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opinión

 Ni tan chéveres ni tan iguales 

16 septiembre, 2014

Creemos que hay que darle un lugar especial, dentro del ensayo que hoy se escribe entre nosotros, a este de Gisela Kozak Rovero (1963): Ni tan chéveres ni tan iguales(Caracas: Ediciones Puntocero, 2014. 140 p.). 

opinan los foristas

Una acotación para entrar

Antes de entrar unas consideraciones previas. Este libro de Gisela Kozak nos lleva a un hecho a través del cual han pasado todas las generaciones intelectuales de Venezuela: es el momento en que nos hemos hecho la pregunta por la identidad, cuando nos interrogamos sobre qué somos los venezolanos y cómo somos. Ello explica la observación del maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001): “Desde el siglo XVIII, por lo menos, la preocupación dominante en la mente de los hispanoamericanos ha sido la propia identidad. Todos los que han dirigido su mirada, con alguna detención, al panorama de esos pueblos han coincidido, en alguna forma, en señalar ese rasgo. Se ha llegado a hablar de una angustia antológica del criollo, buscándose a sí mismo sin tregua, entre contradictorias herencias y disímiles parentescos, a ratos sintiéndose desterrado de su propia tierra, a ratos actuando como conquistador de ella, con una fluida noción de que todo es posible y nada está dado de manera definitiva y probada”.

En este caso la Kozak vuelve a ello, ofreciendo una nítida reflexión sobre nuestra gente hoy, volviendo a las mismas interrogaciones.

Siempre hemos pensado que los venezolanos somos un país díscolo, anárquico y bochinchero, pese a nuestra intensidad caribeña, de intensa manera de tener afectos y amar, el ser hondamente bolerosos. Además de todo ello tenemos una arraigada tradición, que es la que nos habla cada día. Este pensamiento lo podemos corroborar aun más gracias a unas frases de un cuento de Krina Ber (1948), una de nuestras mayores cuentistas de hoy, cuando dice, en esa joya que es su relato “El quiosco de Nilda”, que la vida de los venezolanos se sintetiza en un vivir “de trabajo y rumba”, ya que todo, además, “se olvida muy rápido bajo el sol tropical”. El festejo nunca va a estar lejos de nosotros, es casi una identidad. Pero tenemos que hacer aquello que dijo uno de nuestros grandes maestros contemporáneos, Ramón J. Velásquez (1916-2014): “no hemos encontrado la forma de administrar el bochinche”: es la gran tarea. Debemos pues celebrar y construir.

Lo que tenemos entre nuestras manos

Ni tan chéveres ni tan iguales, como ya lo hemos indicado es un ensayo, con todas las características del género: una composición en prosa, libremente desarrollada, la cual se cierra con la opinión de aquella que lo ha escrito, como es en este caso.

Es tan hondamente ensayo este breve, y no menos intenso, libro, de un poco más de cien páginas, además por el hecho de haber sido concebido de forma tan libre, con su escritura dinámicamente desarrollada, sabiendo pasar muy bien de un tema a otro, dentro de la singularidad de su tema único y central: ¿Cómo somos los venezolanos?. Y no decimos las venezolanas, parte esencial de la meditación que la Kozak nos ofrece, porque ello es un error que nuestras normas gramaticales no aceptan. Y es un error, en nuestra Constitución (1999), cada vez que al afirmar se dice “los hombres y las mujeres”, es hecho innecesario. Que nuestros lectores revisen la gramática y sus normas actuales, como las divulgadas hace poco, en el 2010, por la Real Academia de la Lengua.

Características del ensayo de Gisela Kozak es el uso de la ironía y del humor al tratar su tema. Son dos posiciones salvadoras. La ironía por su forma de burla, fina y disimulada. Y el humor que más, en este volumen, no nos hace reír hace sonreír: es un espejo en donde ella nos incita a mirarnos. Sabernos reír de nosotros mismos es sabio acto.

El punto de partida de Ni tan chéveres ni tan iguales es: “Hoy más que nunca quizá necesitemos ser diversos, multiformes, libres en ideas, sentimientos, preferencias y pasiones; tal vez nuestros liderazgos en todas las áreas no tengan que estar tan pendientes de complacer como de innovar” (p.11-12).

