opinión


El Nacional / ND

La ministra prisionera

22 Septiembre, 2013

Mentía con absoluta naturalidad. Sólo le faltó decir que los menús los diseña un día Sumito Estévez y el otro Helena Ibarra. Que los nuevos uniformes son creaciones de Carolina Herrera. Y que los presos pueden ahora escoger para sus confortables habitaciones entre camas con colchones ergonómicos o coloridas hamacas de Tintorero con diseños heredados de don Sixto Sarmiento.

opinan los foristas

Claro que no dijo presos. Ni reclusos. Ni reos. Dijo “privados de libertad”. Porque Iris Varela, la ministra de Prisiones, como el resto de la cúpula roja, cree que, al nombrarlas de otro modo, las cosas y las personas, automáticamente, modifican su naturaleza. Cree, por ejemplo, que si a una patrulla policial la llamas “auto de detención”, el vehículo adquiere un no sé qué constitucional que le quita el aire represivo propio de los gobiernos de la “extrema derecha”.

Por eso la ministra, a eso de la 1:00 de la tarde del pasado lunes, desde un estudio de la nueva Globovisión, comenzó a explicar las grandes mejoras que la “revolución” ha traído a los privados de libertad. Dijo que ahora se vestirían con bellos uniformes: fucsia las “privadas”, amarillo “los privados” y rosadito suave los menores de edad. Ni Hola lo hubiese dicho mejor.

También dijo que gracias a lo que denominó “Un Nuevo Orden Penitenciario”, inaugurado bajo su gestión, ahora los privados y las privadas no tenían armas en las prisiones o, mejor, en los “centros de privación de libertad”. Dijo que en las cárceles ya no había pistolas, fusiles, ametralladoras o granadas como antes. Salvo en manos de los guardianes. Casi que podía jurar que todo eso eran cosas del pasado y sólo le faltó agregar que en las últimas requisas lo único peligroso que habían incautado había sido un inocente cortauñas.

Pero lo más deslumbrante, lo más Disney World de la tarde, ocurrió cuando la ministra dijo que ahora cada recluso se levanta de madrugada con el toque de diana, ordena su cama, dobla las sábanas y deja todo impecable, como si fueran cadetes. Así exactamente dijo entusiasmada: “Igualito que un cadete”. Porque queda claro que en una mentalidad cívico-militar lo mejor que le puede pasar a un privado de libertad es parecerse a un cadete. Y a la inversa.

La ráfaga fantasiosa era tan aplastante que el entrevistador, el destacado periodista y buen amigo Vladimir Villegas, lucía desconcertado. No se sabe si seducido por los cuentos de hadas o abrumado ante tanto engaño y autohipnosis. Lo cierto es que no puso en práctica, al menos en lo que vimos, lo que suele hacer el periodismo crítico. No recurrió a una segunda opinión del tipo: “Pero, ministra, el Observatorio de Prisiones que dirige Humberto Prado informa todo lo contrario”. O a la fuerza de los hechos: “¿Cómo se explica entonces que hace menos de un mes en la cárcel de Sabaneta murieron seis reclusos en una balacera de diez horas?” o “¿Ministra, por qué el Gobierno esperó tanto para iniciar esta maravilla, por qué permitió tanto sufrimiento humano, maltrato y lesión a los derechos humanos los catorce años anteriores?”.

Pero la realidad es terca. Supera la ficción y suele ser más contundente que la mentira. Mientras la ministra dibujaba pajaritos en el aire, en la misma cárcel de Sabaneta comenzaba una macabra situación de enfrentamiento armado entre privados de libertad. Un tiroteo descomunal que duró 24 horas.

El “Mocho” Edwin, uno de los tantos “pranes” que reinan en las cárceles venezolanas, quiso adueñarse del patio central y, como halló resistencia, él mismo y sus pistoleros se encargaron de eliminar a 16 reclusos “enemigos”. Ya en la morgue, a los cadáveres les faltaban brazos, piernas y hasta corazones que les fueron mutilados con cuchillos.

Tres días después nadie, ni la ministra que miente, ha explicado lo ocurrido. Nadie sabe con exactitud si los muertos habían estrenado o no los nuevos y lindos uniformes amarillos. ¿A quién le importa? El martes, para hablar en chavisñol, amanecieron “privados de vida”. Y eso, hasta nuevo aviso, es irreversible.


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