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opinión

Enrique Meléndez

Hegemonía de la comunicación 

30 junio, 2015

Hemos celebrado un día de los periodistas en momentos en que estamos viviendo una hora muy menguada para nuestro país; con unos medios de comunicación totalmente, amordazados; persecución a periodistas, cuando no agresiones; muchos de quienes han tenido que salir al extranjero. Nada que ver con aquel 27 de julio de 1818; cuando el Libertador funda el famoso Correo del Orinoco; momentos en que el periodismo estaba en manos de la política; algo que había iniciado, precisamente, Napoleón Bonaparte en sus guerras imperiales; pues no olvidemos que detrás de las revoluciones modernas, como las que promovía Napoleón, y que conducían a procesos de democratización de los pueblos, tenían un componente ilustrativo, ya que partían del principio de que con la masificación de la prensa lo que se perseguía era la racionalización de la sociedad. 

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He allí el momento en el que Kant dice que la ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad, y habla de culpabilidad porque considera que por esa vía se siente atado a la voluntad de otro, y entonces cuando se produce esa emancipación descubre que tiene unos plenos poderes creativos e intelectuales, y con los que puede alcanzar la autonomía económica; razón por la cual a este pensador en las escuelas de filosofía se le ubica paralelo a la Revolución Francesa; que va a significar también la emancipación del hombre desde el punto de vista político; instante en que el hombre deja de ser un siervo para transformarse en un ciudadano; de modo que esas revoluciones napoleónicas, si es que admitimos que la del Libertador tenía ese carácter, como lo sostiene el viejo Salvador de Madariaga, se presentaban no sólo por la vía de las armas, sino también por la vía del pensamiento; cuando entonces se llegaba a una ciudad; se la tomaba, y de inmediato se lanzaba una proclama, y que fue lo que intentó hacer Francisco de Miranda en su incursión armada a Venezuela en el año de 1806 por las costas de Falcón, esto es, tomar Coro, y una vez establecido en la ciudad, lanzar una proclama con una imprenta, que traía en una de las naves marítimas, y la que va a perder tan pronto es sofocado el intento de dicha incursión.

Se trataba, en consecuencia, de un periodismo que estaba al servicio de la política; habida cuenta, como decíamos, que su fin perseguía la racionalización de la sociedad, si partimos del hecho de que la política, tal como manejaba su concepto Spinoza, implica la contención de nuestras pasiones, hasta llegar a lo que conocía Rousseau como un contrato social, es decir, la razón por encima de los instintos, y eso requiere saber, precisamente, ilustración.

Fue famoso el periódico El Venezolano del agitador político de Venezuela, por excelencia, del siglo XIX, como fue Antonio Leocadio Guzmán, y el que subsistió gracias a la subscrición popular, teniendo a un opositor bien furibundo también al frente, como lo será Juan Vicente González, típico conservador de la época, al punto de considerar que la muerte del latín, todavía como lengua rectora de la cultura occidental significaba la decadencia de nuestras costumbres; de modo que González se dedicó al periodismo, y en donde quedó dispersa una gran parte de su obra; un hombre al que se lo traga esa prensa de páginas, que hoy calificamos de ladrillos, y en cuyos títulos se insertaban frases en latín, precisamente, y esto porque el intelectual latinoamericano, a diferencia del intelectual europeo, que se comunicó con el gran público a través del libro, en nuestros países, a falta de esa industria, a éste se lo tragó el periódico, y, en ese sentido, quedó disperso en la informalidad periodística, como sería el caso de Juan Vicente González, y de tantos otros.

Ese periodismo se tuvo en Venezuela hasta muy entrado el siglo XX; pasando por esa etapa gomecista, donde ya la prensa se va independizando de la política y de la literatura con la incorporación del texto noticioso, aparte de la entrada del grafismo, y con ello de la publicidad a esas páginas-ladrillos, en las que poco a poco también se van dejando espacios en blanco, como para darle más frescura a la impresión; aun cuando no deja de ser una prensa muy laudatoria con respecto a la figura del tirano; precisamente, una etapa muy parecida a la que estamos viviendo hoy en día, y en donde había una hegemonía comunicacional, dedicada al exaltar la figura de Gómez, así como su “magnifica” obra; en ese sentido, se decía que había una prensa oficial, que era el Nuevo Diario, el periódico fundado por Diógenes Escalante, y una prensa oficialista, que era El Universal, fundado por el poeta Andrés Mata. Si tomamos en cuenta lo que ha ocurrido con este último periódico; la extraña manera como le fue comprado a la familia Mata el mismo, y luego el cambio de línea editorial más orientada hacia el oficialismo, ¿no pudiéramos sostener, parodiando a Marx, que los hechos se presentan dos veces en la historia?

Una prensa que se va haciendo comercial, entre tanto, hasta la década de 1940, cuando ya aparece un periódico como El Nacional, definitivamente, con las características del nuevo periodismo mundial, esto es, como una empresa comercial de carácter independiente, y la que no sólo tiene por misión informar todo lo que sea noticioso, sino también investigar, y de allí el carácter de juez que adquiere, sobre todo, a partir de esa independencia ideológica e, independientemente, valga la redundancia, de los criterios políticos que sostengan sus accionistas; como se demostró con El Nacional en la década de 1960, cuyo director de ese momento, el escritor Miguel Otero Silva, muy identificado con el comunismo internacional, tuvo que salir por presiones de sus anunciantes publicitarios, y siguió siendo ese periódico, que siempre se mantuvo en la vanguardia del diarismo, y que hoy lucha por sobrevivir en las presentes circunstancias.

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