Ese que señala lo hace a través de las personas, de los ciudadanos. Toca así: el certamen Miss Venezuela, la gasolina regalada, el culto a la maternidad y a la juventud, el menosprecio inconsciente a lo femenino, las obsesiones militaristas y violentas, las manifestaciones de la cultura popular, desde luego el cheverismo, tan deformante, y el que nos creamos que nuestra sociedad es verdaderamente igualitaria, que sigamos pensando, y diciendo, que esa fue la gran conquista de la Guerra Federal (1859-1863) lo cual no deja de ser una falacia: fuimos iguales jurídicamente en aquella hora, es verdad, pero no en la realidad, pese al “Decreto de Garantías” (1863), que es, desde luego, la Carta Democrática de Venezuela, y la Constitución de 1864, muy democrática pero imposible de practicar entonces como indica el historiador Antonio Arellano Moreno (1912-1982). Siempre que se trate de entender a Venezuela hay que ver claramente lo lejos que siempre han estado las normas legales de la realidad.

Otro hecho, más que singular, que la Kozak trata, es un gravísimo asunto: que los valores éticos que la escuela enseña no se cumplen en la sociedad, los padres y madres, todos los días, con su forma de actuar, los contradicen, siendo así la relación escuela-realidad: un hecho contradictorio para los hijos (p.87). Y esos malos hábitos son los que se imitan.

Otro hecho es el problema no resuelto en la relación entre los hombres y las mujeres en Venezuela, de los heterosexuales decimos.

El hecho de ser Venezuela una sociedad “matricentrista”, como nos enseñó el psiquiatra José Luis Vethencourt (1924-2008), por estar nuestra sociedad centrada en la madre, que es lo primero, como lo dice otro hondo comprendedor de nuestra realidad, el padre Alejandro Moreno Olmedo (1934), quien escribe a partir de Vethencourt. Somos una nación de padres ausentes. En ella, ellos solo están con la mujer, y con los hijos, mientras hagan el amor con la madre. Después no. Se van. Desaparecen. Desde luego, la sociedad se sostiene, gracias a los padres verdaderos que hay, los que aman a sus hijos, estén casados o no con las madres de sus vástagos. Son esas parejas que aman a sus hijos e hijas los que sostienen a la sociedad, sino seríamos mucho más caóticos de lo que somos. Pero lo constante es la ausencia del padre.

Desde luego tiene razón la autora al asentar: “El conservadurismo en Venezuela es fuerte, más allá de que el Gobierno Nacional, hay que decirlo, ha hecho propaganda a favor del uso de preservativos. La maternidad es un tema intocable y su importancia es inversamente proporcional a la de la paternidad” (p.61).

Tiene razón la Kozak al anotar que el uso de la sexualidad, en un país públicamente mojigato, en donde muchas personas tienen un chiste, o una grosería fuera de lugar, cuando, por ejemplo, se muestran, en el cine especialmente, las escenas más bellas del erotismo vivido por las parejas. En tan singulares instantes escuchamos tales susurros, que son inexplicables. ¿Será miedo a la sexualidad?¿O temor a toda exposición pública sobre ella?.

Eso solo cambia en el momento en que se cierra la puerta de la alcoba y ambos se meten en la cama. Dice la Kozak “la mojigatería impregna la vida de todos los días. Ser hombre y mujer en Venezuela implica abrevar en ella, en todas las clases sociales y niveles educativos” (p.75), dice que existe “mojigatería vestida de tolerancia” (p.82, nota 3). Es un intento de respuesta a una interrogante, muchas veces formulada, por aquellos que se ocupan de la sexualidad y su dones.

Hay por fin, ella no lo dice, pero es imposible soslayarlo ante la exposición que bellamente nos ofrece: hay tres personajes nuevos en la vida venezolana: los Pranes en las cárceles (p.88-89);los jóvenes músicos cargando sus instrumentos con los que nos topamos cada día, creación del maestro José Antonio Abreu y los mundos de los venezolanos exilados. Por cierto, es hoy, el maestro Abreu el primer educador que tiene la juventud venezolana, es más importante que el Ministerio de Educación, en honda crisis, el que hoy ni instruye ni educa a los aquí nacidos, cosa que si hace el admirado Abreu a través del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, ya que Abreu ha pasado de ser el alfabetizador musical de Venezuela, como hace varias décadas lo llamamos, al formador de nuestras nuevas generaciones. Y ello, no es poco.

