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opinión

Maureen Gubbins Vásquez

El duelo de la viuda 

10 septiembre, 2014

El día que falleció entré en negación. No podía creer que estuviera muerto. Mi cabeza, llena de lagunas. Personas que me hablaban y no entendía lo que decían. Enseguida comenzaron los trámites administrativos en la Clínica, así que no pude ni asimilar lo que estaba viviendo. ¡Tenía tanto qué hacer! Él ya no estaba… 

opinan los foristas

En el velorio no me separé de la urna. Asistió muchísima gente entre familiares, compañeros de trabajo y amigos. Fuera de la capilla parecía un “cocktail”. Me asomaba y era impresionante lo entretenidos que se veían todos conversando a sus anchas y yo tan triste, tan fuera de lugar. ¿Qué iba a hacer ahora?

A solas en nuestro hogar, la sensación de vacío era inmensa. Como si me faltara una parte del cuerpo. No hallaba qué hacer ante esa desazón que me partía el alma. ¡Tantas veces le pedí a Dios que me llevara a mí también para poder estar juntos! Llorando día a día su ausencia, caí en depresión. Sin salir de la casa, melancólica, escribiendo, pensando, durmiendo o, simplemente, mirando al techo esperando que pasaran las horas.

Un día decidí buscar ayuda y fui al Sicólogo. Le pedí que me explicara cuánto tiempo iba a durar ese dolor. Me dijo que aproximadamente año y medio, debido al tipo de relación que habíamos tenido; que viviera mi duelo intensamente. “No te rebeles al dolor, en su defecto, se puede convertir en un duelo patológico que dure años, llora y grita si así lo sientes”, me aconsejó.

El Sicólogo me dio ánimos, necesitaba trabajar en mi dolor, saber a qué atenerme. Sentía que tenía la obligación de luchar por mi recuperación.

Comencé a trabajar de nuevo, a hacer más vida espiritual, reuniones en la casa, ejercicio, a rodearme solo de aquéllos con quienes me sentía a gusto.

Al año, pensando que ya estaba curada, intenté una relación de pareja, pero lo único que hizo fue recordarme a mi marido. Volví al Sicólogo. Había retrocedido en mi sanación. Decidí quedarme sola hasta que lograra sentirme cómoda conmigo misma. No fue fácil. Soy mujer de pareja, pero era lo más sensato. La depresión había regresado.

Una amiga me preguntó un día: “¿Todavía te dura el guayabo?” Me sentí avergonzada. ¿Se me notaba? ¡Hacía dos años que había enviudado! Estaba trabajando tanto en mi misma, me había costado recuperarme y ese comentario… Sí, aún sentía su ausencia. Nos habíamos amado “para siempre”.

Otra amiga, me comentó que fulana de tal había enviudado y a los seis meses se había casado. No puede ser, será que no quería al marido, respondí. No es tan fácil olvidar.

Han pasado cuatro años, de los cuales los últimos tres los dediqué a consentirme, amarme, cuidarme. Alejándome de todos aquéllos que no me parecían sinceros, acercándome a personas más sensibles al dolor humano. He asumido plenamente que ese amor se fue para no volver. Me di cuenta de que durante toda mi vida había trabajado y cuidado a los demás, dejando de lado mis propios intereses.

Así que decidí conocerme mejor, tomar clases de música, escritura, hacer meditación cristiana, leer muchísimo, ir a exposiciones. Ver “millones” de películas y obras teatrales, viajar, cultivar gente buena. Reemplacé mi pérdida con una ganancia infinita: valorarme a mí misma, cobijándome en Dios.

El duelo me guió hacia el camino interior. Yo soy mi felicidad. Al fin y al cabo ¿qué es la vida sino una infinidad de desafíos que tenemos a diario y debemos superar?

El duelo de la viuda, ahora pertenece a otra, yo lo superé.

@maureengubbins



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