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opinión

El proyecto de transformación del país 

20 julio, 2015

En un importante artículo, Gustavo Tarre, ese respetado lobo sabio de la política, señala que en contra de todos los lugares comunes, la oposición sí tiene programa y detalla lo que considera su estructura fundamental, empezando por el gran objetivo cual es restablecer la democracia y por supuesto asumir el respeto a los derechos humanos como cláusula fundante. 

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Luego desgrana la trascendencia de la neutralidad electoral, el regreso al diálogo político y la aceptación de las diferencias como base del consenso. La aspiración a un Parlamento que legisle y que controle al gobierno. Un Poder Judicial equitativo que imparta justicia con sabiduría y sapiencia. Mutar la maltratada Contraloría por otra que controle; que investigue y sancione a los culpables; que no sea un instrumento político; que no inhabilite a nadie. Una Fuerza Armada apolítica, que esté al servicio de la nación y no de una parcialidad, que nunca sea sumisa ante poderes extranjeros. Además, propone grandes acuerdos: la educación como prioridad, el regreso de la libertad sindical, la discusión de contratos colectivos y al final algo que supone es un territorio de consenso general, respetar la libertad económica consagrada en la Constitución.

El trasfondo de este programa de la oposición, es decir de todos los ciudadanos que creen en la libertad, es la propuesta de cambiar el poder, transformarlo como entidad capaz de respaldar el surgimiento de una sociedad moderna, con instituciones cuyas reglas de juego incentiven la existencia de una democracia política, la seguridad jurídica y la libertad económica.

Sabemos que una gran preocupación para el día después es la gran calamidad económica a la que estamos sometidos, un nuevo gobierno tendrá que tener respuestas o términos de negociación para responder a las acreencias cercanas a los 30 millardos de dólares que se vencen entre 2016 y 2017. Una enorme deuda compuesta por 12 millardos de dólares de dividendos represados en las arcas de las empresas multinacionales, el vencimiento de deuda soberana y de Pdvsa por 20 millardos de dólares, además de cumplir con los pagos de los préstamos chinos y rusos. Sin duda, es apremiante definir qué y cómo hacer frente a este desbarajuste económico que nos legaría el actual gobierno y que podría ser un obstáculo para nuestra recuperación económica y el futuro ingreso de nuevas inversiones.

Sin embargo, quedan algunos grandes escollos en el camino pues no se trata solo de una transición, o de una crisis económica, sino de la posibilidad de acometer la más profunda mutación de nuestra historia republicana basada en la construcción de ciudadanía y en el enfrentamiento de una realidad cuyo reconocimiento ya no es aplazable históricamente, que exige el inicio de la devolución del poder concentrado en el Estado a los ciudadanos, teniendo como punto de partida la adopción de lo que llamamos una “agenda antimonopolio público”.

Esta propuesta crucial en el proyecto de sociedad parte de una inapelable experiencia histórica: ninguna sociedad en el mundo ha logrado desarrollarse plenamente bajo la égida de un Estado o institución que concentre el poder de forma totalitaria y controle todos los ámbitos de la existencia de sus ciudadanos, de la vida de las personas humanas. Venezuela es el ejemplo más claro, un país que cuenta con inmensos recursos naturales, con una industria petrolera que en algún momento fue la cuarta del mundo, con un contingente de recursos humanos formados en sus prestigiosas universidades nacionales y en las mejores del exterior y que sin embargo no haya tenido capacidad para derrotar la pobreza, el atraso de vastos sectores y garantizar las libertades públicas. Es el tiempo de preguntarse por qué el fracaso, qué ha impedido alcanzar grandes objetivos de superación humana si se contaba con un inmenso arsenal potencial de riquezas que no han existido en ningún país de África pobre e incluso en la mayoría de América Latina.

