opinión

De las cámaras de seguridad

3 Junio, 2013

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Fachada sur del Capitolio Federal. Caracas, 26/05/2013

Símbolo de satisfacción para sus difamadores, los que superan la natural disconformidad haciéndolo rehén de sus prejuicios, la fachada sur de la sede del parlamento es motivo de visita y refugio de los zamuros, quienes parecen degustar los gases del centro de la ciudad. Fieles combatientes del Tratado de Kyoto, quizá con la vehemencia de aquél desertor que se hizo vegetariano, recordando los versos de Job Pim, frecuentemente llaman nuestra atención. Sin embargo, confundiéndose, recientemente reparamos en la existencia de una cámara de seguridad en lo más alto del edificio.

opinan los foristas

Parece lógica la colocación de tal artefacto, aunque desconocemos la fecha de su instalación. Cada vez más insegura, la ciudad puede definitivamente repletarse de los circuitos de grabación, como ya masificó el enrejado y democratizó las antenas parabólicas, independientemente del lugar y de los pudores arquitectónicos sobrevivientes.

Por lo demás, las cámaras alcanzaron el estatus de una promesa electoral cumplida a lo largo y ancho del país, para beneplácito de los jefes de compras de todo nivel, convirtiéndose en una suerte de escombros urbanos, pues, por lo general, no sirven, aunque – importa reconocerlo – la bisutería electrónica le da alguna prestancia a calles y avenidas, complementando los semáforos. Que sepamos, el incremento delictivo en el país que tanto nos agobia, no está audiovisual y suficientemente documentado ni siquiera en los sitios de mayor incidencia, autorizando una mayor eficacia y eficiencia de los órganos policiales y jurisdiccionales.

Inexpertos, nos preguntamos sobre la utilidad de las cámaras públicas, pues, constituyendo las grabaciones una pista segura para las pesquisas de rigor o un contundente medio de prueba para la función punitiva del Estado, sencillamente adquieren el carácter ornamental ya conocido. Y es que, se nos antoja, ellas no bastan si no hay un servicio de seguridad personal convincente que las entienda como una herramienta de trabajo, la que no puede relevarlo de sus graves responsabilidades, apuntando – incluso – a aquellas de carácter legal por falta de mantenimiento.

Tomamos nota también de la utilidad de las cámaras privadas, pues, disculpándonos por el testimonio personal, de la tienda de un amigo fue hurtada una laptop y no sólo el artefacto visualizador del centro comercial que velaba por la puerta y el pasillo del local estaba dañado, aunque no tanto como el mecanismo de cobro del condominio, sino que fue sorprendente la visita a la sala de monitoreo. En ésta, una joven de salario mínimo, sin el mínimo adiestramiento, al mes empleada como despachadora en una panadería cercana, ingenuamente nos contó cómo la mitad de los monitores del centro comercial sufren desperfectos, ilustrándonos anecdóticamente con grabaciones recientes que rinden cuenta de los delitos menores que ya no atiende la abrumada policía, por lo que debe haber un muerto para alarmarla si no pasan los tres días para borrar el video, según la costumbre.

Entonces, las cámaras públicas y privadas de grabación fungen como una fórmula de amedrentamiento para el noviciado hamponil, pero – perdida su utilidad y dignidad – ocupan un espacio que puede ser de conversión laboral para los zamuros, roedores o insectos. Todos querrán ser artistas y reclamarán la prueba de sus habilidades, aunque otros sean los que sorprendan por una rutina delictiva que tiene sus exquisiteces de inspiración, movimiento e impunidad.

@luisbarraganj


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