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opinión

Rómulo, en su cumbre democrática

22 febrero, 2015

En los difíciles y espinosos años transcurridos entre 1959 y 1964, cuando la democracia tomó asiento definitivo en Venezuela, las Fuerzas Armadas fueron fieles a su deber profesional e institucional de respaldar con las armas que de ellas hizo depositaria la República al régimen legítimamente constituido. Cuantas veces los aspirantes a hombres providenciales y los extremistas de la seudoizquierda amotinados pretendieron desquiciar las bases del gobierno, allí acudieron infantes, marinos, aviadores y guardias nacionales a debelar insurrecciones de grupos minoritarios, y a hacer bueno el juramento suyo, por Dios y por la Patria, en presencia de la bandera, de defender a todo trance las instituciones de la República.

opinan los foristas

Las incitadoras proposiciones de los mercaderes de golpes de Estado y las provocaciones insolentes de los comunistas y de sus aliados se estrellaron frente a una decisión razonada y responsable de cumplir con sus misiones específicas: la de apoyo al gobierno legítimo y constitucional, la de garantizar el orden público y la de insomne vela permanente para defender la intangibilidad de las fronteras terrestres, aéreas y marítimas de la nación. En el ámbito de los cuarteles y de las bases aéreas y navales se realizó un proceso de silencioso y terco trabajo, todos los días y a todas las horas, para elevar el nivel profesional y técnico de las cuatro Fuerzas. Y los venezolanos tuvieron confianza plena en su capacidad operativa, frente a cualquier emergencia nacional o internacional.

La participación de las Fuerzas Armadas en la labor social, iniciada en estos tiempos, se realizó con muy positivo contenido en los cuadros castrenses. Los conscriptos que entraban en sus filas eran rápidamente alfabetizados. El Instituto Nacional de Capacitación Educativa (INCE) realizó cursos intensivos en los cuarteles, capacitando a clases y soldados para que regresaran a la vida civil con habilidades especializadas. Se inauguró la primera de una serie de granjas-piloto, que se instalarían en todo el país, donde los campesinos soldados adquirían destrezas de agricultura y con modernas técnicas de cultivo.

Los batallones de ingeniería militar contribuyeron a la construcción de carreteras en las zonas más lejanas de la geografía nacional, haciendo posible que Venezuela tomara posesión física real de su vasto territorio. Ejemplos fueron la carretera entre Ciudad Bolívar y la frontera con Brasil y la “Operación Amazonas” que incorporó esa nueva frontera venezolana, el Territorio Amazonas, con sus 200 mil kilómetros de fabuloso suelo inexplotado, a la economía y a la vida de la nación. Para su honra y bien de la nación, las Fuerzas Armadas de Venezuela tendrían en lo futuro una conducta ceñida a pautas de la ley y al honor profesional, tal como fue en los cinco años de la Coalición.

Por otra parte, la moralidad administrativa fue un empeño firme y decidido del Gobierno de Coalición. No robar el erario público y no ejercitar el tráfico de influencias y otros arbitrios para beneficiarse ilícitamente del poder, resultaba en Venezuela un imperativo categórico, una primaria e insoslayable tarea de profilaxia administrativa. Entre las malas herencias de la dictadura que recibió el gobierno constitucional tenía rango especial el de las prácticas de vulgar latrocinio de fondos fiscales, practicada por los capitostes del régimen dictatorial derrocado por Venezuela entera el 23 de enero de 1958.

Decir que en estos cinco años se logró erradicar de Venezuela el peculado y los subproductos que le acompañan y complementan, sería una falsedad. Pervivían los malolientes signos de la más indecente forma de robar, que es la apropiación indebida de dineros públicos. Pero mucho trecho se recorrió en la vía de la recuperación de la ética administrativa. Nadie en Venezuela se atrevió a decir que el Jefe del Estado, ni los ministros, directores o presidentes de institutos autónomos, aumentaron su peculio privado en forma ilícita durante los cinco años de gobierno. Cuantas veces fueron descubiertos manejos sucios de funcionarios públicos, por investigación de los superiores suyos o de la Contraloría General de la Nación, de sus cargos se les destituyeron, sin miramiento alguno, sin encubrírseles con celestinesca alcahuetería cuando militaban en partidos políticos vinculados a la gestión de gobierno.

