opinión


El Nacional / ND

Gobierno descarrilado

2 Junio, 2013

Hubo una época cuando el presidente fallecido fijaba él sólo la agenda de la opinión pública nacional. El comandante anunciaba una Misión, insultaba a un gobernante extranjero o descalificaba con un mote divertido a alguna figura de la oposición y de inmediato, como un poderoso imán, el desplante concentraba la atención de todo el país político.

opinan los foristas

El asunto se fue modificando en medio de la campaña para las presidenciales de octubre de 2012. Henrique Capriles el candidato de la Unidad Democrática aprendió a construir y comunicar un discurso autónomo que con cierta frecuencia lograba poner al presidentecandidato y a la vocería oficial roja a bailar al son que tocaba.

Ahora el asunto cambió. Como el nuevo Jefe de gobierno es un largo bostezo y apenas si logra generar noticias atractivas, cada vez con mas frecuencia la agenda la fijan Henrique Capriles y las fuerzas democráticas.

Es lo que acaba de ocurrir la semana que hoy concluye. En un lobbying exitoso el líder de la Unidad Democrática logra ser recibido, casi que en calidad de estadista, por el presidente Juan Manuel Santos y el Congreso Nacional de Colombia. Al día siguiente prácticamente toda la prensa escrita de los dos territorios titula con la noticia y pone en evidencia los estilos contrastantes de ambos gobiernos.

Como en aquella secuencia legendaria de Indiana Jones, los rojos de este lado atacan a los vecinos a pedradas y los vecinos responden con delicados ejercicio de florete. “¡Una bomba! ¡una bomba! es lo que ha puesto el presidente Santos a las relaciones bilaterales al recibir a un asesino fascista”, grita desde este lado, desafinando, Diosdado Cabello el presidente de la Asamblea Nacional. “A nadie le afecta escuchar las palabra del otro”, responde serenamente Roy Barreras, presidente del Senado, de allá. Y agrega: “Las palabras no son bombas de tiempo son precisamente para evitar las bombas y la violencia”.

“!Una conspiración! ¡una conspiración! Eso es lo que se está gestando contra Venezuela en Colombia”, exclama por su parte, descompuesto, Elías Jaua, el canciller venezolano.

Entonces, Mariángela Holguin, la aplomada canciller colombiana, responde puntualmente recordando que: “El presidente Santos desde que inició su Gobierno, decidió tratar los asuntos con el gobierno de Venezuela de una manera directa y sin micrófonos”.

Es una larga historia. No ha sido fácil para los gobernantes colombianos de estos tiempos mantener relaciones de equilibrio con el gobierno rojo. Demasiados conflictos en juego.

El primero, y el más delicado, el apoyo explícito del gobierno del presidente fallecido a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

No hay que olvidar que la alta dirigencia del narcoterrorismo colombiano fue recibida con honores en Miraflores. Que el gobierno de Uribe, y la computadora de Reyes, dieron pruebas suficientes de que las FARC tenían campamentos en territorio venezolano. Que alguna vez desde Miraflores se declaró que Venezuela limitaba por el Oeste con las tropas de las FARC. Y que uno de los colectivos armados del 23 de enero que apoyan el proyecto político del llamado “Comandante eterno” inauguró en 2008, en presencia de un alcalde rojo, una plaza y un busto dedicado a la memoria del jefe guerrillero faraco conocido como “Tiro fijo”.

El segundo factor es el intercambio comercial. El gobierno de Venezuela, una nación que depende alimentariamente de la economía de puertos, ha utilizado su descomunal capacidad de importación como un instrumento de chantaje o premio político de cuyos vaivenes ha dependido una parte importante de la balanza comercial colombiana. Lo vimos en el pasado, en respuesta a las políticas de Uribe, Chávez primero tocó tambores de guerra en las cercanías de la Villa del Rosario y luego cerró las importaciones y retrasó pagos causando serias lesiones en los planes de negocios de numerosas empresas del país vecino.

Pero para los rojos el asunto tampoco ha sido fácil. Antes de despedirse de la presidencia, Uribe clavó una última banderilla al gobierno venezolano ratificando en la OEA la sospecha sobre la presencia de las FARC en nuestro territorio con anuencia del gobierno. Protegiendo los intereses empresariales colombiano y las negociaciones de paz con las FARC, Santos ha desarrollado una política de cero conflictos con el gobierno rojo, pero mientras tanto ha promovido con fuerza la Alianza del Pacífico en donde convergen los gobiernos de Chile, Perú, México y Colombia, modelos políticos claramente creyentes en la economía de mercado y la competitividad.

Y, ahora, en una clara muestra de autonomía, ha decidido con todos los riesgos recibir a Capriles, el líder en ascenso de la oposición venezolana.

Diosdado Cabello ha declarado que el gesto “descarrila” las relaciones entre ambos países.

Pero todo parece indicar que quienes se salen del carril de la historia, desde la parte más alta de la montaña rusa, son Maduro, su presidencia y su gobierno.

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