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opinión

Hacia las parlamentarias, sin dudas

26 abril, 2015

Durante años de desaforado jinetear por la incrementadísima supercarretera informática, donde los venezolanos ya no somos tan pocos millones surfeando, hemos constatado la fuerza y consistencia de una red humana que está en todas partes del mundo y que –como nunca- ha tomado a pecho las preocupaciones que causa la Venezuela actual (no es sólo en los países del primer mundo que la participación política cibernética está jugando un papel de importancia clave).

opinan los foristas

Es impresionante la interactividad que aquí se despliega y que va mucho más allá del chateo insulso o los juegos escatológicos. Factor primordial lo constituye el intercambio incesante de información que genera el barbarismo diversificado del tonto útil que es Maduro (muy por encima de la sargentería adlatérica que figura como asqueante decadencia de la sumisión). Dentro de todo este mar de esperanza cierta, también hay una buena porción de dudas, especialmente en esta hora en que se hincha indetenible y silenciosamente la marea de las Legislativas. Debemos asumir sin dudas el objetivo de engalanar masivamente las mesas de votación.

Ya está bastante agotada la devaluación personal e histórica que se ha ganado –solita- la falsa moneda asentada en Miraflores. Venezuela y su democracia han sobrevivido a duras penas, maltrechas pero pujantes, con una inmensa capacidad de amalgamiento en todas sus capas sociales. Ante las trampas que habilita el oficialista CNE, una vez más, tenemos el reto de acumular la mayor cantidad de votos posibles, una montaña que volverá incuestionable la soberanía del pueblo de Venezuela, traicionada por una minoría de ineptos y contra lo cual podrán hacer muy poco, ya que hasta las Fuerzas Armadas habrán de recuperar la imagen de respeto que hoy se balancea en una cuerda floja donde no hay disposición real para que sus manos se degraden con la indignidad de sangre venezolana.

Fue a mitades de noviembre de 1968 cuando la guerrilla venezolana bajó del monte para entregar sus armas y pacificarse, consciente de su error y con la valentía de darse con una piedra en los dientes al reconocer que la realidad de un pueblo como el nuestro no se gana a plomo limpio. Hoy la marejada humana, a favor de la recuperación de su derecho a vivir como quiere y merece, es superior a la de aquél entonces guerrillero y a la del 11 de abril que aterrorizó hasta la desgracia a Miraflores, con la diferencia de que ahora conoce más de todas las triquiñuelas de baja calaña que un tonto útil es capaz de utilizar para llevar el país a un estado de atroz postración moral, muertes y robos que toda democracia debe combatir y eliminar, como en efecto ha logrado Venezuela en sus peores crisis, incluyendo las de los 40 años de presidentes civiles, cuya Revolución Democrática dejó en herencia la inmensa alfombra roja del 99 por ciento de las obras valiosas que hoy se marchitan y enloda un combo amateur muy inferior al de la guerrilla de los 60.

Del monte de la traición, la mentira y la cobardía bajaron ya algunos líderes chavistas y tantos otros que antes eran un solo samán de ilusiones, incluyendo a los adecos pobres y olvidados que se fueron tras un hombre sin caballo. Una gran mayoría de venezolanos se dejó cabalgar por una crisis menos grave que la que ahora nos entrega el tonto útil, crisis hoy más parecida a la que concluyó el 23 de enero de 1958, aunque la actual es más catastrófica en lo que respecta a la economía del país, ahí donde al más ignorante observa las dádivas con las que se le coquetea dentro del más gigantesco y grotesco despilfarro que ha conocido el país, la plataforma de un abismo de corrupción que aun se efectúa como un festín.

