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opinión

Gobierno sobre aguas turbulentas

30 abril, 2014

A principios de los años ‘70, la canción de Simon & Garfunkel, “Bridge over Troubled Water”, traducida como Puente Sobre Aguas Turbulentas, desgarraba el alma. Sin saber su contenido, la balada se bailaba muy despacio, sabiendo que en un momento se sentiría el quejido de la impactante letra y las turbulentas aguas de la persuasiva melodía.

opinan los foristas

Las penas juveniles se transformaban en esas aguas turbulentas alrededor del ficticio puente el cual simbolizaba la vida, allá en el otro lado de la orilla, y necesario de cruzar con ayuda del amigo dispuesto a tenderle una mano a la mujer – personificación del adolescente – para navegar tras ella a fin de que lograra pasar esas aguas encrespadas y sorteara el camino.

Like a bridge over troubled water/I will ease your mind, entonaban los intérpretes en una época venezolana turbulenta pero nunca comparada a la actual caracterizada por férreo autoritarismo, complicidad de los Poderes Públicos Nacionales, creciente escasez alimentaria, desbordada delincuencia e índices alarmantes de inflación, para solo citar cinco aspectos clave.

El gobierno nacional, este represor y antidemocrático de Nicolás Maduro, vive serios momentos de aguas turbulentas pero sigue totalmente negado a cruzar ese puente, a pesar de que los países amigos del Sur, en la célebre Comisión de Unasur (la primera que se crea, por cierto), le han tendido la mano a través de una alternativa denominada “diálogo” con la evidente intención de que escape hacia adelante.

Maduro, sin embargo, entiende que la alternativa del “diálogo” (en comillas porque en verdad aún no hay conversaciones), es una especie de estrategia similar a las tácticas gubernamentales de maquillar cifras de inflación y desempleo; de censura mediática, de adoctrinamiento ideológico, de anteponer enunciados ideológicos como Revolución, Socialismo o Patria como soluciones mágicas ante un pueblo arropado de necesidades, es decir, tiene la convicción de que ese “diálogo” es una especie de dispositivo de poder en términos de Michel Foucault.

Errado como siempre, no entiende que ese diálogo (diálogo, diálogo) es el único puente que disponen él y su pésimo gobierno para intentar remendar una dramática situación social, económica y política que ya trascendió a la esfera internacional, muy dispuesta a sancionar a Maduro en cualquier momento como han advertido los Estados Unidos de América, gobierno al cual el presidente venezolano le pidió una especie de clemencia en su escrito enviado al diario New York Times.

Sin embargo, Maduro dispara repetidamente contra la vía del diálogo para intentar que la Mesa de la Unidad Democrática lo abandone y así tener un argumento que le permita decirle al mundo que la oposición rechaza el juego democrático. Es decir, tener un argumento sólido para acusar de “fascistas” y “golpistas” a los opositores, en consonancia con la sempiterna estrategia de su mentor político.

Le molesta sentirse monitoreado por terceros países y sentarse de tú a tú en una mesa con su enemigo político (dado que de esta manera concibe el régimen a la oposición). Se percibe acorralado, vigilado y es así en cierto modo porque la Comisión de Unasur, más allá de su tendencia hacia el oficialismo, es una instancia que tiene bajo su tutela a un gobierno nacional, en este caso a Maduro y sus acólitos, incluyendo a Diosdado Cabello, Rafael Ramírez y Jorge Rodríguez.

Quienes critican a la MUD por aceptar ir al “diálogo” (insisto, en comillas), quizás no entienden que, cual potro cimarrón, el gobierno de Maduro entró a un corral y quedó allí atrapado, donde no saldrá a menos que acceda a algunas de las mínimas peticiones planteadas en los 4 puntos: 1) Ley de Amnistía, 2) Creación de una Comisión Nacional de la Verdad Independiente, 3) Renovación equilibrada de los Poderes Públicos y 4) La desmovilización y desarme, internacionalmente verificada, de los grupos paramilitares y parapoliciales denominados “colectivos”.

Mientras tanto, la protesta cívica, ciudadana, continúa y no tiene cuando terminar inspirada en la premisa de Leopoldo López de que “el que se cansa pierde”. Vive y trasciende, muy a pesar de todos los excesivos esfuerzos de Maduro para pretender aplastarla, al extremo de que las fuerzas del orden público ya ni siquiera cuidan su imagen, al detener impunemente a menores de edad en allanamientos ilegales a sus casas.

Igualmente, la crisis alimentaria tiende a agudizarse a niveles nunca antes vistos con la mala noticia de la peligrosísima merma de las reservas monetarias internacionales la cual “ha dejado al régimen con sólo $600 millones en efectivo” (1).

Ello traduce que aun cuando el gobierno de Maduro logre sortear el conflicto político, la crisis socioeconómica es de enorme magnitud al punto de ser una verdadera tragedia que azota a todos los sectores sociales y muy especialmente a la clase baja.

Razón tiene el premio Nobel Mario Vargas Llosa de advertir que la única opción es “darle al régimen una salida (…), que tenga una salida posible, que se vaya en paz, que se vaya en calma” (2).

En medio de estas revoltosas aguas es evidente que, como sostiene el escritor latinoamericano, el gobierno de Maduro “se siente acorralado (…) está asustado, perdiendo terreno y su impopularidad va creciendo”, lo cual le hace muchísimo más difícil cruzar el puente de la célebre canción de Simon & Garfunkel para alcanzar, en este caso, la tranquilidad y la gobernabilidad del país.



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