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opinión

adiós al Gabo

30 septiembre, 2014

Para Xiomary Urbáez, que tanto le gustan estas cosas.

Cuando la tarde del deceso de Gabriel García Márquez, en Ciudad de México (abril 17,2014), recibimos un chat, desde allá, con esa noticia, sentimos la inmensa perdida que significaba para la literatura latinoamericana, se nos había ido un hombre que, desde la imaginación, nos había nutrido, del hombre que deseó que la soledad fuera superada y se impusiera la solidaridad.

opinan los foristas

Hemos puesto ahora sus para nosotros amados libros, sobre nuestra mesa de trabajo para pergeñar esta evocación, este lamento que es, desde luego, por encima de todo, una celebración. Celebramos su vida creadora.

García Márquez, Gabriel José de la Concordia García Márquez (marzo 6,1927), comenzó su obra escribiendo cuentos, el primero fue “La tercera resignación” (1947), publicado a los veinte años, ya definida su vocación literaria. Entre todos ellos, treinta y ocho, para este lector, el mayor es su “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”.

Así en el campo de las narraciones cortas nos dio un libro impar, “Los funerales de la Mamá Grande“ (1962), no superado por los siguientes: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), debió quedar muy agotado del esfuerzo de imaginación que le supuso Cien años de soledad, dados los pocos logros de esta colección y sus Doce cuentos peregrinos (1992), con algunas bellas fábulas como “El rastro de tu sangre en la nieve”, recreación de un hecho autobiográfico, o “Buen viaje, señor presidente” o “La Santa”. En su mesa de trabajo quedó un nuevo libro de cuentos que había ofrecido publicar, uno de cuyos relatos se publicó aquí en TalCual.

Pronto entró en la novela. Sus obras mayores son, sin duda, Cien años de soledad (1967) y El otoño del patriarca (1975). Sigue siendo difícil definir la grandeza de Cien años de soledad, la mayor novela escrita en español en el siglo XX, en los dos lados del Atlántico, el “territorio de La Mancha” (Carlos Fuentes). Aunque el logro de este libro perfecto hay que buscarlo en sus páginas, en la la forma como creó una suerte de neo-regionalismo contemporáneo y en lo entrañable de sus personajes. Siempre nos faltan palabras para definir esta obra, que en las seis veces que la hemos releído nos ha fascinando cada vez, ello sin contar las veces que hemos sacado de nuestras estanterías su ejemplar, lo hemos abierto y hemos comenzado a leer en la página donde el libro se ha abierto.

El otoño del Patriarca es su obra sobre el dictador latinoamericano, pero hecho desde la más libre imaginación. Su tema más que el dictador es el poder. Su entraña son los delirios del anciano tirano. ¿Fue Juan Vicente Gómez? Quizá, lo que si sabemos, que fue en nuestro Palacio de Miraflores, en 1958, en donde actuaba como periodista, que le llegó la idea.

Pero no son menores las demás, desde su primera novela La hojarasca (1955), que cambió el panorama de la literatura colombiana. En ella nació Macondo, ya que el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” formaba parte de su primitiva escritura, luego sacada para evitar que la narración perdiera su equilibrio. Para nosotros es libro más que preferido amado, no sabemos ya las veces que lo hemos releído, sin embargo, no olvidamos que la primera vez que lo leímos fue en Nueva York, no pudimos desprendernos de aquella ficción hasta que llegamos a su línea final, cuando ya amanecía; La mala hora (1960), es, seguramente, la menor de todas; El amor en los tiempos del cólera (1985), ha fascinado a sus lectores, con su contagiosa fábula sobre el amor. Sin embargo, sus primeras páginas, en donde el doctor Urbino muere, montado sobre una escalera, tratando agarrar un loro (p.63), es instante más que memorable. Así como una de sus líneas finales: “es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites” (p.473). Desde luego su versión cinematográfica (2007), dirigida por Mike Newell (1942) es veraz, sobre todo por la memorable actuación de Javier Bardem (1970), sin duda uno de los grandes actores de nuestros días. A Fermina la encarna una actriz italiana, Giovanna Mezzogiorno (1974); El General en su laberinto (1989), sobre el último año de la vida del Libertador no puede ser más certero, cuando le llevamos un ejemplar para nos los dedicara, primero se lo puso sobre el corazón como diciéndome: esto lo escribí para ustedes los venezolanos. María Eugenia Rojas fue testigo de ello en la suite del Gabo en el Hilton caraqueño. A ella debemos las fotos de aquel encuentro. Es novela perfecta, cuatro veces releída por nosotros.

Del amor y otros demonios (1994), es su invención sobre los días coloniales en Cartagena, dominados por la Inquisición. Novela de amor es Del amor y otros demonios, y su brevedad es incitante para el lector. No es una novela corta, es, además, el libro de la “pedagogía negra” (Arturo Uslar Pietri) del sentido mágico del vivir. La película basada en ella la dirigió y concibió su guión la costarricense Hilda Hidalgo; Noticia de un secuestro (1996) es una novela, un roman verité, no un reportaje, lo más cercano en nuestras letras de A sangre fría de Truman Capote (1924-1984).

Suyas son varias diestras noveletas como El coronel no tiene quien le escriba (1961), Crónica de un muerte anunciada (1981) y su Memoria de mis putas tristes (2004), escribir con brevedad es un arte. Y García Márquez lo demuestra. No hemos podido entender porque Memoria de mis putas tristes, perfectísima nouvelle, molesta tanto a las mujeres, pareciera que solo los hombres la entendemos y sabemos que lo que cuenta en ella es así.

Escribió también una bella pieza de teatro Diatriba de amor contra un hombre sentado (1994), cuyo primer parlamento no tiene perdida: “¡Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz!”. Es así, aquí la hizo Marina Baura. Al leerla, apenas apareció, se la sugerimos a Mimí Lazo, porque era para ella este monólogo.

Nos ofreció García Márquez también el sabroso primer tomo de sus memorias Vivir para contarla (2002), importante para comprender como fue su formación y como escribió sus primeros libros. Nos quedamos esperando el segundo volumen, allí estaría la historia de cómo escribió Cien años de soledad. Pero la vida le impuso otras faenas.

Cerro su obra, para la cual los elogios son siempre escasos, con los textos ensayísticos, escritos para ser leídos en público, de Yo no vine a decir un discurso (2010). Allí esta su oración de aceptación del Premio Nobel (1982), “La soledad de América Latina”. Y su gran manda: “”latinoamericanos y caribes nos acercamos a él [siglo XXI] con la sensación de habernos saltado el siglo XX: lo hemos padecido sin vivirlo…hemos perdido en cien años las mejores virtudes humanas del siglo XIX: el idealismo febril y la prioridad de los sentimientos: el susto del amor”.



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