Y que sea tras una chabacana “revolución” que se esconda el acentuado neoliberalismo con que se llenan capitales extranjeros y banqueros inescrupulosos, es algo imposible de ocultar, jamás visto en nuestra historia. Aunque –valga decirlo- ya hasta nuestros más ignorantes desasistidos saben que por el camino del chavismo sólo nos espera un país de chatarra, como Cuba, que de tanto creer en la sumisión por dádivas –con tristeza asesina y autocrática- concluyó pasando el sombrero vacío por el mundo, suplicando por lo que le puedan regalar, cuando no encuentra a un tonto útil a quien succionar.

Nuestro objetivo fundamental de llegar a la cima máxima de votos legislativos es colocar al oficialismo en posición de jaque, entre la dignidad de la soberanía y la sinvergüenzura de su auto-mate. Ya los acontecimientos se precipitaron y avanzan con la felicidad de no dar un paso atrás, bien lejos de los complejos conspirativos que exuda el gobierno, enterrado como está en paranoicos delirios persecutorios impregnados de una altísima voluntad de falsificación.

Todos los abundantes pataleos de niños malcriados que ejecuta el oficialismo, con excepcional cara dura, obedecen a que no saben detener lo inevitable, no pueden parar la bola rodante que se les viene encima, bien sea por vía de encuestas propias y ajenas, por vía de su control de instituciones claves del Estado, por vía de sus Discovery Maduro o por cualquiera de las vías habilitadas con profusas alternativas de quincallería. El barco hace aguas. Hombre al final del camino habemus. Y éste es un camino donde sólo se trabaja en pro de la ubicuidad hiperkinética, tomando por sorpresa –cual asomado- los barrios empobrecidos, y pese a lo cual los sonidos de recepción son siempre los mismos: rechazos a granel, y voces ingeniosas que en el Zulia gritan: “¡Misión Urdaneta: Maduro prepará tu maleta! ¡Y pensá en los pobres: dejános los cobres!”.

La calma y la paciencia que hemos acumulado los venezolanos, mientras vemos con desprecio cómo los incapaces nos han ido deshaciendo el país, es la fuerza que nos acompaña. La pobreza que nos ha invadido, en todos los espacios de la convivencia venezolana, no es una tergiversación dialéctica de la “oposición golpista”, es una realidad constatada por toda la colectividad nacional, una realidad que más y mejor captan -muy en carne propia- los más desasistidos, que aspiran y luchan por salir de abajo sin ninguna vocación para el harakiri.

Así como antes del tsunami se retraen las aguas para acumular la poderosa energía con que luego avanza contundentemente hacia la costa, los votos son la versión pacífica y democrática que frenará toda intención de violencia. Y es un fenómeno evolutivo extraordinario que se ha transformado en una densa convicción de los venezolanos para evitar la devastación material y espiritual en que se ha empeñado el oficialismo, suicidamente.

Subamos y traspasemos lo más alto de la montaña para que quede muy claro dónde es que están la justicia y la razón, para que se vea bien dónde es que está el miedo, y para que no queden dudas sobre quiénes son los protagonistas indiscutibles de una fiesta democrática que busca con ahínco el propósito compartido de la alegría, la confianza, el trabajo y una calidad de vida superior (algo muy diferente a quienes nos han dado todo lo contrario, desvalijándonos y destrozándonos con desprecio profundo de nuestra inteligencia y de nuestra capacidad) y así poder seguir construyendo un país desarrollado que comenzó a salir de su etapa medieval, cuando no había más de 3.000 estudiantes universitarios, y que hoy busca integrarse al siglo 21, ahí donde no deben tener mando quienes insisten en ver el futuro por el espejo retrovisor.

Si se quiere, tómense estos bits, cámbienlos o agréguenles los suyos, pero que no haya dudas entre quienes quieren el futuro digno de Venezuela, ya que en este vuelo –de ahora y como nunca- marchamos convencidos hacia un destino personal, familiar y social superior. Dejemos las dudas en manos de quienes no tienen la razón: el oficialismo. Y nosotros: dejemos atrás el silencio, cuestionando hasta dónde quieren hacer el ridículo los protagonistas de la mediocridad, del fracaso y del paredón que ellos mismos construyeron para sí…



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