Los reos del infamante delito de peculado recibieron de los tribunales de la República muy leves sanciones para sus delitos, y algunos fueron absueltos, exaltando un imperativo postergado por el Congreso Nacional para elaborar leyes y señalar procedimientos que sancionaran “con las más severas penas a los ladrones del erario público, cualesquiera que fueran las artimañas por ellos utilizadas”, según exigía el Presidente Betancourt, gobernante que así pudo hablar, ante el país y ante la historia, en activo repudio a la indecente práctica del peculado, por disponer de la fuerza moral suficiente que lo llevó a conducir las gestiones del régimen para lograr la extradición y el sometimiento a la Corte Suprema de Justicia del ex dictador que entró a saco en las arcas de la nación.

Dijo Rómulo: “Terminado mi mandato, yo mismo y quienes conmigo han colaborado en los rangos superiores de la administración pública, estamos en plena capacidad de demostrar, ante cualquier organismo o entidad, pública o privada, que ni un solo bolívar de los miles de millones que hemos administrado se nos quedó en las manos para beneficio propio”.

Rómulo dijo más en su VI Mensaje Presidencial, el 7 de marzo de 1964: “He cumplido no sólo con un deber legal, constitucional, al presentar a ustedes éste mi último mensaje como Presidente de Venezuela. Mientras lo redactaba iba creciendo dentro de mí mismo un sentimiento de satisfacción venezolana, de orgullo de ser venezolano. Los sueños y los sacrificios de tantas generaciones, impar la de 1810, ya dio sus frutos en la buena vendimia de la civilidad y la democracia. Ya en nuestro país los gobernantes no se autoeligen, sino que el pueblo les otorga un mandato con la cédula del voto. Ya en nuestro país el gobernante no realiza acciones de fraude o violencia para perpetuarse en el poder, sino que lo transfiere, en la fecha que la ley fundamental fijó, a quien legítimamente había de sucederlo, porque el pueblo lo invistió con la dignidad y responsabilidad de la Presidencia de la República. Haber contribuido, con modesto aporte, a este cambio histórico en Venezuela no es para mí motivo de envanecimiento sino de humilde, íntima, profunda satisfacción. Otros tesoros, si los tuviera, pudiera perderlos, por los azares de la tornadiza fortuna. Este tesoro muy mío y no cotizable en las bolsas de valores, de salir del ejercicio de la Presidencia de la República después de haber aportado un tenaz esfuerzo de alfarero para contribuir a la modelación de una Venezuela democrática, es algo que nadie podría arrebatarme. No aspiro ni deseo, después de que Venezuela me ha dado en dos etapas de su historia la oportunidad de conducir sus destinos, a nada más y a nada menos que a ayudar a nuestro país a seguir caminando por la buena vía que ya trajina. Los más suspicaces y prejuiciados apreciarán cómo hago buenas mis palabras de no ser en lo futuro factor activo y beligerante en la vida pública de la nación. Desde tierras extranjeras, a las cuales pronto viajaré, para recuperarme del cansancio de estos duros años, y cuando regrese al país, mi tarea –silenciosa, sin estridencias publicitarias, discretamente al margen de las pantallas de televisión y de los titulares de primera página en los periódicos- se orientará a utilizar la alguna influencia que pueda tener en los varios factores de poder para que todos apoyen y respalden la estabilidad y vigencia del régimen democrático.

“Y concluyo con las mismas palabras finalizadoras del primer mensaje que como Presidente de los venezolanos presenté al soberano Congreso de la República, el 13 de febrero de 1959: ‘Estoy seguro de que cuando dentro de cinco años venga aquí a cumplir con el imperativo constitucional de transferirle la banda presidencial a quien habrá de sucederme en la jefatura del Estado, se podrá decir que he cometido muchos errores y desaciertos en mi gestión de Presidente de la República, porque la infalibilidad y la aptitud para acertar siempre no son virtudes que se han dado nunca en ningún ser humano. Pero Venezuela reconocerá entonces –estoy seguro de ello, porque tengo dominio de mis convicciones- cómo durante los años en que cumplí el mandato de Presidente de la República, no actué nunca con intención distinta a la de procurar con lealtad, con empeño creador, con fe si se quiere fanatizada, la gloria de Venezuela y la felicidad de su pueblo”.



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