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opinión

Le tocó a Francia

15 enero, 2015

Acababa de publicar yo un artículo en que invitaba a cada uno a mejorar para hacer mejor la sociedad en que nos desenvolvemos, y aparece la muerte de siete periodistas y cinco personas más, en París. Llega la noticia como un hachazo, que pareciera mover el piso a tanta gente que desea trabajar y sacar adelante, en paz a su familia. La condena universal ha sido automática, como era de esperar.

opinan los foristas

¿Es imposible que lo bueno eche raíces en las instituciones y en los países? No es imposible. El reto comienza por nosotros mismos cuando nos conformamos con llevar una vida tranquila sin influir en el ambiente en que trabajamos y vivimos.

Es evidente que el problema tiene sus orígenes mucho antes. Así como afirmamos que la educación de los chamos comienza 20 años antes de que se casen sus padres, la sociedad es un reflejo de quienes la componen. Los padres transmiten a sus hijos lo que aprendieron de los suyos y estos a los nietos en una cadena interminable. El hogar es la escuela de los principios. Cuidemos la familia y estaremos cuidando el país.

La libertad no es un valor absoluto. Es una “perfección inconclusa”. Necesita, -como una botella su tapa-, ser “finalizada” por el bien, para ser valiosa. El mal atrae, pero con unos bienes engañosos. Es decir, nos presenta aspectos aparentemente buenos del mal, (el placer, el dinero, etc) como cuando engañamos al pez con una carnada para que pique. Pero el bien, a diferencia del mal, nos deja paz y tranquilidad en la conciencia y el mal deja solo remordimiento, hasta que nos arrepentimos y pedimos perdón.

La libertad de expresión tampoco es un valor absoluto al que yo pueda supeditarlo todo. Mi libertad de expresión llega hasta donde comienza a herir los sentimientos de quienes, en tantas cosas opinables, piensan distinto que nosotros.

San Josemaría tocaba este punto “En la base de la cultura que pugna por imponerse en tantos lugares se encuentra una concepción errónea de la libertad, concebida como desvinculada de la verdad y falsamente independiente del Creador. Sin embargo, esta idea tan equivocada de libertad no basta para explicar la amplitud del fenómeno de secularización al que desgraciadamente se asiste en nuestros días”.

Al no haber valores universales, cada uno tiene los suyos y se considera con el derecho de imponerlos a los demás. El hombre es libre, pero también responsable, ante la ley y ante Dios, ante quienes deberá responder de cada uno de sus actos.

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