opinión

Juan Bautista: El eterno caballero

27 Junio, 2013

Escribo con dolor, con tristeza, y con cierta dificultad en la visión, porque unas lágrimas muy tenues y discretas han estado brotando, poco a poco, desde el momento de la lacerante noticia de tu inesperado fallecimiento. Nunca entenderemos totalmente que las flores deban marchitarse.

opinan los foristas

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Jesus Alberto, José Antonio y Juan Bautista. Parque del Este 1966

A nuestra edad no somos ajenos a la muerte. Cada vez con mayor frecuencia coincidimos con su indeseable compañía, que se lleva a los amigos viejos y a los amigos nuevos, a colegas y a vecinos, familiares, y personas desconocidas que, sin embargo, admiramos. Y en los peores casos, nos arrebata a quienes son la parte más entrañable de nuestras existencias, como en tu caso con la recordada Judith, tu absoluta compañera de ruta, quien se nos adelantó hace apenas 17 meses. Y ese agobio que impactó a tantos a su alrededor, que sabemos fue más duro de soportar para ti, ahora se acrecienta con tu partida, en quienes sentimos por ti, Juan Bautista, esa mezcla de amor y admiración que supiste cultivar en nuestros corazones, con tus pequeñas, medianas y grandes acciones, pues en cualquier cosa que hicieras o dijeras, estaba plasmada tu cualidad de persona de honor, de hombre humilde y a la vez muy sabio, de quien supo estar a la altura de cualquier compromiso, y por ello fuiste buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen tío, pariente consecuente y, por supuesto, disfrutaron también de tu bonhomía los retoños más jóvenes de ese árbol familiar frondoso, que ustedes dos cuidaron con esmero, desde que era apenas la tímida planta conformada por la bella y afectuosa pareja que tú y Judith formaron hace décadas.

Juan Bautista, si para morirse hiciera imprescindible falta la autorización de, por lo menos, el diez por ciento de quienes conocieron a cada candidato, ten por seguro que Judith y tú aún estarían con nosotros y por muchísimos años. Has sido una persona tan especial, que en tu obituario y en tu lápida se puede escribir cualquier elogio, y siempre nos quedaríamos cortos para describirte. En lo personal te asocio a la imagen del impecable y tradicional Caballero, obsequiando sin mezquindades tu don de gentes, tu sonrisa, tu permanente e ilimitado afecto, en tal forma que por momentos se te podía ver sobre tu esbelta cabalgadura, cual hidalgo señorial incrustado en nuestros tiempos. Lo único que podríamos reclamarles, a ti y a Judith, es que se nos hayan ido tan temprano, porque en vuestros dos corazones todavía quedaba mucho amor para repartir entre nosotros, los que estaremos recordándolos, llorándolos y agradeciéndoles por habernos permitido el privilegio de compartir con ustedes dos, este paréntesis vital.

Si hay cielo, infierno y purgatorio, yo sé que a mí me toca paila, pero las influencias tienen vigencia en todas partes, y son altas las probabilidades de que en mi expediente ocurrieran cambios, que algunas faltas serían borradas y me permitirían cumplir mi condena en el -obviamente menos caliente- purgatorio, gracias a esas poderosas palancas que ahora tendría en las más altas instancias; Mayita, Ilia, tu máma y la mía, todas nuestras tías, Judith, y tú, querido primo. ¡ Eso es un equipo de grandes ligas !

Intuyo que todos los que hoy lamentan tu despedida, se pudieran sentir expresados en partes de este escrito, y ciertamente te lo dedicamos, tus hermanos, tus hijos, tus nietos y bisnietos, tus sobrinos, tus amigos, tus compañeros de trabajo, y esa larga parentela, un gentío que hoy con sus lágrimas crea un torrente de afecto que te dice, Hasta Luego. Sinceramente.

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Morochos y Rita Merida. 1961

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Jesús Alberto, Edgard J. González y Juan Bautista. 1961

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