadosamente las gentes del mundo greco-latino los opuestos Cálido y Frío, de los opuestos Seco y Húmedo. Hay estilos que son húmedos en grado sumo, constituidos por raudales y cataratas de palabras poderosas. Pero en muchos de ellos, cuando uno los mira de cerca, y explora el impulso interior que los genera, termina por encontrar que son meras obras de ingeniería verbal, fríamente calculadas para vestir bien, para producir el “efecto” deseado, para dejar asentado, fuera de toda duda, la maestría verbal del hablante. El estilo de Arturo Sosa en este libro es, por lo contrario, seco. No hay humedad voluptuosa, ni andamiajes metafóricos, en su áspero y correcto lenguaje. Pero es cálido, caliente, quemante de pasión analítica. Es obra de quien no mira el fenómeno político con distancia desapasionada. Por el contrario, el libro vibra de compromiso, de cálida compenetración con los personajes, con la realidad social, y con la creación de las estructuras de nuestra democracia contemporánea, cuya génesis narra.

Cuando estaba por escribir este prólogo, recibí la noticia de que sus editores –o algún asesor de la Fundación que apadrina su publicación-, recomendaba reducir la extensión del libro, acortando las citas, que son extensas y copiosas. Recomendé encarecidamente que no se hiciera esto, pues las citas in extenso -que se conservan en esta edición- constituyen uno de los caracteres diferenciales más importantes de este libro. Como cuerpo conjunto, ellas constituyen una ventana formidable hacia un momento fundamental, y bastante mal conocido, de nuestro acontecer político. Por otra parte la casi totalidad de ellas, provienen de fuentes originales inéditas, y hubieran permanecido inaccesibles de no haberse publicado aquí.

En apretada revisión, hay cuatro aspectos de este libro que considero especialmente relevantes. En primer lugar está la afortunada decisión de Sosa, de no aproximarse al Partido Democrático Nacional, desde la perspectiva de la futura Acción Democrática. En la historia de la filosofía, y en la historia política, la designación de “precursor”, de “fuente” o de “modelo” trae como consecuencia, frecuentemente, la ceguera hacia uno de los términos de la relación. Se destaca en el precursor lo que nos parece fundamental en su descendiente más ilustre –o más afortunado. Así nos ocurre con Miranda, cuando lo reducimos a precursor de Bolívar, con quien tenía inmensas diferencias de proyecto y de valoraciones políticas. Visto así pierde su estatura autónoma y se contrae en una caricatura de sí mismo. En el caso de los dos partidos mencionados, el fundador de ambos es una misma persona, y la continuidad es evidente. Pero Sosa no quiere saber en este libro de extrapolaciones temporales. Se hace rigurosamente ciego a lo que pasó después del período que delimita cuidadosamente de 1937 a 1941. No es un buscador de genealogías. Ciertamente no es de los que se mueven hacia el pasado, para adornar o destruir los ancestros de alguien o algo, objeto de su adulancia o de su odio. Así el PDN, sin ser visto como precursor, queda reconstruido desde sus articulaciones con su sociedad y con su tiempo. El resultado es la exposición del esfuerzo histórico concreto –que conduce a la Venezuela del presente, a partir de una sociedad política definida por un siglo de autocracias militares. Sólo después de culminar la lectura entendí las razones por las cuales el autor no quiso subtitular el libro: “Una investigación sobre los orígenes de Acción Democrática”. Porque es mucho más que eso, es una exploración sobre los fundamentos de nuestra sociedad pluralista y participativa. Lo cual adquiere especial relevancia en la encrucijada presente, cuando los partidos todos –y, en especial, el gran partido nacional cuyo tronco matriz es el PDN- están en crisis y se enfrentan al desafío de una refundación a partir de sus cimientos.

