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opinión

Pedro Lastra

¡Qué ladilla la curtura, bróder!

29 octubre, 2013

Pura mala suerte: me encantaban “Los Pasos Perdidos”, esas excursiones de dos admirables, queridos y respetados venezolanos – Elías Pino Iturrieta y Jaime León Bello – adentrándose por los resquicios de nuestros usos y costumbres, nuestros gustos, nuestras extravagancias: la ópera, el Aula Magna, un concertista de fama mundial nacido en La Pastora o La Charneca, nuestras mujeres cultas, sabias, entretenidas, de elevada alcurnia y popular prosapia, nuestros próceres y próceras – hagamos una concesión a la barbarie al uso: las pasas perdidas.

opinan los foristas

Y no hablemos de nuestro viejo y querido amigo Omar Jeanton regalándonos conciertos en vivos de grandes jazzistas: que si Bill Evans, que si Kieth Jarret, que si Paquito y una larga serie de representantes de la época dorada del jazz. Sin escatimar elogios a nuestras boleristas, a nuestras orquestas de baile. Que allí la cultura se manejaba a todos sus niveles, democrática, elegante, curiosamente.

Y en razón de los sufrimientos del tráfico caraqueño teníamos programado nuestro receptor comenzando por la 97.7, “la cultural de Caracas”. Una sofisticada redundancia, pues bastaba oír al Modern Jazz Quartet o a Michel Petrucciani, a Morella Muñoz o a Alfredo Sadel, a Maurizio Pollini o a Wanda Landovska para saber que la 97.7 era una emisora cultural. ¿O alguien cree que era posible escuchar las Variaciones Goldberg en la alucinante y vertiginosa interpretación del joven Glenn Gould en YVKE Mundial?

Un islote, un roquerío, una puntita de playa en el inmenso océano de la grisura, el estentóreo y trillado océano de la vulgaridad universal. Pero algo inefable, un glissando de un pasaje de la Partita nº 5 para cello de Bach en la interpretación de Rostropovich, la suite francesa y cierta picardía de algún osado músico salzburguiano o precisamente esa velocidad de Gould en alguna sonata perturbó la conciencia del ministro de comunicaciones, del ministro de cultura o directamente del ilustrísimo magistrado de la República como para decidir ponerle la pata encima a LOS PASOS PERDIDOS, romper la riquísima discoteca de Omar Jeanton, sacar del juego a Isabel Palacios o al arquitecto Negrón y demostrarle a esa plebe culturosa lo que una revolución socialista del siglo XXI entiende por cultura y dejarse de pendejadas, pelucas empolvadas y jubones de terciopelo.

De tal suerte que al encender el radiorreceptor de mi modesto vehículo y prepararme para descansar de la histeria ambiente con unos comentarios de enjundiosa y liviana melodía – que diría ese ciego maravilloso llamado Jorge Luis Borges – me asalta el más chillón, el más corrupto, el más vulgar y grosero de los merengues de conventillo, la salsa más zarrapastrosa y estragada, el rap como se merecen los Pranes visitados por sus prostibularias jóvenes amantes.

Oí resonar a lo lejos la carcajada del vice ministro para la Felicidad Suprema, que se había salido con la suya. Para ser feliz de verdad verdad, hay que jartarse de vulgaridad, de obscena estulticia, de estupidez galopante. ¿El espíritu? Quítenme esa ladilla de la 97.7, que pone a la gente a pensar. Y eso, todos lo sabemos, está prohibido en la granja de la felicidad. Los asnos son felices. Y no piensan. Pregúntenselo al ministro de la cultura.



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