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opinión

El legado

30 septiembre, 2013

Hace poco escuché a un destacado miembro del PSUV referirse a la responsabilidad. Este decía, con un dejó de arrogancia en la voz, que en cualquier sociedad civilizada lo propio es aceptar que las personas tienen que comprender que sus actos traen consecuencias y que si se comete un delito se debe sancionar, si se transgrede una norma se tiene que pagar por ello.

opinan los foristas

Teóricamente la idea que este personaje señaló es correcta y fue formulada de manera impecable. Claro, hay que tener en cuenta que este señor se refería a las actuaciones y responsabilidades de los miembros de la oposición venezolana, nunca de su propio actuar.

Lo que este caballero no dijo es que el ejemplo mayor lo deben dar quienes detentan el poder. Si el líder de un país se comporta de manera indebida, como un malandro, y además de todo, celebra esa mala actuación como una gracia, las generaciones de jóvenes verán como normal situaciones, que en un país con un Estado de derecho, serían sancionadas.

Todo esto viene a cuento por el dantesco espectáculo que en la ciudad de Caracas se vivió el viernes pasado, cuando el conductor de una gandola cargada de alimentos chocó en la autopista, y la gente, especialmente motorizados, comenzó a llegar al sitio para saquear lo que había en el camión, sin importar, que a raíz del accidente, el chofer había fallecido frente al volante. Los saqueadores pasaban frente, y hasta por encima del cadáver, sin importarle nada.

El venezolano no era así. Nuestra característica, reconocida en el mundo entero, era nuestra humanidad, nuestro sentido de caridad, nuestras ganas de ayudar al otro. Por ello, a Venezuela llegaron millones de inmigrantes de todos los países; de Europa, huyendo de sus guerras civiles y horrores nacionales; de nuestros países hermanos latinoamericanos, especialmente de Colombia, Ecuador o Perú, tratando de pasarle por encima al hambre que azotaba a sus pueblos. Francisco Herrera Luque habló en su “Historia fabulada” del “síndrome de la hermana mayor” de Venezuela para con otros países, donde era quien se sacrificaba para ayudar a sus hermanos menores.

Lo que vimos este viernes no es el venezolano que conocíamos. Ese ciudadano sin corazón que no le importó que el conductor de esa gandola estuviese muriendo es el hombre nuevo del que tanto habló aquel tipo que se murió dejándonos un país en ruinas. Eso que pasó con la gandola siniestrada es el legado que nos dejó Hugo Chávez: la deshumanización del venezolano.

El venezolano no era esto que somos luego de Hugo Chávez. Ese irresponsable, al parecer, logró su cometido. Sacó lo peor de nosotros, nuestra parte más oscura. Basta con ver que el país está encendido por el problema económico, pero como que poco nos importaba que la delincuencia estuviese acabando con nosotros. Al parecer, no es relevante que maten a nuestro vecino o violen a nuestra vecina, pero si nos molesta que la crisis económica afecte nuestro bolsillo.

Chávez siempre utilizó el odio para lograr sus cometidos, a punta de maldad. Nunca antes habíamos visto algo como lo que estamos viviendo hoy día. A los delincuentes no les importa darle diez tiros a alguien por quitarle un teléfono. La perversidad ha llegado a niveles desesperantes. Y eso es culpa única y exclusiva de Hugo Chávez y sus herederos políticos. Desde el poder se establece un perenne discurso de odio y rencor, donde el que no está con el proceso es un enemigo y sólo merece el desprecio y hasta el exterminio. Tenemos catorce años recibiendo un mensaje de inquina y abominación, y quienes lo asumen como lo único existente son nuestras nuevas generaciones. Son los jóvenes quienes ven como algo normal tenerle rabia a los demás.

Esto tiene que acabar. Hay que revertir esta situación de manera inmediata. No hay forma de continuar. Lo que se vivió en esa gandola fue una pequeña explosión social con un contenido de odio y desespero verdaderamente preocupante.

www.manuelrojasperez.com



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