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opinión

Cómodamente, la extemporaneidad

30 junio, 2014

A pesar de las ya remotas, claras e irrefutables evidencias, vuelve indemne el socialismo real por estos lares. Comprobando que una gruesa batería propagandística y publicitaria también puede adulterar las realidades y sus percepciones, hay planteamientos, alusiones y conmemoraciones que se toman del fondo de una gaveta presuntamente olvidada, conciliando lo absurdo y lo pusilánime.

opinan los foristas

En las últimas semanas, la bancada parlamentaria del oficialismo ha aprobado sendos acuerdos relacionados con la victoria soviética en la II Guerra Mundial y el natalicio de Ernesto Guevara, aunque todavía se niega rotundamente a debatir problemas inmediatos, importantes y graves, como la crisis económica o el colapso eléctrico. Además de enterarnos de la cómoda extemporaneidad que la explica, los ponentes conjeturaron como si el derrumbe de la Unión Soviética y de toda Europa Oriental, no hubiese ocurrido jamás o la liberalización de China o Vietnam, fuesen datos prescindibles por circunstanciales.

A modo de ilustración, planteado el proyecto sobre el Che, luego nos resistimos a responder – poco antes aceptada la discusión – en la cámara y no sólo por el poderoso instrumento de distracción que comportaba, dándole largas a un tema intrascendente, sino por algunas desavenencias previamente detectadas en el seno de la bancada opositora que así lo aconsejaban. Fronterizo con la ridiculez, surgió Guevara como decidido precursor de la crítica del socialismo real, entre otras facetas, y así debió aparecer en la Gaceta Oficial (por cierto, ¿cuál es la exacta naturaleza jurídica del acuerdo parlamentario?). Sin embargo, la curiosa actitud oficialista nada tiene de novedosa en Venezuela.

Otro ejemplo, cumplida la asombrosa hazaña de Lech Walesa, en nuestro país hubo la natural polémica en la que igualmente destacaron los artículos de prensa de Ludovico Silva, muchos de ellos posteriormente editados por la Academia Nacional de la Historia, donde principalmente reconocía y confiaba en el papel de la clase obrera polaca que refrendó la caída del régimen. El sector ortodoxo de la izquierda marxista, negó el carácter clasista de Solidaridad, exaltó y defendió a la Unión Soviética e, indicó, que en Polonia se corregirían los errores pasajeros, tal como un buen día se hizo en la Hungría de 1956 o la Checoeslovaquia de 1968, como lo adujera Rafael José Cortés (Tribuna Popular, Caracas, 9 al 15/12/1983).

Afanes propagandísticos y publicitarios aparte, sospechamos que los diputados-ponentes de los aludidos acuerdos, más allá de la nostalgia, ahora se imaginan los polemistas que no fueron en el período inmediato de la derrota guerrillera, entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, dibujado el rico y competido escenario de la confrontación de ideas que la pólvora ya no podía solventar. Tardíamente, opinan y le dan alguna autoridad a sus opiniones, desde el estrado asambleario, al costo de devolvernos a las etapas superadas de una historia que no tiene tanta elasticidad para atrapar y tergiversar el futuro, aunque – mientras tanto – nos hunde con el absurdo y la pusilanimidad en las arenas movedizas del presenta ya exhausto.



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