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opinión

Buitres en la sabana*

20 mayo, 2015

En medio de las angustias cotidianas, de la impotencia ante las injusticias por el acoso a la libertad, cargada de la cierta tristeza que nos invade en las horribles colas en búsqueda de cualquier cosa, en esta conmoción, Marisol Marrero, mi querida amiga, me envía su última novela Buitres en la sabana.

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Me conmueve la fuerza contenida en el título ¿será acaso una alusión a la muerte y a la guerra? Comienzo a leer y rápidamente entiendo que no es sólo una crónica de las invasiones en nuestros campos, no, es mucho más. Es un grito, una denuncia ante las barbaridades que parecieran sólo estar contenidas, represadas, detrás de un muro intangible que en cualquier momento se desborda, que invade tierras y espíritus, un mundo donde las leyes se difuminan, se disuelven para aparecer como mamparas desoladoras del poder y la ignominia. Ese parece ser el designio que una vez más encarna Marisol Marrero en los Buitres que asolan la sabana.

Es una hermosa y terrible narrativa sobre el reconcomio que albergan algunas almas para las cuales es mucho más fácil culpar a otros por su desgracia que aventurarse a conocerse “a sí mismo” a mirarse adentro, para buscar qué hay de en cada uno de nosotros en toda esta destrucción, qué he dejado de hacer, qué tengo que hacer ahora frente a “la bandada de zamuros que recorre el pasto como un mal sueño, ante la maligna felicidad que provoca en los invasores el dolor de las terneras” que acribillan sin piedad en esas tierra que acaban de violentar dominados por el odio, la venganza y no por una mítica búsqueda de justicia.

Hoy, son irrebatibles las pruebas de esta malignidad que Marisol desentraña en los sentimientos de los invasores y de quienes los alientan, la destrucción aparece cruel y descarnadamente en todos los territorios ocupados, en cada espacio productivo tomado a la fuerza, bajo el amparo de un poder brutal y demoledor. Todo lo invadido por la supuesta revolución, confiscado, arrancado de las manos de sus cultivadores, cuidadores, productores, ha sido destruido y abandonado.

Pero también en Buitres en la sabana reaparece Santos Luzardo, el recién llegado a estas tierras agrestes que cree encontrar otro mundo donde “el aire es amarillo, los ríos violentos, los caribes voraces, los ojos aguardentosos, la voz gangosa, los pasos lentos, los caballos pequeños y el fulgor de mediodía reverberaba en los espejismos. Tierra encendida al mediodía”.

Es una visión del mundo nuevo que revienta la realidad, que traspasa imágenes, que deslumbra a cualquier recién llegado. “La isla que surge de la violencia de las aguas es mi isla primigenia, el inicio de todas las cosas. Ella apareció de pronto como si me necesitara para existir. Llegó asustando, bramando, temblando. Apareció furibunda echando espuma por la boca. La isla fue un fugaz aposento. Y eso que me dijeron que esta era una tierra segura, que aquí no había volcanes, ni temblores de tierra. Yo no sabía de esas aguas torrenciales, que crecen de improviso, sin previo aviso”.

“Las orillas también son espejismos que se van tras la corriente, otros de los engaños de la sabana, orillas inciertas. Se oía el rumor de algo grande que se nos venía encima, el terror de ver venir una ola gigante que arrastraba árboles, caballos, vacas, piedras que rodaban con gran estruendo, pasando en remolino junto a las hierbas frescas”.

Son invasiones, impregnadas de episodios de amor y odio fulminantes hasta la muerte, es la lucha por la libertad. Recuerdo el Aleph, como un caleidoscopio por cuyo prisma pasan aceleradamente escorzos de todos aquellos sentimientos, razones y emociones que hoy definen nuestras vidas. La lucha feroz por denunciar los atropellos, el ejercicio sin límites de un poder despótico que intenta vanamente borrar nuestras almas e imponer sus designios sin compasión.

La bella pero cruda prosa de Marisol nos llena el alma en los preciosos momentos que nos adentramos en el mundo terrible de las pasiones fulminantes de sus personajes, de sus arrebatos carnales y también del espíritu encendido, momentos muchas veces oídos como aquel que refiere la primera vez que un llanero ve el hielo. “No sé por qué extrañas circunstancias, una de esas frías mañanas llaneras, mientras se efectuaba el ordeño cayó hielo del cielo. Yo quise compartir el raro fenómeno con mi madre, para eso le pedí un pañuelo a uno de los ordeñadores que me cuidaba, y lo llené de luminosos trozos. Corrí apresurado a la casa, pero como estaba lejos de los corrales, el tesoro se derritió. Al abrir el pañuelo para que mi madre viera lo que le llevaba, había desaparecido. ¡No pude contener el llanto, lloraba inconteniblemente, no pude compartir tal maravilla con mi madre!”

Gracias Marisol por estos desgarradores Buitres en la sabana por haberme revuelto el espíritu y la conciencia.

*Editorial Lector Cómplice.

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@isapereirap



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