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opinión

¿Cuándo cambiamos los venezolanos?

30 noviembre, 2015

Mientras escuchaba las bellísimas y sentidísimas palabras de la doctora Marianne Kohn Beker, en su discurso de aceptación del Premio Mujer Analítica 2015 por su trabajo como Directora Académica del Espacio Anna Frank, me pregunté varias veces cuándo fue que cambiamos los venezolanos.

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“Comienzo por decirles que no puedo dejar de preguntarme por qué soy yo la elegida entre tantas conciudadanas tenaces por su dedicación y logros. Desde muy joven me he sentido sumamente orgullosa de ser mujer, porque si existe un país donde la mujer se ha destacado más, es Venezuela. Las universidades reciben cada año más aspirantes femeninas y estudian carreras como Medicina o Arquitectura que en otros países son muy pocas las mujeres inscritas. Y no solo estudian carreras profesionales sino también las ejercen con ahínco y dedicación, a pesar de que en su gran mayoría no dejan de ser esposas y madres abnegadas, a veces siendo las solas encargadas de conducir sus hogares, empeñadas en cubrir las necesidades de descendientes y progenitores ancianos. Esto es así hasta en los círculos más humildes”.

Yo sí sé por qué le dieron el premio a Marianne Beker: porque ha dedicado su vida a la educación, a difundir valores, a propiciar la coexistencia. Porque es una mujer íntegra, buena y generosa. Porque sus credenciales académicas son impecables. Porque es una venezolana a carta cabal.

“No merezco reconocimiento alguno por lo que he hecho o hago porque mi país, Venezuela, no me debe nada; en cambio yo le debo todo. Hija de padres inmigrantes que huían del antisemitismo europeo, mis padres no hubieran podido darse el lujo de enviar a sus hijos a seguir estudios superiores. Mis hermanos y yo recibimos toda nuestra educación gratuitamente: escuelas federales, liceos oficiales y universidad pública. La UCV, en los casos de mi marido y el mío, también sufragó todos los gastos para nuestros estudios de postgrado en el exterior. A nuestro regreso, obtuvimos allí también nuestros cargos y gracias a sus préstamos con bajos intereses pudimos adquirir nuestra vivienda propia”, dijo una muy emocionada doctora Beker.

Hoy, cuando entre los mismos venezolanos hay odios recalcitrantes, diferencias irreconciliables y abismos profundos, es pertinente recordar que una vez fuimos el país de los brazos abiertos, porque en efecto, aquí cabíamos todos. Los que estaban y los que venían. Porque de aquí no se iba nadie.

“Los hijos de extranjeros aprendimos a amar este nuestro país cuando nuestros padres lo comparaban con los países de su procedencia. Aquí nunca sintieron mis padres prejuicios o discriminación”, continuó. ¿Cuántos venezolanos se han ido porque sienten que ya no pertenecen? ¡Me atrevo a asegurar que casi todos! Porque un país parejero como el nuestro –quizás el único en América del Sur- se convirtió en un país de discriminadores y discriminados, por cualquier causa.

Ningún cambio será permanente en nuestro país si no comenzamos por vernos y reconocernos. Un país dividido de la manera en la que está Venezuela, difícilmente podrá salir adelante. Mandela, quien tenía todas las razones para encender una guerra civil en su país como retaliación a todo lo que sufrieron los negros con el apartheid, optó por la paz. Ya que nuestros gobernantes parecen seguir ahondando en lo que nos separa y no en lo que nos une, tendremos que hacerlo nosotros. No es una decisión política, ni económica. Es una decisión personal de cada uno de nosotros. ¿Seguimos esperando, o lo hacemos ya?

@cjaimesb



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