Un segundo aspecto relevante del libro lo constituye la imagen de Rómulo Betancourt de 1937 a 1941, tal como ella surge de una cuidadosa revisión de las fuentes escritas y testimoniales. Ella contrasta –a veces con violencia- contra el fondo de los clichés establecidos en torno al personaje histórico. El Betancourt que tenemos por delante es un personaje cálido, sonriente, que resuena con gran sensibilidad ante las personas que lo rodean, y que practica algo como un virtuosismo de la amistad. Esa intensa capacidad para convivir y para el afecto, acompañada de la vigilancia que ejercía sobre la formación ética e intelectual de los que lo rodearon, representa uno de los aspectos constituvos menos explorados de aquel carisma y aquel liderazgo que él ejerció como pocos personajes de nuestra historia. Estas virtudes privadas se unen a su gran capacidad para el trabajo doctrinario, y a la disciplina y eficacia con la cual emprendió su tarea inédita: la de crear una organización civil nacional en una sociedad regida por una tradición en donde lo político y lo militar eran sinónimos. Pero Sosa nos llama la atención sobre la virtud política poco conocida, la capacidad de conciliación de Betancourt. En numerosos episodios y pasajes, se revela su eficacia para integrar discrepancias y para deslindarse sin caer en antagonismos irreconciliables. En este sentido resalta su esfuerzo para convivir con el gobierno de López Conteras; y, sobre todo, su prudente actitud, fundada en una visión continental y mundial de las fuerzas políticas, que le permitió modular el deslinde del nuevo partido frente al Partido Comunista, superando con éxito la posición intransigente de algunos de algunos de sus colaboradores, incluyendo al más brillante de ellos, Valmore Rodríguez.

En tercer lugar es preciso destacar el cuidado que Sosa ha puesto para mostrar en qué medida la construcción de la nueva política no estaba restringida en la figura de Betancourt. El libro dibuja con detenimiento el conglomerado de dirigentes que lo rodean, entre los cuales hay algunos notables. De entre todos se destaca, con especial relevancia, Valmore Rodríguez, quien, en algunos aspectos, es más original y creativo que el mismo fundador del Partido. Betancourt es, ciertamente, el eje del esfuerzo global. Él es quien impulsa y coordina el esfuerzo necesario para dotar al proyecto de una doctrina económica y social. Él es el árbitro y mediador supremo. Pero en las definiciones del naciente poder popular, en la construcción orgánica de una democracia radical y posible, las posiciones más avanzadas reciben la formulación que Rodríguez les otorga. Más que nadie es él quien propicia la necesidad de estimular la acción directa del pueblo, para que éste se convierta en agente real de su propio cambio.

Una democracia otorgada –nos dice- no es democracia, sino simulación. La democracia hay que conquistarla y sembrarla como una estructura de acero sobre basamento inconmovible. No basta que esté en la conciencia. Debe ir más allá, hasta la raíz de la fuerza, ser la fuerza misma. El pueblo debe tenerla en sus manos como se tiene un arma. Nosotros no hemos comenzado aun por el basamento. Hasta hoy hemos creído conveniente edificar primero el techo.

Es de esperar que este libro de Sosa sirva de impulso para una severa investigación politológica en torno a este notable pensador.

Finalmente está, y recorre todas las páginas de este libro, la visión en detalle de la obra fundamental de Betancourt y sus colaboradores, la creación de la nueva organización política, el Partido del Pueblo. Se trata del esfuerzo sistemático, sostenido durante cuatro años, por convertir en acción de masas, en acción de la comunidad nacional, las tesis programáticas surgidas del deslinde doctrinario frente al comunismo. La nueva estructura organizativa es la encarnación de su absoluta independencia frente a partidos internacionales y /su/ desacuerdo irreductible conque un partido nacional pueda obedecer a instrucciones e intereses de organizaciones extrañas, escasamente informadas del medio político y económico nacional.

La concreción de ese esfuerzo requirió una disciplina civil, inédita en el país, y una investigación inmensa sobre una realidad social y material que era casi desconocida. Betancourt reclama: “En todos los países mejor gobernados, la gente que está en el timón de mando del Estado toma lección de la experiencia pasada. En Venezuela no sucede así”. Surge la necesidad de una nueva lectura de la historia, desvinculada de la tradición heroica. Desde la misma perspectiva se produce la revisión del presente, la determinación de una estratificación social, y la articulación en ella de una organización que quiere ser cauce para que esta sociedad se exprese políticamente. Todo ello constituye el corazón de este libro, que considero lectura indispensable para quienes quieran adentrarse en le comprensión y la transformación de la Venezuela del presente. Las palabras de Valmore Rodríguez en 1940 tienen lamentable resonancia de presente:

“Somos un pueblo presupuestívoro. ¿Y cómo no serlo si la única fuente económica saneada que poseemos es el presupuesto? El presupuesto determina entre nosotros las crisis y los auges políticos…Mientras tanto, nuestra economía se deforma y se subordina cada vez más a la solución contingente y aleatoria del petróleo. El petróleo infla el presupuesto, es lo que el cuerpo a la sombra. Vivimos recostados a una sombra”.



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