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opinión

Pedro Lastra

El chivo expiatorio

15 agosto, 2013

Nelson Bocaranda, el mejor informado y, sin duda, el más perspicaz de entre nuestros grandes periodistas, reconoce no saber el origen de la ponzoña que envenena el caso Simonovis. Un manto de crueldad que cubre un caso verdaderamente indignante y que Bocaranda atribuye a algún maléfico y desconocido consejero presidencial. Colmado de injusticia, de horror y venganza sólo conocido de los tiempos de Juan Vicente Gómez y que muchos creyéramos definitivamente superados tras la conquista de la democracia un 23 de enero de 1958.

opinan los foristas

Hay razones para el desconcierto. No existe hoy por hoy nación sudamericana alguna en la que se practique un caso de venganza y crueldad semejante al que rodea la tortura carcelaria y la condena a muerte que se pretende imponerle en cámara lenta a un inocente al que ninguna trácala judicial de esta auténtica justicia del horror ha podido demostrarle un solo delito. Así nos avergüence, durante los 17 años de feroz dictadura de Augusto Pinochet en Chile no se vio un caso semejante.

En ninguno, salvo en uno de los países del Caribe en los que se lo ha practicado desde hace 54 años con idéntico propósito – fracturar, aniquilar y doblegar la voluntad democrática de un ciudadano ejemplar – : la Cuba castrista. Quien lo dude que se sumerja en las apasionantes páginas del libro de memorias del Hubert Matos, CUANDO LLEGA LA NOCHE. Allí verá retratadas las inmundicias, los horrores, las humillaciones ordenadas por los hermanos Castro para castigar la decisión de uno de los comandantes más destacados en la guerra de guerrillas, responsables del éxito de esas épicas jornadas.

La sola decisión de apartarse de un proceso que a poco andar vio derivar hacia el totalitarismo comunista, una decisión que comunicó por escrito a su compañero de combates y a quien creyera su compañero de ideales, llevó a Fidel Castro a desatar de inmediato y sin mediar palabra una brutal campaña de desprestigio y ataques, azuzando a las masas de la región controlada militarmente por Hubert Matos a tratar de asesinarlo y que culminara con veinte años de prisión en una de las más repugnantes mazmorras del régimen, donde se le confinara, como a un perro sarnoso, en celdas de aislamiento total, se le bañara diariamente con tobos de excrementos, se le quebrara física y psicológicamente y se lo arrastrara al borde la locura. De la que saliera indemne sólo por una homérica voluntad y una grandeza a prueba de torturas.

No fue el único, si bien el más notable. Iguales procedimientos y por las mismas razones se emplearon contra otros combatientes por las libertad: poetas, escritores, artistas y miles y miles de ciudadanos de a pie. Un horror sólo comparable con el Gulag soviético, padre de aquella y esta horrenda criatura.

Son esas, y no otras razones de soplonaje jurídico policial, las que han decidido convertir a Iván Simonovis en el chivo expiatorio por la rebelión popular del 11 de abril. Una rebelión que sacó a Hugo Chávez del poder y que pudo habernos evitado esta tragedia si quienes tuvieron en sus manos las decisiones cruciales hubieran procedido con hombría, con virilidad, con generosidad y grandeza.

Es muy importante tenerlo presente. Detrás de la torturada existencia de Iván Simonovis y su sacrificada familia está el poder de la satrapía y la indignidad de quienes obedecen sus propósitos coloniales. Ni más, ni tampoco menos.



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