La respuesta ante esta interrogación supone entrar en una profunda introspección en el inconsciente colectivo del venezolano e inquirir ¿qué hace creer tan firmemente en la existencia de un Estado propietario de todo como garantía de derechos y oportunidades? ¿Por qué se arremete con tanto vigor cuando se plantea, como hacen hoy los ciudadanos en Suecia, que la propiedad de los ciudadanos para producir riqueza, bienes y servicios es superior técnica y moralmente a la propiedad pública sin rostro? ¿Por qué creen que un servicio prestado por el Estado siempre es mejor que otro brindado por ciudadanos, por empresarios, si la realidad ha mostrado todo lo contrario? ¿De dónde deriva la convicción sobre la benevolencia y respeto de los trabajadores por parte de empresas cuya propiedad y administración está en manos del Estado? ¿Por qué la opacidad ante la opinión pública de la existencia de mafias que desde el control del gobierno central se enriquecen, manipulan leyes y políticas para construir patrimonios cuya base moral es tan frágil como la de cualquier narcotraficante? Es en la práctica una confrontación entre los dogmas y la realidad que no podemos seguir posponiendo y que quizás sea el único beneficio que nos han traído estos tres lustros de desastre.

Estas grandes preguntas no pueden omitirse en la proposición de un proyecto de sociedad por los demócratas, es decir, por la gran mayoría del país. La interrogación podría resumirse en una sola frase, un proyecto de sociedad para lograr su carácter transformador, para que sea la base de la construcción de un orden alternativo tiene que encarar el tema de la existencia de un Estado patrimonialista, dueño de todo, cuya propiedad crece con cada estatización, con cada invasión, con cada trozo de existencia que les arrancan a los ciudadanos o con la imposición de reglas de juego que solo sirven para justificar la rapiña, la corrupción y desalentar la posibilidad de crecimiento humano y económico.

La propuesta de nuestro respetado Gustavo Tarre solo es posible si nuestro liderazgo se empieza a cuestionar con preguntas concretas: ¿Qué responsabilidad tenemos con las empresas básicas de Guayana? Seguimos mintiendo demagógicamente y firmando contratos colectivos en el aire, engañando a los trabajadores y al país, botando por el desaguadero recursos de escuelas, universidades, hospitales y seguridad ciudadana. ¿Cuál es el futuro de Pdvsa? Hoy casi en ruinas y endeudada, seguirá siendo un exclusivo monopolio público. ¿Qué haremos con la electricidad, con el servicio de agua, con el transporte público? Podemos fortalecer nuestras grandes universidades nacionales y con ello crear ciudadanos universales, éticos y orientados al crecimiento económico, ¿acaso todo esto es imposible?

Lo que es cada vez más cierto es que tenemos una profunda oportunidad de transformación de nuestra sociedad, para eso hay que acopiar el valor de escarbar en nuestras creencias y dogmas, arremeter contra ese trabajo minucioso de décadas realizado desde un Estado dueño de todo, que nos ha hecho creer que sin su poder no valemos nada. Como hoy nos repite el gobierno en su chantaje macabro: “Si perdemos el poder en las próximas elecciones nadie podrá garantizar el orden”. Es casi una incitación a la desidia, al entreguismo, al acobardamiento, “si gana la MUD, ustedes perderán sus beneficios”. Más que una mentira es una gran estafa moral, casi decir al ciudadano que no tiene alma, que depende de una banda de forajidos para sobrevivir, es del mismo tenor de la paz malandra que se impone en los barrios, que plantea resguardar el orden interno de una comunidad como territorio libre de la delincuencia pero con permiso para matar y robar fuera de sus límites.

Por eso repito, para alcanzar los objetivos que bien señala Gustavo Tarre hay que meter el dedo en la llaga y salir triunfantes con la bandera de una real transformación en una democracia de respeto al ciudadano, de libertades y profunda envergadura moral, un País de Propietarios. Solo así podremos ufanarnos de que tenemos el valor de proclamar cuáles son las grandes transformaciones que nos garantizarán nuestros derechos y nuestros deberes y que vamos a poner manos a la obra.

Directora de Políticas Públicas de Cedice Libertad
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@isapereirap



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