Hay que añadir también: la grave crisis del lenguaje que hablan los venezolanos hoy en día, modo lastimoso de expresarse, lo que trajo a nuestra memoria estas líneas del maestro mexicano Octavio Paz (1914-1998): “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados”.

Lo que se propuso

Al escribir, sin detenerse, eso se siente en el pulso de su prosa, Gisela Kozak se propuso “acercarse a nuestras maneras de concebir el ser hombre y mujer en relación con temas específicamente venezolanos, los hemos señalado antes, añadiendo otros que forman parte de esa familia de problemas (p.9).

Desde luego los fundamentos de su libro descansan, para nosotros, en estas afirmaciones:

1) “Si algo deberíamos haber aprendido en los últimos quince años es que, en realidad, no somos ni chéveres ni tan iguales” (p.138); 2) “Reitero… en los lugares comunes, las frases hechas, las opiniones fundadas en estereotipos y prejuicios repetidas una y mil veces se esconde una manera de ver el mundo que se impone como lógica dominante, aunque diversidad esencial de la sociedad no puede reducirse a esta lógica” (p.138); 3) “las diferencias no son negativas por sí mismas, al contrario, las diferencias significan riqueza siempre y cuando las mismas no desplieguen su carga potencialmente conflictiva y discriminatoria. Nuestra fantasía de igualdad podría traducirse en buenas políticas sociales, en la no discriminación de la mujer, en los derechos civiles para gays… y en la aceptación y el disfrute de la variedad misma de la vida” (p.138); 4) acabamos de señalar la grave crisis que vive la lengua que hablamos, distorsionada por la forma de hablar que usó el mandatario de “Habla el Presidente”, él fue el gran alterador de la lengua, ya que para él el idioma no fue nunca una “lámpara maravillosa capaz de iluminar la vida del hombre y de su alma”, que dijo el maestro Ángel Rosenblat (1902-1984); ni “la pobre lengua viva con que pedimos y comemos el pan nuestro de cada día”, según Teresa de la Parra (1889-1936) y menos el “soplo ligero, que se llama lengua, lleva en sus delicadas alas todo el fondo de las ideas” que dijo Andrés Bello (1781-1865). Ese es, para nosotros, su origen. Por ello, la Kozak, indica, con toda razón: “El lenguaje nos hace gente y grandes inventos como son la sociedad, el conocimiento, el humor y el amor han sido posibles porque hablamos. En el habla cotidiana e íntima brilla la entraña misma de nuestro modo de entender el mundo” (p.14).

Entonces

Para entender a Venezuela, pensamos habría que comenzar por escribir un libro que nos falta: Las mentiras en la historia de Venezuela. Limpio, con tal reflexión, el jardín debemos observar buscando la verdad, como lo hace la Kozak, rechazando las falacias, tal como esta: “la fantasía máxima de nuestra modernidad ahíta de delirios y rentismo” (p.139). Con la verdad de lo que somos, puesta en buen lugar en nuestro espíritu, segui adelante, como indica ella: “aunque después sigamos siendo lo que siempre somos, inevitable y afortunadamente diversos, endurecidos por tanto fracaso revestido de gesta patria y desplantes de nuevo rico que sin petróleo no es nada. En esta herencia paradójica de la modernidad, frustración y desorden están las únicas aspiraciones sensatas que hemos tenido como nación” (p.140). Tenemos que encontrar también, como dijo Ramón J. Velásquez (1916-2014), “Cómo administrar el bochinche”.

