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opinión

Pedro Lastra

La Revolución de Octubre

19 octubre, 2013

El mundo jamás entenderá que cuando un venezolano dice “la revolución de Octubre” no se refiere a los diez días que conmovieron al mundo, según nos los contara John Reed. Ni por supuesto a Lenin y a Trotsky, ni a los bolcheviques o a los soldados que regresaban, desesperados, hambrientos y furiosos, de los derrotados frentes de batalla de la Primera Guerra Mundial, todos los cuales formaron ese amasijo de caos, violencia y terror que ese grandioso dúo de revolucionarios de pelo en pecho comandaran desde San Petersburgo para destronar a los Zares y transformar al planeta de un sola jugada: el asalto a su Palacio de Invierno.

opinan los foristas

Nuestra revolución de Octubre es un episodio menor en la historia de la humanidad, tan menor que salvo los venezolanos o algunos hispanistas de la talla de Hugh Thomas, no lo conoce nadie. A pesar de lo cual tuvo una trascendencia, por lo menos para la historia de este pedacito de sufrida humanidad, que todavía hoy resuena y hurga en nuestros entrecijos.

Para unos: el parto de la democracia. Para otros; el aborto de la democracia. Para unos, un bebé rozagante. Para otros, un feto muerto. Los unos juran que al darle a los venezolanos el voto universal, directo y secreto, además de nacer la emancipación de la mujer – Carrera Damas dixit – nació con ella lo que todavía se equilibra en la cuerda floja y pende de un hilo: la democracia venezolana. Tan frágil y tan menguada, que no duró más que escasos tres años y se transformó en la dictadura militar desarrollista de Pérez Jiménez.

Algo de razón tienen, por lo tanto, los otros, quienes dicen que ese golpe de estado militar con incrustaciones de civilidad – los adecos – no sólo impidió el nacimiento orgánico y endógeno de una democracia liberal, acompañada del nacimiento de un factor imprescindible donde quiera que se haya asentado la democracia política: el liberalismo, sino que bautizó la estatolatría populista, le abrió los portones a la irrupción del tá barato socialista provocando lo que un famoso tango argentino ha llamado “cambalache”: desde entonces, el Estado veló para que los venezolanos de todo origen, suerte y condición estuviéramos “revolcaos en un merengue, todos manoseaos”.

Aquellos juran que fue el ensayo general de lo que diez años después fundaría los cuarenta años más pacíficos, productivos y estables de la historia venezolana. Éstos, que el apuro, la ansiedad, la desaforada ambición de Rómulo Betancourt impidieron un crecimiento orgánico, incluyente, liberal del entendimiento social y democrático en una Venezuela ordenada, seria y responsable. Más individualista que colectivista, más emprendedora que estatista, más culta que analfabeta, menos parasitaria, ociosa y dependiente del petróleo. Digamos: un país en serio. La caída de Medina y el barranco de Uslar Pietri crearon, en cambio, una herida jamás cicatrizada, un rencor visceral nunca resuelto, que terminaría por el revolcón del chavismo, un tercero en discordia que elevó el cambalache a principio universal.

Las cosas no son tan fáciles. Pero de que el 18 de octubre de 1945, como también dice otro tango, Venezuela dio “un tropezón”, como “cualquiera da en la vida”, parece indudable. Revolución más revolución menos, Venezuela sigue siendo el hazmerreir de América. Como que en ella, “mezclaos con Stravinsky, van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín”. ¿Aprenderemos algún día? Llevamos doscientos años de duda. Dios quiera ayudarnos a resolverla.



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