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opinión


TalCual / ND

El príncipe de Nicolás (Maquiavelo)

31 mayo, 2015

Este hombre, que llegó a ser canciller en Florencia, nació en esta ciudad (y no en la vecina República de Venecia, como han asegurado algunos) en 1469. De él se han dicho tantas cosas, como aquello de que el fin justifica los medios; y de que de los medios se pasa inmediatamente a los reales; y de que de allí a Andorra no hay más que un pasaporte diplomático…

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Se ha dicho también que fue el primero en teorizar sobre el “arte” del gobierno, sobre cómo obtener un principado y conservarlo. La verdad es que Maquiavelo fue un hombre del Renacimiento, de mentalidad universal. Si no escribió acerca de “cómo conservar un principado hereditario por medio de los mangos” es porque en la Italia de su tiempo no se conocía esa fruta, hoy tan popular.

Una de las cosas que se dicen de él es que afirmó que un gobernante tiene que conservar el poder por todos los medios a su alcance. Si son pacíficos, mucho mejor; pero si debe mentir, manipular, reprimir, torturar e incluso robar, pues qué se le va a hacer.

Alguna vez un escritor afirmó que la historia siempre termina siendo injusta con algunos de sus protagonistas; que el tiempo hizo mucho más mujeriego a Don Juan, mucho más alcahueta a la Celestina y –naturalmente-mucho más maquiavélico a Maquiavelo.

Examinemos algunas de las cosas que dijo:

“Se puede definir como buena utilización del delito (si es que se puede hablar bien del mal) la que se hace en un momento concreto, por la necesidad de asegurar la propia posición, sin insistir luego en ella, sino intentando sacarle el mayor provecho posible para los súbditos. Están mal usados los delitos que, aunque al principio son pocos, van aumentando con el tiempo en vez de desaparecer”.

Esto es: lo mejor para un príncipe es no tener que robar. Pero, bueno, si no hay la posibilidad de obrar lícitamente –y en nuestro país (hablamos de la Florencia del 1500) obrar lícitamente es casi un verdadero delito o cosa de pendejos, simplemente– el delito debe servir para mejorar la vida de los ciudadanos por los cuales el gobernante tiene la obligación de velar. Los grandes imperios, por ejemplo, roban para sus pueblos, no para enriquecer funcionarios. Roban para que sus naciones florezcan. Ahora, si la única forma que tiene un príncipe de gobernar es aumentando su actitud delincuencial, la cosa va mal para todos, porque el gobierno de ese principado terminará tarde o temprano en enfrentamiento entre bandas rivales.

“Tampoco se puede definir virtud el hecho de matar a los ciudadanos, traicionar a los amigos, y no tener ni palabra, ni piedad, ni religión: de esa forma se puede obtener el poder, pero no la gloria”.

En otras palabras: para Maquiavelo la búsqueda del poder no es un fin en sí mismo. Tener el poder por el puro goce de tenerlo, sin que este poder se transforme en avance para la nación gobernada, no tiene mérito.

Un gobernante virtuoso, en el sentido maquiavélico del concepto, no puede traicionar todos los valores, porque puede conservar el poder, pero nunca alcanzar la gloria y para él no hay mayor gloria que la de servir a su pueblo.

Cuando Maquiavelo observaba las largas colas que se hacían en Florencia para encontrar aceite de oliva, sal y toda especie de especias, culpó a Lorenzo (el Magnífico), pero este le respondió: “¿Es esto lo que tú quieres que continúe? ¿Es esto correcto?”.

“Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

Es decir: conforme a lo que establece la receta de la isla (de Córcega), hay que apoyarse en la simpleza de la gente para conservar el poder. Si todo el mundo está demasiado ocupado tratando de conseguir pimienta, canela, nuez moscada y clavos de olor, la gente será sometida con mayor facilidad. Si, encima, usted les dice que eso es obra de la guerra de los otomanos, mejor que mejor.

La gente siempre preferirá la simpleza del engaño que el esfuerzo mental que implica encontrar la verdad.

“Si el partido principal, sea el pueblo, el ejército o la nobleza, que os parece más útil y más conveniente para la conservación de vuestra dignidad, está corrompido, debéis seguirle el humor y disculparlo. En tal caso, la honradez y la virtud son perniciosas”.

Dicho en latín de Florencia: disculpatum est. Seguirle el humor no significa en este caso reír, sino dejar que ese partido exprese su naturaleza proclive a la corrupción. Si la virtud y la honradez son perniciosas, mejor es encarcelar a los honrados y arrebatarles sus bienes a los que trabajan en la decencia, porque serán siempre un mal ejemplo que pondrá en evidencia a quienes siguen el camino deshonesto.

Si todos somos corruptos, casi ni se nota.

“Cuando los estados que se conquistan están acostumbrados a vivir en libertad, hay tres formas de conservarlos: destruirlos, vivir allí personalmente o dejar que sigan viviendo con sus leyes”.

Opción A: “destruirlos”. ¡La respuesta es correcta!, salvo que prefiera llamar un amigo o consultar a la audiencia.

“A los hombres hay que acariciarlos o destruirlos, pues vengarán un insulto leve, pero quedarán indefensos si se les aplica un golpe duro”.

Dicho de otra manera: si, luego de un golpe duro, usted les da a los ciudadanos un golpe más duro, la gente estará tan pendiente de salvar el pellejo que se quedará quieta soportando todos los desmanes del príncipe.

“Porque, en verdad, no hay otro medio más seguro de posesión que la ruina”.

Senza parole.

@laureanomar



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