opinión

Pedro Lastra

¡A desalojar, a desalojar!

21 Septiembre, 2013

“La casa ocupada” fue el título de uno de los más impactantes cuentos de Julio Cortázar, aquellos de sus inicios en los que coqueteaba con la política ficción y la nefasta, siniestra y devastadora influencia del peronismo nazifascista en la sociedad argentina. Al que se opuso tanto como Jorge Luis Borges, pero sin asumir las consecuencias existenciales del rechazo al caudillismo populachero que llevó al genio a enfrentarse sin esguinces, timideces ni medias tintas al populismo castro comunista al que el peronismo diera origen, y en cuyos brazos terminara sus días el escritor de Rayuela y otras grandes novelas de la literatura argentina contemporánea.

opinan los foristas

Es, desde luego, una metáfora. La casa ocupada es la nación argentina tomada a saco por la irrupción del peronismo y sus montoneras. Primero como por descuido, cuarto a cuarto y metro a metro. Para terminar sacando a empujones a sus legítimos propietarios, que además de tomar un reloj de pared como único recuerdo – el tiempo, el implacable, el que pasó, diría Pablito Milanés – huyen teniendo a buen recaudo llevare las llaves de la casa y tirarlas en el primer sumidero que encuentran. Que el orden, la paz y la decencia se vayan por las cloacas de la inmundicia.

No conozco mejor metáfora descriptiva de lo que es el fascismo que esa casa ocupada de Cortázar. O digamos, del nacionalsocialismo, que no es lo mismo, pero es igual. Nazismo y comunismo terminan por ocupar la casa, apropiársela violando todos los derechos. Con la única diferencia de los métodos: el nazifascismo lo hace por las ventanas y puertas de escape, poco a poco y paso a paso. Los comunistas tomándola por asalto a sangre y fuego. Si bien Hitler, después de intentar lo segundo y pagar con tres años de cárcel, optó por lo primero. Exactamente como Chávez, que luego de fracasar en su intento de tomarse la república a los tancazos y pasar dos años de cárcel, terminó apoderándosela por la puerta grande.

Y henos aquí con nuestra casa ocupada. Por cierto: se conmemoran cuarenta años del violento desalojo llevado a cabo en Chile por sus fuerzas armadas, luego de que todos los intentos legales, conciliatorios y mediando el uso de la razón – como reza el escudo chileno – tuvieran que proceder a un desalojo en toda regla. Así el precio fuera tumbar paredes e incendiar el símbolo de la casa ocupada.

Un historiador del nazismo elaboró otra metáfora para describir el proceso que culmina con la ocupación de la casa: es el de las cuadrillas de tenaces ferrocarrileros que van cambiando minuto a minuto, hora a hora y día a día tornillos, tuercas y durmientes de un puente por el que diariamente pasan miles de trenes con millones de pasajeros, sin interrumpir jamás su tránsito. De modo que al cabo del proceso, el puente que lleva a la casa de esos millones de ciudadanos es otro, obedece a otros administradores y posee nuevos materiales, nuevas normas, nuevos reglamentos y un nuevo código de deberes y derechos.

Tras 14 años de un sistemático y perseverante trabajo de zapa, los asaltantes del castrochavismo han terminado por ocupar Venezuela, nuestra gran casa. Con los graves e insuperables inconvenientes de no tener la más mínima capacidad de mantenimiento y sin otro propósito que saquearla hasta dejar sus ruinas en herencia a sus naturales propietarios. Han hecho de ella tabula rasa, hasta convertirla en una miserable factoría que vomita esporádicos chorros de petróleo que van a dar al vientre voraz e insaciable de los tiranos del Caribe. Y haciendo como que la gobierna, un cucuteño mangoneado por Fidel y Raúl Castro, llenado las fauces de sus esbirros como en un sangriento cuento de horror para analfabetas del tercer mundo.

¿Qué hacer? Hay quienes, con un pie fuera y un pie dentro de esa casa del horror, recomiendan agarrar tobo, desinfectante y haragán para limpiarla y ponerla en orden, sumándonos así, a la expropiación y el destierro, el sometimiento y la esclavitud a quienes jamás la abandonarán de buenas maneras. Sepan que casa ocupada es casa perdida. Y que no existe, porque aún no ha sido inventado otro expediente para recuperarla, que desalojar a los asaltantes y no dejar ni uno solo en ella, salvo enjaulado para que sirva de inagotable memoria de ese, el más espantoso episodio de nuestra historia.

Desalojo: a quien le disguste, que se busque la casa de sus sueños.

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