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opinión

Pedro Lastra

San Hugo Rafael de los Albañales

25 octubre, 2013

María Antonia, su adorada hermana lo previno en innumerables ocasiones, en vivo y en directo o por escrito, que otros medios de comunicación no existían: guárdate de la pardocracia, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, cuídate de los afrodescendientes de por los lados de Barlovento – por entonces se decía negros, sin remilgos ni de los mismos afrodescendientes que cuando se ofendían unos a otros se gritaban “¡negro’el coño! ¡Sal p’allá!”. Y continuó diciéndole: “Mira que unidos y azuzados por los traidores y arribistas de escudo y sangre azul, con los isleños ambiciosos y otros blancos malnacidos te harán la vida imposible.”

opinan los foristas

Como puede colegirse, esa dama antañona no se andaba por las ramas. El rollo, que terminaría pesándole a la República como un matrimonio a la fuerza, es que sin esa pardocracia, sin esos pat’en el suelo sedientos de riqueza, sin esos bembones sanguinarios que por freír cabezas renunciaban a las suyas, al Rey y a los peninsulares no los sacaban de América ni con grúas.

De modo que nuestro buen Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, luego de quedar viudo y perderle el gusto al rimbombo, no tuvo otra solución que allegarse a esa masa de indeseables semidesnudos y en alpargatas que, para agravar el asunto, adoraban al Rey, a la Corte, al raso, al dorado, a las pelucas plateadas y a las pedrerías, para precisamente encandilarlos con unas promesas tan vagas como La Declaración Universal de los Derechos Humanos, que a nuestra colorida plebe le sabía a sánscrito, las riquezas de los vencidos y las tierras de los expropiados. El propio queso de esa tostada independentista. Fue así que con el auxilio de Páez y otros conocedores de “lo que había” – como le diría dos siglos después el risueño Arreaza al bigotudo Nicolás – terminó por montar un parapeto llamado República de Venezuela.

Ese extraño engendro de pardocracia con inmigrantes de la posguerra, de negros con blancos y amarillos, de rojo rojitos y escolásticos, de Boves, el Marqués de Casa León, la negra Hipólita y los descendientes de la leprosa que vendía chucherías a las puertas del Cuartel San Carlos, terminaría acunando a la recién nacida República de Venezuela. Sirviendo el material racial y humano de aquello que un marginado de la sociedad de los prohombres por los padres de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, el mismísimo Francisco de Miranda, llamaría “el bochinche”.

En el colmo de la sapiencia, un descendiente de los amos del Valle llamado Laureano Vallenilla Lanz reconocería que no había otra manera de mantener en vereda a tanto alebrestado genético que con lo que en elegante castellano llamó “el gendarme necesario”. Un blanco que armado de garrote, látigo y caramelos tendría la función de cuadrar lo descuadrado y darle visos de orden y concierto a lo desconcertado.

Dos siglos después, cuando muchos creían resuelto el menjunje y mezclado lo inmezclable bajo la forma de una convivencia democrática y pacífica, hete aquí que aparece el propio heredero de la más rancia pardocracia, una mixtura de Boves el Urogallo, Antoñanzas y el propio Simón José Antonio de la Santísima Trinidad para terminar de freír cabezas y sacar a remate por precio vil lo poco originado por el esfuerzo del poquito orden que tuvimos desde que seguimos los delirios de nuestro Simón Antonio.

Es entonces que surge la pregunta: sabido que en el fondo del trasfondo se cocían las mismas habas que llevaron al fracaso de la Patria Boba y toda homogeneidad racial, social, cultural y política era un maquillaje que ocultaba al demonio de la barbarie caníbal, ¿de dónde salió tanto ministro, tanto adelantado, tanto come candela como para chorearse 20 trillones de dólares, arruinar lo poco que había y lanzar por la borda la poca carga que aún resistía los embates del naufragio? Una interrogante que hasta hoy nadie ha sabido responder.

¿Tendremos compón? Yo no tengo la respuesta. Sólo se me ocurre repetir lo que dijo un prócer ante esa metafísica interrogante: “Si quieren certezas, váyanse a Suiza”.



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