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opinión

El hombre se vuelve máquina

21 mayo, 2015

De vez en cuando salen al público revistas, reportajes y noticieros, con los avances de la tecnología en beneficio del hombre. Con la ayuda de la ciencia, podemos hacer cada vez más cosas, en menos tiempo, y más perfectas.

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Lo que no podrá nunca realizar el hombre es sustituirse a sí mismo, hasta llegar a ser innecesario. El hombre nunca podrá ser sustituido completamente por una máquina por una sola razón: el robot no es persona, y solo podrá realizar las operaciones que el hombre le “delegue” y para esas le prepare. Nada más.

Recordemos que el hombre es un ser libre, con inteligencia y voluntad donadas por otro. Así no caeremos en el error de confiar tanto en las máquinas, que nos olvidemos de nuestra condición de personas.

La tecnología debe estar al servicio del hombre y no al revés. Cuando inventamos o descubrimos algo, tenemos que preguntarnos si aquello beneficia o no a la humanidad.

Por ejemplo, tarde nos dimos cuenta de la capacidad mortífera de la energía atómica, cuando la pusimos al servicio del mal. Allí está el resultado: la bomba atómica. La utilizamos para matarnos unos a otros. ¿Es eso progreso? ¿Es eso poner la ciencia al servicio de la humanidad? Desde luego que no. Sin embargo, bien orientada, tiene miles de aplicaciones para la salud, la industria, etc.

Para “cuidarnos” surgió la ciencia bioética, que asegura la utilización recta de los descubrimientos humanos. Lo puede hacer porque es una disciplina autónoma, es decir, que está por encima de la ciencia. Estar por encima no significa ignorarla, sino poner las conclusiones propias de aquella, al servicio de un bien superior. La bioética, -como toda ética-, nos señala el camino correcto. Ve los problemas desde el “pent house” del conocimiento.

Con palabras muy sabias lo sintetizaba Juan Pablo II al señalar la “prioridad de la ética sobre la tecnología, la primacía de la persona sobre las cosas, y la superioridad de lo espiritual sobre lo material”. (Cfr. Redemptor hominis, n° 16).

La ética no invade los terrenos de otros saberes cuando les orienta en sus trabajos. Al contrario, los protege para que no se extralimiten. Viene a ser como alumbrar con las luces altas del automóvil en una carretera oscura. La ciencia podemos compararla a las luces bajas del automóvil que solo alcanzan una superficie corta; verdadera, -insisto-, pero forzosamente limitada. Las luces altas al complementar las bajas, nos ofrecen una visual mayor, más completa. Ambos conocimientos se apoyan mutuamente.

Por eso es tan importante que todas las profesiones preparen a sus estudiantes en ética en general. y bioética en particular. Quien no conozca su existencia, se encontrará, -tarde o temprano-, con una limitación muy fuerte.

“Tengamos conciencia recta y dejemos al tiempo hacer prodigios” es una frase que se atribuye al Libertador cuando menciona la necesidad de tener moral y luces, saberes indispensables para todo ciudadano. Y eso no se adquiere, si no se estudia. De allí la importancia de los saberes humanísticos.

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