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opinión

Un verdadero papá

2 abril, 2015

En Venezuela, cada región tiene su modo de dirigirse al papá: Unos, desde pequeños le dicen “Papi”, otros, en la medida que crecen, les da vergüenza llamarlo así porque les suena infantil y le dicen: “Papá”. En los Andes se tratan mutuamente de “usted”, lo cual no deja de llamar la atención pues el “usted” sugiere una distancia inexistente entre los dos.

opinan los foristas

Los que viajan a EEUU le dicen “Dad” que es como una abreviatura de “Daddy” que viene a ser el equivalente en inglés de “Papi”. Me contaron que, en La Cañada (edo. Zulia), algunos le dicen: “Papacito”.

Los hijos mayores les dicen cariñosamente “viejo” al papá, o “vieja” -a la mamá-, porque no están dispuestos a que se burlen de ellos. En todo caso, no es irrespetuoso llamarles así; más bien es una manera de agradecerles todo lo que han hecho por nosotros a través de muchos años.

En todo caso el papá es un superhombre que puede responder una pregunta sobre biología, seguida de una de matemáticas. Es un superhéroe que se disfraza de Supermán y se desvela esperando a que sus hijos regresen de una fiesta.

Un papá es una combinación extraña de razón y sentimientos: es el que sabe decir “No” cuando es lo justo y sabe decir “Sí” cuando es lo conveniente. O no dice nada cuando quien interviene es la esposa.

Un papá zapatea duro cuando cumple con su deber y anda en “las puntas de los pies” por la noche cobijando cuerpecitos fríos. Es el único de la casa que persigue un ratón hasta atraparlo, aunque por dentro se muera de miedo.

Un papá es como un higo, que parece duro por fuera y es puro dulce en su interior. Un papá tiene mucho de mamá, aunque tenga cuerpo de hombre. Si hay que cambiar pañales los cambia. Cuando el hijo llora, él es el refugio. Cuando el hijo ríe él es la compañía. Ser papá es jugar en la vida el papel del rey, pero no de un reino político, sino de un reino de amor y de comprensión.

San Josemaría Escrivá, un santo y gran pedagogo, al hablar de Jesucristo ponía como ejemplo el amor de los padres y de las madres. Lo explicaba de una manera sencilla para que le entendiera todo el mundo:

“Hemos hablado de las mamás, y del cuidado que tienen con sus hijos. De los beneficios que nos han hecho antes de salir a la luz del día. Del empeño que tienen, mientras somos pequeños, en alimentarnos, en cuidarnos.

Sin esa delicadeza de las madres, no viviría ninguna criatura humana; moriría. Pues Dios Nuestro Señor, que nos ama a cada uno, más que todas las madres juntas a sus hijos, pensad el cariño que pone, desde que viene a nuestra alma. ¡Hay que darle las gracias!

Pero el hombre se va haciendo mayor y las pasiones tiran para abajo. A la vez, sentimos en el alma la ilusión de cosas grandes. Y se organiza una batalla campal, una pelea constante, que durará mientras estemos en la tierra. Amad la confesión. Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la Cruz por redimirnos es todo Amor.

Pero un Dios que perdona, es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces. Las madres perdonáis siempre, y los padres, suelo decir que tienen cara feroz pero… no, no. Perdonan quizá antes que las madres. Por lo tanto amemos la confesión y acudamos a ella”.

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