El país del disimulo

Aquí solo hace calor, esa es nuestra cultura, la canícula, propia del trópico. Pero aquí estamos en el “país del disimulo”, como nos llamó José Ignacio Cabrujas (1937-1995). Dijo Cabrujas que somos un “país provisional”, “un sitio de paso”, “ciudad campamento” (que dijeron también Uslar Pietri y Herrera Luque), en donde se hacen Constituciones, pero en donde más importante es el “me da la gana” del gobernante, ya que la ley se aplica contra los antagonistas no contra los que siguen al Señor Presidente. Lo contrario del disimulo es, según al propio Cabrujas, “Vivir…asumir la vida, pretender que mis acciones se traducen en algo, moverme en un tiempo histórico hacia un objetivo” (p.47), “se parece a la contradicción que vivimos” (p.49).

Ser no el campo petrolero sino la nación histórica que nos pidió ser Uslar Pietri, cuando refiriéndose a la condición del intelectual y su oficio señaló: “No hay interpretes que sustituyan a los intelectuales y los artistas para hacernos entender el mundo. Quedaríamos mudos si no los tuviéramos a ellos como testigos y mensajeros. Son nuestra lengua y nuestro prestigio. Sin ellos seremos factoría o vasto campo petrolero, pero no una nación histórica”. Es ello mismo lo que ha hecho Gisela Kozak al escribir Ni tan chéveres ni tan iguales.

Contra tales falacias, es decir, contra los engaños, fraudes o mentiras nacionales, también escribe Gisela Kozak, “si algo ha sabido hacer la revolución es transformar simbólicamente la visión de la sociedad venezolana sobre sí misma…De acuerdo a las imágenes usuales en materiales gráficos y en la televisión, Venezuela es morena, de barrio, con un toque rural, más gruesa que delgada y mas salsa y hip hop que música popular tradicional” (p.41-42). En verdad, aunque se haya propalado lo contrario, seguimos siendo “el pequeño género humano” que dijo el Libertador, en la Carta de Jamaica (septiembre 6,1815), no aquellas paparruchadas antes citadas, que la autora toma de la realidad y las pone para nuestra reflexión. Paparruchada es palabra castellana, que quiere decir noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre la gente; es tontería, estupidez, cosa insustancial. Sobre una paparruchada no se puede construir la interpretación de un país.

Siempre hemos sido un país híper-sexual, nuestra literatura nos lo demuestra bien. Es posible que lo seamos “0 porque el rentismo permite pensar en sexo más de la cuenta?…[o porque]La potencia sexual es una preocupación mundial pero nuestro gran consumo de productos para combatir la disfunción eréctil, según la estadísticas, tal vez sea una señal de nuestro invencible vicio histórico: los militares” (p.49-50). O sea, pervive el machismo, incluso en muchas mujeres. Y con el machismo, el caudillismo, con todo el mal que le hizo a la sociedad venezolana durante las guerras civiles. Caudillismo que creímos cerrado en 1903 en la batalla de Ciudad Bolívar (julio 22), verdadero día de la paz. Pero rebrotó, inexplicablemente, volvió a nosotros, lo que nuestro querido maestro el historiador José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005) llamó la “contrarrevolución”. Por ello siempre hemos llamado el Comandante muerto el “neo-caudillo”. Gisela Kozak tiene razón con sus preguntas, ¿hay una ligazón entre machismo y sexualidad?¿Esa es la razón del muy abundante uso de la Viagra entre nosotros, incluso entre las que no las necesitan, son las llamada “mágicas pastillitas azules”.

Pese a que se propague, y muchos incautos se lo crean no somos la gente más feliz del mundo, ni los más chéveres (p.20). Ello teniendo en cuenta que si en verdad que somos “el mejor país del mundo, somos chéveres, el venezolano es solidario, de todo hacemos un chiste, lo mejor que tenemos es el humor” (p.24). En verdad, a nosotros nos gusta más el perfil que hemos formulado: gente pacífica, tolerante, sentimental, bolerosa, llorona, apegada a la tierra y al mar, un pueblo sol, no olvidemos que somos caribeños. Y que el primer caribeño, nato y neto, se llamó Simón Bolívar (1783-1830). Pero un pueblo que ha fracaso muchas veces porque lo quiere todo o no quiere nada, quimera imposible. Somos aun un país adolescente, pese a nuestros cinco centurias de historia: ¿no será no querer madurar nuestro peor pecado?, seguramente, porque no hay personas más insoportables que los eternos adolescentes.

