opinión

El hazmerreír de los venezolanos y del mundo

21 Septiembre, 2013

“…porque lo que no debería ser es lo que es falso.” Aristóteles

La accidentada y desnivelada topografía que ha delimitado el castrofascismo, con sus torcidas y ahuecadas formas, deja un solo camino para bien del futuro: el cambio. El porvenir de Venezuela no es posible construirlo con las anclas hundidas en las ineficiencias del pasado; menos aun con una reducida comparsa de stalinistas agotados en sus vanos intentos de neocolonización. El cúmulo de improvisaciones que han impulsado ha hecho trizas la productividad nacional y resultan contraproducentes, económicamente paralizantes, traicioneras como instrumentos de política y militarmente inútiles.

opinan los foristas

Estamos ante una nueva quiebra del comunismo errático, cuyas banderas están siendo retiradas por un desorden que no tiene esperanzas de recuperación. Ante un fracaso tan evidente, correspondiente al fracaso del marxismo como doctrina, el castrocomunismo echa mano a cualquier cosa –particularmente al abuso descarado en todas sus manifestaciones- con el único propósito de conservar un poder que han convertido en una caricatura farsesca, en un totalitarismo chueco y bufo donde la justicia no importa y donde lo único que se rehabilita es la vieja esencia totalitaria: la afirmación de que el Estado, el Partido y la Raza Monista es lo Absoluto.

Lenin definió “la verdad” como aquello que sólo ayuda, fortalece y hace avanzar al Partido, absurdo que ha servido como fundamento a todos los totalitarismo posteriores: Mussolini, Hitler, Mao, Castro, Chávez y el descalificado aspirante Maduro, entre otros predicadores y practicantes del poder oficial absoluto. En su paso por el mundo, lo único que sobrevive con persistencia son sus slogans, legado que heredan los repetidores pasatistas y que machacan como la risita del Pájaro Loco, retomando un paternalismo patético que ya Gómez desgastó a sus anchas y que en el siglo 21 no tienen aplicabilidad, no atraen votos y mucho menos sirven de guía para lo que debe hacerse desde el poder.

El castrofascismo ha llegado a ser un comunismo al que no le importa siquiera que se crea en el comunismo. Es como un Papa que no cree en Jesucristo. Aquello que Marx denominó socialismo científico, no ha tenido ninguna confirmación científica. La “salvación” de Castro para Cuba ha sido la tragedia del desconche y la carraplana, y el castromadurismo adopta a los vejestorios del cinismo con un pragmatismo de circo, sin un planteamiento mínimo siquiera para producir el ”nuevo Adán”, mucho menos el “hombre nuevo” que los totalitarismos se empeñan siempre en soñar. En el castromadurismo ha desaparecido toda coherencia intelectual; y su acción social no da ni para el vuelto.

La apresurada invención de nuevas promesas hacen del madurismo el hazmerreír de los venezolanos. Buscan subsidiar cualquier cosa que les parezca útil para ampararlos del chaparrón de decadencia e ineficiencia que les legó Chávez y que los inunda. Hoy el chavismo es sinónimo del fracaso: donde más prometió, más fracasó. La bandera de la guerra a la pobreza ha sido tan efectiva, que hoy tenemos más pobreza. No hay ninguna “solución concreta” para ninguno de los graves problemas sociales venezolanos. La búsqueda de alguna “solución correcta” tampoco ha distinguido al castrocomunismo, cuyo estilo característico es la generación de desperdicios y contaminantes, cosa que les ha resultado un negocio muy lucrativo: siempre hay un nuevo plan infalible para la basura y la delincuencia que –pese a que sólo llega hasta los labios- requiere de inmensos recursos renovables, pero la porquería y los muertos siguen ahí, in crescendo.

La línea realista es que las “salvaciones prometidas”, proclamadas antes y reempaquetadas ahora, sólo han cumplido con llegar al vacío totalitario de siempre, con la consecuente desaparición de la creencia y la fe en sí mismos. Hoy no pueden con el “absolutismo científico”, también en desaparición. Hasta la “mística revolucionaria” es una alucinación moribunda, un unionsovietismo que llegó al final de su tiempo y está imposibilitado para cambiar un reyezuelo por otro. Los delirios alucinógenos, cargas con la amargura del odio, ya no pueden cargarse de la prístina pureza de auroras boreales, no pueden restaurar y destruyen porque la desesperación los embarga.

La propia salvación del castrofascismo no podrá llegar por vía de la cotorra retórica, igualmente desgastada hasta la exasperación; la nave de la sinrazón está quemada. Toda nueva promesa del castromadurismo conlleva la inmolación, porque ya se sabe que no llegan al fin de su realización; se espichan y muere antes de nacer; son juguetes para la caimanera. La muerte del chavismo no crea un vacío: sólo confirma un vacío ya evidente.

Lo que ha de venir no es otro mesianismo ególatra, descocado y pantallero, de relumbrón. Podríamos quizás comenzar a hablar de una nueva “ideología”: la decencia. Ahí los principios fundamentales girarían en torno a eficiencia, eficacia, profesionales conocedores de cada área, relación entre costos y beneficios sociales, integración coherente de las fuerzas venezolanas para que las cosas funcionen y salgan del pantano maloliente de un castrofascismo donde es muy poco lo que permanece limpio…


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