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opinión

Un caso bien resuelto (póstumo)

13 agosto, 2015

(El profesor Oswaldo Pulgar Pérez falleció el pasado 20 de junio. Sus familiares nos han enviado dos artículos que dejó escritos. Éste es el último de ellos. Lo hacemos como un sencillo homenaje a quien fuera columnista nuestro desde septiembre de 2010. Paz a su alma)

Una de las satisfacciones más grandes de un columnista es que lo lean. Eso se nota cuando te escriben, apoyando o adversando tus opiniones. En días pasados escribí sobre la libertad como distintivo específico del hombre. No hay otro ser del universo que tenga la libertad que él tiene, ni nadie puede sustituirlo en su ejercicio. Pero su libertad no le convierte en un ser autónomo, ni infalible.

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Es decir, yo sigo siendo dependiente de mi “fabricante”, y además existe la posibilidad de que me pueda equivocar, o, dicho de otro modo, “yo puedo utilizar mal mi libertad”. No soy la última instancia del bien y del mal. Por eso existen jueces y juicios.

Se presentó a uno de mis lectores el caso que a continuación les transmito: Médico, forma parte de un equipo quirúrgico con otros colegas de varias especialidades que debían intervenir en una delicada operación a determinado paciente. La operación, de alto riesgo, fue exitosa; pero al cabo de un tiempo
se presenta una hemorragia interna cuyo origen hay que descubrir y se hace necesario abrir de nuevo para localizar y remediar el mal.

Ante esta situación, el paciente es informado de la situación y que va a ser necesario contar, en este caso, con transfusión de sangre para su seguridad. El paciente, entonces, se niega absolutamente –por motivos religiosos- a admitir transfusiones.

Los médicos, -con las manos atadas-, por decirlo de algún modo, no saben qué hacer, para salvarle la vida con esa restricción. Intervienen con el máximo cuidado, pero obedecen la voluntad del paciente y éste, a causa de esa “obediencia”, muere. No se le puso sangre, tal como él lo deseaba.

El lector me pregunta qué responsabilidad en la muerte del paciente tuvo el equipo médico. En mi opinión, le contesté sin dudarlo: ninguna. Ellos no fueron la causa de su muerte; advirtieron a tiempo del riesgo, pusieron todos los medios a su alcance y respetaron la decisión de conciencia del enfermo, a pesar de considerarla claramente errónea. Lo más que podían hacer era tratar de aconsejarle o hacer que lo hiciera alguno de los familiares, pero finalmente no podían atropellar su conciencia.

Entre los derechos fundamentales de la persona está el no ser impedido de actuar en conciencia y a no ser obligado a actuar contra la misma. A este derecho básico corresponde, lógicamente, el deber de formarse rectamente la propia conciencia, porque ésta, siendo última instancia subjetiva, no lo es objetivamente, sino que debe reconocer su naturaleza como parte de un todo cuyo principio y fin le trasciende y normatiza.

Si el hombre pierde de vista su naturaleza creada, asume el papel de Dios, y facilmene presume una libertad de conciencia, absoluta o autónoma, que constituye un grave error; pero si, consciente de su condición de creatura, busca entender el sentido y responsabilidad de su obrar, nadie puede sustituirle en sus decisiones, hay que respetar la libertad de las conciencias.

¿Cuál es la razón de fondo?: El carácter espiritual del ser humano. Su espíritu es lo que lo hace valioso y “administrador” de su naturaleza, mas no dueño de sí mismo. De ahí el deber de adquirir una adecuada formación, que, en muchos campos, como en la bioética, requiere estudio, experiencia y oportuno consejo.

No tiene sentido una vida separada de su origen. Y no tiene sentido una ética sin Dios, la primera instancia del bien y del mal. ¿Cuál es la religión verdadera? Todos tenemos el deber de buscarla. Está en juego la felicidad, también terrena de cada uno.

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