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opinión

Manual indispensable 

31 agosto, 2015

Recientemente, Luis Alberto Buttó ha aportado una estupenda, necesaria y oportuna brújula: “Civiles y militares. Manual indispensable” (Negro Sobre Blanco, Caracas, 2015).

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El calificado académico asume – así – una importante responsabilidad de orientación y discusión sobre una materia tan crucial, aunque frecuentemente evadida, para el novicio y el ya experimentado investigador que intentan la adecuada interpretación de unas relaciones difíciles, procurando la documentación y al análisis de un problemario destinado a estructurar una opinión alternativa (sólidamente fundada para que sea – además – relevante y pertinente), epistémica y metodológicamente convincente, refutable como lo exige todo conocimiento científico (17, 32, 42, 68, 79, 81 s., 109 s.). Por ello, insiste en el enfoque multidisciplinario, interdisciplinario y transdisciplinario para alcanzar un lenguaje común mínimo, la interpelación eficaz e, incluso, una justa postura frente a las teorías tradicionales y las esnobistas (82 s., 105).

Establecidos los parámetros esenciales para una accesible y grata disertación, el breviario conquista su hondura a través de una tarea central, como es la de “evidenciar la intervención de los miliares en política”, propiciada por el monopolio de la coerción y la fuerza legal (78, 101). Hábito harto conocido en este lado del mundo, nos remite al universo de las relaciones entre civiles y militares de un superior desafío, complejidad y entidad que la simple yunta cívico-militar, denominación en boga capaz de enmascarar otras que retratan – a nuestro juicio – una regresión a la premodernidad.

Relaciones civiles y militares que se concretan entre los oficiales superiores y la élite civil gobernante, derivando en asuntos no menos específicos: la intervención militar en política, el control civil democrático, la concepción y operación del sector defensa (105). La clave reside en la (in)subordinación de un sector respecto al otro, concluyendo que el “control civil significa, entre otras cosas, [la] plena autonomía del sector civil para formular las políticas del Estado en materia de defensa nacional”, precisando que ha sido de penetración partidista en el socialismo real y también que el analista suele deslumbrarse – creyéndolo vigente – por el mero cumplimiento de las formalidades jurídicas (61, 65, 69), aunque la experiencia pretoriana tienda a sincerarse como un estadio definitivo de militarización.

Valga acotar, control civil que mejor ha realizado la democracia liberal representativa y, habida cuenta que su perfeccionamiento constituye una bandera atractiva y poderosa, no siempre ocurre, pues, la mentada superación en Venezuela se convirtió en un monumental retroceso que ahora trastocan sus fundamentos en una urgente reivindicación. Ella es víctima de una “caterva de adjetivos que el pensamiento posmoderno vacuamente pretende endilgarle”, observa con acierto Buttó (77).

Gana en exactitud el control civil que nos remite a un subgrupo de oficiales de comando, con poder de fuego acumulado, fuera de toda representación política debido a la sensata restricción de la ciudadanía que recae sobre todos los miembros de la entidad castrense, supeditado al de los civiles con responsabilidades de gobierno. Significa negar la autonomía militar, terreno fértil para el pretorianismo (34, 110), y la misma confusión de la institución armada con el Estado del cual es un instrumento u órgano-herramienta decidido política y estratégicamente, como corajuda, contundente e inequívocamente asevera el autor (60, 98 s.).

Atina al distinguir entre la coerción y fuerza en el marco del Estado de Derecho, respecto a la violencia (23), susceptible de llegar a la brutalidad. Ocurre algo semejante al diferenciar entre seguridad y defensa, estableciendo roles (41), aclarándonos en qué consiste la colonización militar (25), el golpe de Estado (44 ss., 108) y las crisis de gobernabilidad, institucional y de representación (75 ss.).

Casualidad alguna fue la de iniciar el ensayo refiriéndose al papel que jugó Narcís Serra i Serra a lo largo de la década española de los ochenta del XX, por cierto, recordándonos a otro reformador militar como Manuel Azaña al advenir la II República, enfatizando la obligación que tiene todo dirigente político de estudiar realidades que no debe extrañar, como la castrense, impuesta la necesidad de informarse – incluso – en términos operacionales (107 ss.). Queda pendiente la discusión en torno a la creciente desespecialización de la dirigencia venezolana que, apuntadas las excepciones de rigor, ofrece un dramático contraste con lo que fue el oficio cotidiano en décadas anteriores.

Varias veces hemos constatado las flaquezas del debate constituyente de 1999, en ésta y en otras materias, coincidiendo en la “inexcusable demostración de la supina ignorancia” que los diarios de debates arrojan respecto al alcance real de las competencias de los sectores civil y militar (60). Tarea próxima es la de propiciar un futuro y decisivo debate sobre la materia militar en el parlamento que viene, faltando poco para que caduque el actual, como modesta e infructuosamente quisimos hacer en 2010 (http://www.dailymotion.com/video/xidikx_copei-trabaja-en-una-serie-de-leyes-que-regularian-el-ambito_news).

La academia ha dado muestras de responsabilidad, como lo comprobamos con Buttó, expresión de una vigente escuela de pensamiento que tuvo en Domingo Irwin el innegable maestro e inspirador. Ensayo con carácter de propuesta, es el “resultado de cierta angustia intelectual que me ha atosigado en los años dedicados al tema” (106), materializado ahora en una edición heroica – vistas las actuales circunstancias económicas – en la que, permitiéndonos la observación quizá ociosa, por una parte, el autor emplea recurrentes términos coloquiales (a la chita callandotroche y moche,lightsardina a la brasacaer de maduroalturas del partido), ironizando – además – con sinónimos que le sirven para la caracterización de determinados aspectos; y, por otra, desmintiendo cualquier tufo “reaccionario”, evoca brevemente las letras de Alí Primera y Silvio Rodríguez, cuando no cita a Moisés Moleiro y a Vladimir Lenin.



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