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opinión

Salvatore Giardullo Russo

Calidad de vida

1 diciembre, 2014

He llegado a la conclusión en estos últimos años, que a muchos venezolanos les gusta que los pateen. El no ser vejado, maltratado, insultado y agredido, experimentaría que vive en otro país, por ende estas son las condiciones que lo hacen sentir formar parte de la patria de Bolívar.

opinan los foristas

En el momento que ponemos un pie en la calle, comienza la cadena de humillaciones. Al desplazarnos, notamos que estamos inmersos en montañas de basura, que la iluminación pública no funciona y a la vez, debemos tener una visión de 360 grados, para evitar malandros, motorizados y conductores irresponsables.

Después de sortear esta serie de obstáculos y lograr llegar a la estación del Metro, comienza otra aventura, ya que la única entrada de acceso, está atestada de buhoneros, vendedores de periódicos y uno que otro iluminado, tratando de timar al primer pendejo del día.

Cuando logramos pasar, las escaleras mecánicas no funcionan, provocando una estampida de personas que tratan de entrar, porque necesitan tomar el subterráneo para poder llegar a su lugar de destino, ya que por 1,50 Bs no se compra ni un caramelo.

Ahí no termina la cosa, porque el calvario continúa. Cuando tratas de pasar por los torniquetes, no todos funcionan, usualmente de 5, dos están operativos, otra cola más para entrar y así, ir aumentando el malestar y la rabia por ser denigrado a cada paso, eso sí, ni se le ocurra comprar un boleto a las 6 de la mañana, porque siempre habrá una sola taquilla funcionando y el operador, con sueño, desgano y fastidio, prestará su servicio en la medida que le dé la gana.

Llegar al andén es el menor de los problemas, donde la cantidad de usuarios sobrepasa la capacidad de su tamaño. Eso sucede porque los trenes tardan hasta 10 minutos en arribar, cuando el tiempo de espera ideal debería ser de 3. Una vez que te logran meter, porque uno no entra a la unidad, es introducido por la marea humana, comienza ahora la fase de encontrar un espacio, los 20 centímetros cuadrados de privacidad.

Sin embargo, el sonido de los rieles viene interrumpido por ambulantes que ofrecen su mercadería, que varían desde golosinas hasta revistas, sin olvidar los frecuentes pedigüeños, aquellos que necesitan recaudar dinero para costear una operación para el hermano del primo del sobrino segundo del tío de su madre, como aquellos que inventan las historias más tristes y desgarradoras, con tal de obtener la ansiada moneda, que pueda facilitar su irresponsabilidad y creer que se está comiendo el mundo, porque obtiene plata fácil, gracias a sus mentiras.

Cuando logramos llegar al destino, luego de empujones, paradas interminables, mentadas de madre, carajitos llorando, flatulencias que se mezclan con el aire acondicionado, nos damos cuenta que la calidad de vida es más de esclavo que de ciudadano. ¿Y cuándo nos toca comprar comida, medicinas o renovar un documento? Dios…



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