Venezuela

Le confió el novelista Salvador Garmendia (1920-2001) a la autora: ”que ese empeño nuestro de calificarnos como país joven con quinientos años de historia desde la llegada de los europeos es una tontería gigantesca. Indicó que “más bien se trataba de una sociedad adolescente y pudibunda, negada a tener experiencia, pasado e historia” (p.63. El subrayado es nuestro).

Correctísimo. Recordemos que Guillermo Morón (1926) siempre ha expresado que somos un pueblo viejo. Y al cerrar los cinco tomos de su Historia de Venezuela, en 1971, escribió “Aquí termina este historiador sus memorias de venezolano de cuatrocientos años”. Hecho que ha reiterado ahora al hablar de Ospino, “población vieja, asiento antiguo de indígenas y centro poblado de importancia desde el siglo XVIII, entrada y salida de los llanos, Portuguesa, Barinas y demás llano adentro”.

Pero, apunta Gisela Kozak, a partir de 1999, ”La impronta machista caudillista se ha impregnado de retórica guerrillera” (p.96); contra el “pequeño género humano” que somos cuando se invoca a nuestra negritud como una clase aparte; cuando se pensó construir un nuevo Panteón Nacional en donde estuviera prohibido enterar a personas de la clase blanca; en esto hay que pensar siempre, como lo hace la Kozak, debemos pensar en lo que somos, una sociedad mestiza, como es la nuestra (p.107), compuesta de indios, blancos y negros, a los que el siglo XX, especialmente desde la revolución bolchevique (1917) y el asentamiento del nazismo (1933) en Alemania, y después de la fin de la Guerra Mundial (1945), de las grandes corrientes inmigratorias de la postguerra que ampliaron, pero no cerraron, el “pequeño género humano” que dijo Bolívar.

Criticas

UNO: Hay unas observaciones sobre María Corina Machado. Cuando escribe que “María Corina Machado recorrió el país y hablaba en un tono emocionado que no parecía propio de ella” (p.103). Esto es un error de apreciación que nosotros como miembro de su equipo político, por el trato de trabajo constante junto a ella, sabemos que no es así. María Corina Machado como oradora que toma la palabra aquí y acullá, tiene el don de saber llegar al alma de quien la escucha, de sus interlocutores. Y eso no se aprende con ningún asesor electoral: lo que le oímos es lo que le sale de su hondo espíritu, siempre conmovido en su decisión de servicio a Venezuela. Luego, los elogios de la Kozak de la diputada Machado ante el hegemón Chávez en la sesión parlamentaria (enero 13,2012), son correctos. Desde luego, lo hizo como mujer y madre, basta volver a escuchar sus palabras, están en Youtube, para verificarlo. Y los que dijeron, no Kozak, pero ella lo refiere “que había hablado como un hombre” era una expresión misógina, que en el siglo XIX le fue aplicada en Europa a nuestra Teresa Carrero (1853-1919) al llamarla “gran pianista” y no “la gran pianista”, pero con el tiempo ha corrido mucha agua debajo del puente. Otro hecho sucedido aquel día en la Asamblea Nacional fue que quienes más gritaron contra ella fueron las mujeres chavistas, lo hicieron para adular al César imperante presente, ya seriamente enfermo. Lo que demostró claramente cómo a pesar que ellas lo digan, que no hay feminismo chavista. Los ejemplos sobran. Por ello tiene tanto sentido estas observación sobre ella que escribe Gisela Kozak: “He oído comentar que en la batalla simbólica una mujer tendría más chance que un hombre para vencer por nocaut al Presidente: la imagen de la madre derrota al padre abusador; María, madre de todos, nos salva de las garras del caudillo” (p.104). Eso fue lo que María Corina hizo aquel día.

DOS: Cuando critica la vida sexual de los que están en el poder se refiere a la amante de Vladimir Putin (1952), es la gimnasta Alina Kabayeba (1983), medalla de oro en las Olimpiadas de Atenas, 31 años menor que él. Pero ya la esposa del hegemón de Moscú lo expulsó de la casa familiar.



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