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opinión

Carta abierta a viva voz

28 mayo, 2015

Dicen que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Cuando ocurre algún suceso que nos perjudica nos hacemos “los oídos sordos”, pues oir supone cambiar. Y es una reacción frecuente pero nada razonable. Porque si lo que supuestamente nos perjudica nos hace bien, conviene enterarse para aprovechar lo que, -de momento-, se percibe como una contrariedad.

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En el terreno religioso es muy frecuente. Creo que más en los hombres que en las mujeres, más en las mujeres que en los niños. Todos nacemos con un defecto de fábrica, que nos lleva a justificar lo injustificable, “caer en cuatro patas”, como dicen que caen siempre los gatos.

Y esto sucede porque el hombre es el único ser libre de la creación. Todos los demás actúan obedeciendo leyes impuestas por la naturaleza misma. Pero el hombre no. Es el único que debe acatar normas porque le da la gana. Dios nos ha creado libres y responsables de lo que hacemos o dejamos de hacer. Y allí radica el mérito de la buena conducta.

El hombre, porque tiene inteligencia y voluntad, puede adherirse voluntariamente a lo bueno y separarse de lo malo, aunque sea agradable. No es cuestión de gustos. Hay objetivamente placeres que nos dañan y sacrificios que nos benefician. Con la libertad los vamos administrando.

Cuántas veces los niños se empeñan en querer hacer algo que les daña e interpretan la prohibición de sus padres como algo injusto. Su estrecha visión solo les permite ver la gratificación inmediata de lo que quieren, sin percatarse del daño que les ocasiona.

Al hombre le pasa con Dios lo mismo que a los hijos con sus padres. Negaciones que llevan a la plenitud y concesiones que destrozan la vida. Les falta madurez para ver lo presente en la globalidad de su vida y de su futuro.

Hace pocos años Juan Pablo II denunciaba que el principal error del hombre contemporáneo es no admitir la existencia del pecado. Al menos, para él. Sin darse cuenta, deja que, en esos casos la soberbia le engaña. “Para mí” son dos palabras traicioneras, que erigen al hombre en árbitro del bien y del mal. Eso “para mí” no es malo, y procedemos según nuestro capricho.

Si detectamos a tiempo la soberbia, será más fácil rectificar. La soberbia es como aquellos muñecos porfiados de plástico que tienen en su base un dispositivo de plomo que por muchos golpes que reciban, se vuelven a poner de pie. Dicen que la soberbia se muere varias horas después de que muera el individuo. La humildad radica en aceptar como propio el defecto de fábrica con que todos nacemos. La psiquiatría lo llama daño antropológico.

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