opinión


El Nacional / ND

La memoria y la bicicleta

28 Julio, 2013

1 Nos levantamos de madrugada y con frío. Salimos de Rubio por la carretera de Las Dantas. Pasamos por San Antonio y cruzamos la frontera. Ya en territorio colombiano, dejamos atrás La Villa del Rosario, Cúcuta y enfilamos montaña arriba hacia Pamplona para detenernos a esperar a un lado del camino.

opinan los foristas

Íbamos con un solo propósito: ver pasar a Martín “Cochise” Rodríguez.

Y lo vimos. Me imagino que eran las 10:00 u 11:00 de la mañana cuando avistamos la caravana, las primeras motos y ambulancias y la camioneta de la transmisión radial.

Luego apareció el héroe. Venía punteando la carrera escapado del pelotón y lo vimos emerger, moviéndose de pie sobre los pedales, haciendo bailar la bicicleta de un lado a otro, confirmando sus dotes de gran escalador ganando el Premio de Montaña.

Era él, ¡”Cochise” Rodríguez!, el cuatro veces campeón de la Vuelta a Colombia en bicicleta, el que luego ganaría tres veces la Vuelta al Táchira, el más grande ciclista de la historia del país vecino y el primer gran héroe deportivo que nuestros ojos de niño contemplaban.

Emprendimos el regreso. Habíamos tardado dos horas y media de venida, y haríamos más o menos lo mismo de regreso, sólo para verlo pasar fugazmente durante 30 o 40 segundos. Pero valía la pena. De vez en cuando papá y yo nos mirábamos en silencio como diciéndonos: “No olvidaremos el día que vimos pasar a Cochise”.

2 Eso es lo que recordaba el pasado domingo mientras, en una de esas pantallas gigantes que algunos restaurantes venezolanos colocan para saciar el hambre de imágenes de sus comensales, contemplábamos la transmisión de la etapa final de la edición número 100 del Tour de Francia, el evento tope del ciclismo mundial.

No puedo decir qué resultaba más impactante de aquella transmisión. Si la visual multicolor de la tropa de ciclistas desplazándose coreográficamente en la ruta que une el Palacio de Versalles a los Campos Elíseos; las tomas aéreas y terrestres de las imponentes calles, puentes y edificios de París matizados por la suave luz de un atardecer veraniego; o el ritmo envolvente y seductor de la propia transmisión televisiva.

Porque la transmisión televisiva de los deportes se ha convertido hoy en día -ella misma, el desbordante poderío visual de las cámaras, el ritmo acompasado de la edición- en un espectáculo que reconstruye y multiplica los efectos de lo transmitido.

En el caso de los tours de ciclismo -que guardan aún ese espíritu de viaje remoto de los tiempos iniciales, cuando las carreteras estaban llenas de obstáculos, la radio y la televisión aún no se habían inventado y los reportes de los resultados llegaban por telégrafo-, la transmisión televisiva se convierte ahora en ejercicio turístico y crónica de viajes, y, como en el caso del circuito de París, en elegía visual de la ciudad.

3 A pesar de la mala imagen que le han creado los abusos del doping y los excesos publicitarios, el espectáculo ciclístico tiene aún un gran poder de evocación. En su libro Ficciones de fin de siglo, el etnólogo francés Marc Augé le dedica unas páginas al Tour de Francia, al Mundial de Fútbol y al espectáculo deportivo en general. Augé, que ya había escrito Elogio de la bicicleta, relata cómo en un juego FranciaItalia del Mundial de Fútbol le escuchó a un espectador decirle a su hijo: “Algún día recordarás que estuviste aquí”.

Luego explica: “En el acontecimiento deportivo el recuerdo se actualiza sin cesar, uniendo el pasado y el presente, el rito con el mito, porque para los mortales comunes son una ocasión para medir su tiempo en relación con la historia”. Es lo que me permito hacer ahora mezclando el triunfo de otro colombiano, Nairo Quintana, Premio de Montaña y subcampeón de esta nueva edición del tour, con el día en que mi padre me llevó a conocer a “Cochise” Rodríguez. Ahora don Tulio cumplió 90 años y recurro a esta historia para agradecérselo y volver a celebrarlo.

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