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opinión

De cuando la inteligencia se retracta

30 noviembre, 2013

“La virtud de todos los ciudadanos no es posible que sea la misma, ni la excelencia del líder del coro es la misma que la del intérprete que está a su lado.” Aristóteles

En El Pequeño Organon para el Teatro, escrito en 1948, Bertolt Brecht recuerda deliberadamente sus obras tempranas, afectadas por el comunismo, para rechazarlas. En ese tiempo, dice, “amenacé con ‘hacer de un medio de entretenimiento una lección para ser enseñada, y transformar ciertas instituciones de lugares de entretenimiento en órganos de publicidad’, de emigrar de los reinos del placer… Retractémonos ahora, sin duda para el arrepentimiento general, de nuestra intención de emigrar de los reinos del placer y anunciar, sin duda para un arrepentimiento general mayor, nuestra intención de poner orden en esos reinos. Tratemos al teatro como un lugar de entretenimiento, como debería hacer la verdadera estética, y averigüemos qué tipo de entretenimiento nos agrada”.

opinan los foristas

La capacidad de retractarse es algo que más coherentemente llega a quienes tienen suficiente talento y creencia continuada hacia su creatividad, como es el caso con Brecht, y de ninguna manera con el castromadurismo, como se demuestra en el hecho de transformar a todas las instituciones públicas en órganos de publicidad, afectándolas con un fanatismo comunista que ya para 1948 Brecht consideró necesario rectificar.

Para este Brecht, en El Pequeño Organon donde exalta y renueva sus teorías, el teatro no debía ser moralizador ni didáctico, era meramente algo para desprenderse de los modelos clásicos que habían servido a otras épocas, y que debía producir un entretenimiento adaptado a nuestra propia época.

En otras palabras, Brecht reconocía ahora que el teatro debía ser científico en el ánimo, que fuera comunista en el ánimo, ya que el comunismo representaba para él la manera científica de mirar al universo. Y es en este punto de su manifiesto que Brecht incurre en cierta cantidad de contradicciones. Por una parte, continuó enfatizando la función del teatro como una contribución a la lucha política, y la pomposidad de su lenguaje, encontrada a menudo en sus escritos explícitamente marxistas, es significativa en sí misma: “Necesitamos un teatro que no sólo haga posible las emociones, las penetraciones y los impulsos permitidos por el relevante campo de las relaciones humanas en que ocurren las acciones, sino uno que produzca pensamientos y sentimientos que en sí mismos tienen un papel para alterar el campo”. Aquí, Brecht está claramente pensando en el efecto de distanciamiento en términos de sus obras propagandistas de principios de 1930s.

Hacia el final del mismo ensayo, sin embargo, Brecht adopta otro punto de vista, que está más en armonía con el espíritu de muchas de sus obras posteriores: “La sociedad puede derivar disfrute hasta de lo asocial, en tanto que despliegue vitalidad y grandeza…Hasta un río que se ha salido catastróficamente de su curso puede ser disfrutado libremente por la sociedad en toda su gloria si la sociedad es capaz de dominarlo: porque entonces pertenece a la sociedad”. Ya aquí están los signos de una actitud estética, porque todo lo que es “asocial” debe ser dominado, sus cualidades son apreciadas.

Esta tendencia se vuelve evidente más adelante. No se trata de retratar éxitos o fracasos, continúa Brecht: todos los intentos de rehacer la sociedad nos dan “un sentimiento de triunfo y confianza y nos proveen de placeres por las posibilidades de cambio en todas las cosas”.

Aquí el criterio no es el bien de la sociedad, ni el fin último la sociedad sin clases; es el entusiasmo contemplativo, el cambio por sí mismo; aquí casi que no importa la naturaleza del cambio. Brecht da la bienvenida a la pura dinámica del flujo de la vida, por encima de sus obras propagandistas; altera el efecto de distanciamiento. Si algo se ha de derivar del teatro, es derivable por el individuo en vez de por la sociedad, y en términos de placer en vez de ganancias. El teatro “ni siquiera debe enseñar, en todo caso nada más útil que cómo conducirse uno mismo placenteramente, tanto en sentido físico como intelectual”.

El papel del teatro, según el Brecht maduro, debe ser algo “enteramente superfluo”, y el propósito de vivir es disfrutar de lo superfluo por sobre todo lo demás; sin duda, no hay nada comparado al placer derivado de las presentaciones artísticas; en la obra de teatro, el trabajador puede estudiar a distancia el caleidoscopio de cambios de la vida, y el ideal de un propósito subrayando estos cambios debe ser abandonado.

De tal manera, hasta en la teoría teatral brechtiana se encuentran fundamentos que se contradicen y rechazan lo que el castromadurismo en su delirio improvisador trata de imponer a rajatabla.



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