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opinión

La compañía de los hijos

14 mayo, 2015

Los que nos dedicamos a educar, -y no me dirijo solo a los profesores. Me refiero también a los papás y a otros familiares que influyen en el niño- debemos tener una perspectiva amplia, una visión de conjunto, -desde el “pent-house ” del edificio-, que nos recuerde constantemente a dónde queremos llegar.

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Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de errar el blanco o lograr lo contrario de lo que buscamos Y, con la educación no se juega, porque se trata de ponerle bases a la vida de una persona. que no es algo, sino alguien.

El educador Whitehead decía que la educación tiene dos mandamientos: 1) No enseñar demasiado y 2) Lo que se enseñe, enseñarlo a fondo. Pocas palabras resumen de modo tan genial lo que es educar, en todos sus niveles, también en el hogar.

Los niños lo juzgan todo, también a los padres. Si no ven buen ejemplo tomarán erróneamente por bueno lo que sus padres hagan, con el peligro de destrozar su vida por imitarlos.

¡Qué gran responsabilidad la de los papás y profesores con sus hijos y alumnos! ¡Qué cuidado hemos de tener con nuestro comportamiento! ¡Cuánto debemos examinar todos los días para corregir lo malo cuando lo encontremos, -que no por tenerlo nosotros-, se transforma en bueno.

En sus recientes catequesis, el Papa ha subrayado el importantísimo papel de la madre y del padre en el seno de la familia: Las madres, -decía en una ocasión–, son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. Lo mismo cabe afirmar de los padres que juegan igualmente un papel fundamental.

Cada familia necesita de un padre, aunque desgraciadamente, hoy se ha llegado a afirmar que nuestra sociedad es una “sociedad sin padres”. Especialmente en la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida.

Esa es una grave equivocación, porque tanto el .padre como la madre son imprescindibles para el desarrollo armónico de los hijos, en todas sus facetas.

Hay que saber “perder el tiempo” con los hijos. Es una inversión a mediano o a largo plazo porque los resultados no se ven enseguida, sino después. No es perderlo, sino ganarlo para el futuro de ellos. Debo felicitar a aquellos padres que juegan con sus hijos. Están ganándose una amistad solidísima, muy eficaz para educarlos.

Una pareja llegó a la consulta médica con la preocupación de que su hijo único hablaba solo, -no se sabe con quién-, mientras jugaba. Querían comprender lo que le estaba pasando. El médico no dudó un momento para entregarles el récipe: “Deben tener pronto otro hijo”. Eso era todo el problema.

Es verdad que, a veces, aunque se quiera, no se pueden tener, por la causa que fuere. Pero la mentalidad consumista nos lleva a ver la descendencia como un agobio que hay que rechazar, por molesto. Eso es otra cosa. Se teme a la paternidad cuando los hijos son fruto del amor de sus padres. Además es muy cierto aquello del refrán popular: “Cada hijo trae su pan debajo del brazo”. Hay que ser valientes.

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