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opinión

Aniquilar el hampa

31 diciembre, 2015

No hay salvación para nuestro país si no se derrota al hampa desatada. Ninguna otra lacra que nos dejará el chavismo será peor ni más difícil de corregir. Es la clave de la recuperación de Venezuela. Pero para lograr este objetivo es indefectible eliminar la impunidad. La impunidad convierte al bueno en malo al enviar un mensaje abominable: matar y robar es un medio como otro de ganarse la vida. Acabar con la impunidad es cuestión de determinación y de una decidida acción política muy específica.

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Pena de muerte. No vale negociar con el hampa, solo someterla. Nada de “pranes” controlando cárceles, ni “zonas de paz”, ni colectivos armados, ni cualquier otra forma de tolerancia de circunstancias en la que ciertos ciudadanos, que no estén en funciones de gobierno, tengan más fuerza y poder que otros. La igualdad absoluta entre los ciudadanos en este aspecto es imprescindible, si no es así, no somos iguales ante la ley. Si los malhechores no sienten que el Estado está en capacidad y disposición de someterlos, no le tendrán respeto y actuarán por su cuenta.

La fuerza de las armas de la República debe desmantelar toda forma de crimen organizado y asolar cualquier resistencia delincuencial. Los asesinos que nos quitan la vida, no pueden vivir entre nosotros. Deben ir presos o sufrir la misma suerte de sus víctimas. Venezuela debe considerar seriamente instaurar la pena de muerte para delitos graves reincidentes, al menos mientras el hampa esté fuera de control. Quien matice esta realidad no tiene la verdadera voluntad de acabar con el problema.

Multiplicar por 10. Se requiere ejecutar desde el gobierno un plan de acción que bien podría llamarse “Multiplicar por 10”: diez veces más cárceles administradas por empresas privadas internacionales especializadas, diez veces más policías con sueldos diez veces mayores, pues sólo atrayendo más y mejor gente tendremos la policía que requerimos.

El sistema de justicia en su conjunto necesita de otro tanto; un presupuesto diez veces mayor y poder contar con no menos diez mil jueces con personal a cargo. El objetivo es agregar un cero a la derecha en las partidas de seguridad ciudadana del presupuesto nacional. Sin más recursos no se puede lograr un funcionamiento eficaz del sistema de justicia. Aquí no hay ahorros posibles. Venezuela puede pagarse este plan y sería la mejor de las inversiones públicas. Sería la plata mejor gastada. Inclusive mejor que en salud o en educación.

La reputación internacional de Venezuela es de las peores. Nuestro país es sinónimo de violación de los derechos humanos y políticos. Somos el país de los tres asesinatos por hora, el de la impunidad absoluta, el del sistema judicial corrupto y manipulado por el gobierno y el de las prisiones abarrotadas de venezolanos que viven en un inframundo de humillación y degradación moral, al lado lujos oprobiosos producto de la corrupción de funcionarios que permiten delinquir desde las propias cárceles.

Clave de la recuperación económica. La economía no podrá recuperarse definitivamente si los venezolanos no pueden salir a la calle a trabajar, producir y consumir. Debemos cambiar esa Venezuela de las imágenes de violencia policial brutal dirigida hacia el ciudadano común y no hacia el hampa. Si no logramos cambiar esa realidad, tampoco volverán al país aquellos venezolanos dispuestos a traer las habilidades y los capitales logrados en el exilio forzado. Venezuela tampoco podrá beneficiarse de los inmigrantes que puede atraer por la bonhomía de su gente, la calidez de su clima y la potencialidad de sus recursos. La inmigración y el petróleo fueron claves para producir la bonanza económica que transformó en pocas décadas a un país rural y atrasado, en el de mayor crecimiento y modernidad de América Latina.

Robar es tan grave como matar por ser un atentado a la propiedad privada y por lo tanto, un enemigo de la recuperación económica. Derrotar al hampa desbordada será crítico para recuperar, al menos parcialmente, el capital humano perdido durante los últimos años.

Sin seguridad no habrá reconciliación entre los venezolanos. No se puede pedir tampoco solidaridad para ayudar a los excluidos. Nadie estará dispuesto a ayudar al prójimo mientras la delincuencia nos obligue a replegarnos sobre nosotros mismos. No se puede vivir en sociedad cuando se impone el “sálvese quien pueda” y se vive bajo la amenaza permanente de unos pocos que han entregado sus vidas a la perdición del crimen y a la depravación. Simplemente no podemos aceptar entre nosotros a quienes están dispuestos a malograr la vida de todos.

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Twitter: @WolfgangUMolina



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